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Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com
   
     

THE LAB COFFEE ROASTERS



Desde su exterior de elegante casa de dos pisos y hasta por su propio nombre -THE LAB COFFEE ROASTERS- anticipa un modelo diferente de tomar café. Que no se trata de un café tradicional, de esos que existieron y aún existen por centenares en Montevideo, sino de una moderna cafetería que tiene varias y diferenciadas sucursales en distintos barrios de la ciudad.
La casa principal, en la que entrevistamos a Verónica Leyton, la propietaria, una joven ejecutiva, está ubicada en el barrio de Punta Carretas, esquina de Ellauri y Tabaré.  Frente por frente al café y bar Tabaré y equidistante a media cuadra por lado de dos instituciones señeras que le confieren un aire cultural a una zona típicamente residencial: el Museo Zorrilla de San Martín y el Círculo de Bellas Artes.
Pero The Lab, pese a su sofisticado aspecto, presenta una filosofía propia y ofrece un servicio de calidad en que el café resulta la estrella. Un café “de especialidad” que, siguiendo una tendencia cada vez más asentada en nuestro país, hoy llega a los paladares cafeteros ya sea en preparaciones elaboradas a cargo de baristas profesionales, o para llevar y consumir en casa.Durante el año 2018 el café de especialidad tuvo su punto más alto de popularidad en Uruguay. Pero para ofrecerlo no basta con abrir un establecimiento y vender la infusión. Porque la sofisticación en torno suyo exige algunas características en los emprendedores del rubro: que sean apasionados del buen café, hayan viajado y se hayan profesionalizado en el tema. Sin embargo debemos remontarnos al año 2014 para entender la historia y la trayectoria de The Lab, la cual comenzó mucho antes de que nuestra entrevistada pusiera la primera taza de café sobre la mesa. Primero tuvo que iniciarse ella misma, aun siendo muy joven, cuando probó lo que se llama la “first cup”, la primera taza de café de especialidad, que para ella es “camino sin retorno” en lo que refiere a la percepción del café. Este primer contacto lo dio en el extranjero, cuando visitaba a su hermano radicado en El Salvador, país centroamericano productor de café por excelencia. Más adelante le siguieron viajes y visitas a modernas cafeterías de varias ciudades del mundo, lo que le despertaba una expectativa que de alguna manera se veía opacada cuando regresaba al Uruguay y no encontraba ni café de alta calidad, ni establecimientos con el perfil que buscaba. Así comenzaron las conversaciones con su hermano sobre la posibilidad de realizar un emprendimiento en nuestro país. Pero para poder encaminar una cafetería y tostaduría de especialidad era necesario acceder a café de alta calidad, tostarlo fresco y con máquinas de alta gama, además de contar con personal entrenado para eso. Y en Uruguay en ese momento, no había ninguna de esas cosas.Por eso, todo el trabajo previo a la apertura de The Lab Coffee Roasters consistió en seleccionar a los proveedores de café verde, importar el café y las tostadoras, entre otras cosas. Pero previamente Verónica comprendió la necesidad de capacitarse en el negocio de la cafetería, transformarse ella misma en una barista y tostadora profesional. Para eso viajó a El Salvador donde estudió barismo, tostaduría, métodos de extracción del café y latte art (es decir, el arte que practican los baristas de crear diseños con la leche en la superficie de los expresos).
Recién entonces abrió un primer local en Ciudad Vieja, en la Calle Sarandí; en un momento donde la otra única tostaduría y cafetería de especialidad era La Madriguera. En realidad era un local pequeño dentro de otro más grande, y con el crecimiento del proyecto pronto fue necesario mudarse a un sitio más espacioso, a un coqueto local sobre la Peatonal Sarandí 285, entre Colón y Pérez Castellano. Le siguieron un local en Pocitos, calle Luis Alberto de Herrera esquina Echevarriarza, otro en el Cordón, compartiendo local con la librería “Libros del Parque” en la calle Constituyente 2046 entre Blanes y Jackson en una interesante propuesta de libros para niños, otro en el Parque Rodó al costado del Museo de Artes Visuales y finalmente, hace un año, el de Punta Carretas, calle  Ellauri esquina Tabaré donde transcurrió la entrevista. En el amplio despacho y a su espalda, se dibuja sobre toda la pared un esquema referido a los 6 pasos que debe cumplir un buen café desde la planta hasta la taza.

Cuadro de texto: 1- Siembra  Donde, como y qué cafés se plantan.    2- Cosecha  Seleccionar uno a uno los granos en su punto justo    3- Proceso  Lavado, semi lavado o natural    4- Tostado  Claro y atrevido  Oscuro y con carácter    5- Molienda  Eligiendo la más adecuada para cada tipo de extracción    6- Extracción  Ya sea prensa, expresso o filtrado, lo importante es DISFRUTARLO.002003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Actualmente Verónica, SU HERMANO Y SU MADRE  son socios en The Lab ocupándose de diferentes tareas. Desde El Salvador, donde vive, su hermano se ocupa de exportaciones e importaciones, contacto con proveedores y fincas de café, su madre atiende el área más comercial y Verónica como especialista en café, se encarga de tostarlo ella misma, supervisando el trabajo de los baristas y decidiendo el tipo de café a importar cada.La última sucursal en instalarse, a fines de 2018, fue la de Punta Carretas, con un horario que se extiende desde las 7:30 de la mañana hasta las 22:00 hs. De todos los locales es el que abre más temprano, apuntando a captar al público madrugador que quiere desayunar o pasar por un café antes de irse a estudiar o trabajar. A generar un cambio que haga atractivo no solo el horario de la merienda, como es la costumbre en Uruguay, sino también el del desayuno. De alguna manera, tal como ocurría con los tradicionales cafés y bares Montevideanos, donde pasar por un capuchino o un sándwich caliente antes de comenzar las labores cotidianas, era un hábito frecuente en los parroquianos.Un emprendimiento en torno al café de especialidad amerita una actitud de vida. Una suerte de filosofía porque la esencia de este movimiento o tendencia va mucho más allá del negocio, sustentándose en valores como la responsabilidad social y la conciencia de consumo. Esto se ve reflejado en varios aspectos que hacen a la filosofía de The Lab, donde el buen café es el protagonista de todo el servicio.Verónica sostiene que sin perder la esencia de cada lugar, “The Lab” ha tendido a adaptarse a los locales donde se instalaron, y no que el local tuviera que adaptarse a ellos. Valorar lo que se está recibiendo tal como lo hacen con el café. Así fue con la casona ubicada en Punta Carretas, que está a punto de cumplir 100 años. Desde que decidieron instalarse allí se resolvió no hacer demasiados cambios, y mezclar lo viejo con lo nuevo. En ese sentido se mantuvieron los pisos, ventanas, puertas y escaleras de madera originales. Los muebles fueron hechos a medida para la casa, gran parte de ellos antiguos y restaurados. Y se trató de acondicionar los espacios de manera diferenciada, según las necesidades de cada tipo de cliente. Al frente, el patio exterior cuenta con mesas y sillas donde el verano permite disfrutar de cálidas tardes. Ingresando a la derecha se encuentra la cocina, algunas otras sillas y mesas, y un ejemplar de La Marzocco, una máquina italiana de expreso hecha a mano, que enamoró a Verónica durante sus viajes y que hoy utilizan en todos sus locales. A la izquierda se encuentra otra salita más amplia con mesas y sillas, y bajando las escaleras un subsuelo también abierto al público, pero con un estilo totalmente diferente. Sillas más modernas, sillones, paredes rústicas y luz más tenue que en los pisos superiores. Además hay una estantería con libros, juegos de caja y ajedrez, que buscan hacer del establecimiento no solo un local gastronómico sino cultural, e invitar al público a permanecer en él.Mientras realizábamos la entrevista, nos ofrecieron prepararnos un café de especialidad con alguno de los métodos tradicionales de extracción. El barista se acercó a la mesa y realizó todo el proceso mientras Verónica explicaba cada uno de los pasos. Así es como se hace con cada uno de los clientes, la extracción se realiza en las mesas para cumplir con otra de las premisas fundamentales del café de especialidad que es la de educar, no solo en conocimiento sino al paladar, y generar cultura.
A su vez se entrega lo que se llaman “notas de cata”, con la información del blend de estación, en este caso el blend de verano. El blend es un café que incluye materias primas de más de un origen, y las notas de cata informan qué características tiene el café que se va a consumir. De esa manera los clientes saben lo que están tomando y además empiezan a identificar los diferentes sabores.
Y es que más allá de la venta de café, el cliente forma una parte cada vez más activa de este nuevo universo cafetero. Esto se ve reflejado en el interés de las personas por aprender del tema, en la compra de métodos de extracción domésticos y de café de especialidad para preparar en casa, e incluso en la realización de cursos, no necesariamente para trabajar o ser un profesional en el tema, sino también como pasatiempo y para poder satisfacer los propios caprichos cafeteros.

De hecho, el universo del café de especialidad ha ido a lo largo de los años tomando dimensiones sin precedentes y una gran versatilidad. En distintos países se realizan exposiciones sobre el tema, competencias y campeonatos mundiales específicos de latte art, de barismo, de tostaduría, de métodos, e incluso de cada uno de los métodos en concreto, por ejemplo, competencias puntuales de AeroPress.

 

 

BOLICHES, CORAZÓN DEL BARRIO



En el presente capítulo nos referiremos al rescate y revalorización de la memoria de los cafés y bares de Montevideo a través de un programa de televisión. Nos referimos a BOLICHES, CORAZÓN DEL BARRIO, emitido por Canal 10 desde 2013 a 2018 bajo la conducción del periodista Marcelo  Fernández.
La idea partió del gerente comercial de Canal 10 en ese momento, Pedro Salord, quien se inspiró en el libro Boliches montevideanos: bares y cafés en la memoria de la ciudad, editado por Banda Oriental en el año 2005. El libro se basaba en fotografías originales de varios cafés tomadas por los fotógrafos Leo Barizzoni y Carlos Contrera, y con textos del escritor Mario Delgado Aparaín y del arquitecto Nery González.
En base al éxito editorial, que logró poner el tema sobre el tapete y encender la llama de la alarma por la paulatina desaparición de estos puntos de encuentro tan típicos y necesarios en la cultura uruguaya, se planificó de televisión bajo el título de BOLICHES, CORAZÓN DEL BARRIO. El mismo consistió en la visita a determinados establecimientos (cafés o bares) emblemáticos por su trayectoria o por los personajes que los frecuentaban. Así durante cinco temporadas (años 2013 a 2018, salvo el año 2017) se realizaron visitas y entrevistas en los propios boliches ya sea desde una de las mesas o frente a mostradores de distintos cafés. Se recogieron anécdotas de clientes, se recibieron testimonios y se habló con muchos personajes que hasta formaban parte del estaño o de las mesas de mármol de tanto que las habían frecuentado. Para conocer sobre el programa televisivo, su desarrollo y sus consecuencias entrevistamos a su conductor, el periodista y abogado Marcelo Fernández. El encuentro tuvo lugar en su despacho como director de comunicaciones de ASSE, fuera del horario de trabajo. Con poco tiempo, pero buena disposición, comenzó a relatarnos los orígenes del programa BOLICHES, sus impresiones respecto a los distintos establecimientos, a los entrevistados, y a su propia trayectoria bolichera.
Respecto al nombre del programa, Fernández confesó que se eligió el término boliche como sinónimo y por ser más llamativo y convocante que los de café o bar y también atendiendo al inolvidable tango de Tito Cabano (1918-1988), UN BOLICHE, que compuso en 1983. Y tomando en cuenta el concepto de barrio, los distintos barrios de la ciudad, para los que el café fue un centro de reunión y un lugar donde se impartía cultura y hasta ayuda y colaboración hacia los vecinos. Ejemplo de la cultura colaborativa y participativa es precisamente el Club Tito Borjas del Cerro, uno de los barrios con más identidad entre los montevideanos, opina Fernández; de esos que generan el orgullo de “golpearse el pecho” y decir “soy de Cerro”.  
Walter “Polvorita” VÁZQUEZ, cocinero del club, brindó Uno de los personajes más pintorescos, brindó su testimonio para el programa televisivo. Polvorita, con su particular forma de expresarse, hizo referencia a su amor por el barrio afirmando: “a mí me sacan del Cerro y al otro día me muero. Pero no lo digo en sentido figurado, de verdad, ¡yo me muero!”.
Marcelo Fernández habló también de sí mismo y su vinculación con el tema. Oriundo de Brazo Oriental, ingresó a la Facultad de Derecho con 17 años y egresó recibido de abogado. Si bien tenía al Sportman frente a la Universidad, él y sus compañeros eran hinchas del Bar Universitario ubicado en la calle Guayabos y Eduardo Acevedo, más conocido como “El Uni”. Este bar, como tantos, era regenteado por un gallego y lo fue posteriormente por su hijo, Fernando Terrazo.
Junto al Uni se encontraba el local de ensayo de la murga universitaria “No hay derecho”, de la que participaba Fernández, quien reconoce que siempre fue “muy del carnaval”, y el boliche con el carnaval “se llevaban de la mano”.
Al Uni iban tanto profesores como alumnos, en una época muy fermental desde el punto de vista político, a finales de la dictadura. Otro motivo, dice, para pasarse hasta las cuatro o cinco de la mañana “arreglando el mundo, porque el boliche es el lugar ideal para arreglar el mundo”. Aunque expresa que traducirlo a la realidad ya es más complicado, “pero adentro de los boliches, es un mundo ideal”.
Paradójicamente, el Uni vio encender los focos televisivos y tiempo después apagó los suyos propios cerrando sus puertas. 
Años más tarde, la rutina carnavalera lo llevó al bar que considera su predilecto actualmente, el Ponte Vecchio; para los amigos el Ponte, ubicado en Rivera y Brito del Pino. Un sitio de público fundamentalmente carnavalero, pero donde las mesas “arden hablando de lo que venga”.
El bar y almacén El Volcán fue otro de los elegidos para rescatar sus anécdotas frente a las cámaras, el último día en que abría sus puertas al público.
Marcelo Fernández recuerda en tono jocoso el tamaño de la vieja heladera de puertas de madera que se encontraba en El Volcán, y que por sus dimensiones hacía parecer que primero estuvo la heladera, y luego se construyó todo alrededor.
Como tantos otros, fue gestionado por un matrimonio gallego, Daría y Manolo, que arribaron a Uruguay en la década de 1950 y desde entonces no tomaron vacaciones ni habían podido regresar a España. 
Finalmente, una vez jubilados y cerradas las puertas de El Volcán en el año 2013, volvieron a visitar su Galicia natal. Su historia refleja la de tantos españoles que desembarcaron en nuestro país a mediados del siglo XX, con un espíritu de trabajo inquebrantable. 
La finalidad del artículo fue el rescate de historias y anécdotas de un Montevideo que se está transformando. En este sentido, Fernández siempre tuvo por cierto que los cafés, los boliches, fueron verdaderas escuelas de vida, lugares donde se enseñaba y se aprendía, donde los jóvenes que no habían tenido la oportunidad de educarse, e incluso aquellos que sí pudieron, como él, podían aprender muchas cosas escuchando a los mayores.
Por aquel entonces los boliches y bares efectivamente eran el corazón del barrio, y por allí pasaba todo lo que ocurría en él. Los vecinos se enteraban de quién se había enfermado, casado o fallecido. El dueño o bolichero, muchas veces era el confidente, asesor y hasta sicólogo, el primero en recibir las buenas y malas noticias.
De alguna manera a Fernández le angustia apena el cierre de muchos de estos lugares, porque representa la pérdida de ciertos valores de nuestra sociedad. En los boliches se vivían normas de conducta, se trasmitían valores que caracterizaron a toda una época. 
De todos modos entiende que, aunque ya no son el corazón del barrio, aquellos que aún subsisten siguen cumpliendo una importante función social, la de mantener la tradición de la charla y encuentro cara a cara.
Entre ellos destaca especialmente al Andorra, “un prototipo de boliche, con una barra de mármol donde la gente iba a tomarse su grapita”. Este local de mediados de 1950, “se venía abajo” como tantos. Pero en la actualidad es gestionado por un grupo de jóvenes que lo revitalizaron como centro de reunión. 
Recuerda también a otro de los protagonistas del programa, uno de los establecimientos más nuevos, pero también más viejos, como él lo describe, el Primuseum. Esa aparente contradicción no es tal, ya que es uno de los bares más recientes en cuanto a su apertura, pero se ubica en una antigua casona en la esquina de Washington y Pérez Castellanos en plena Ciudad Vieja, y además de restaurant, en su interior es un Museo del Primus.
Otro de los supervivientes, donde a la gente joven le “encanta estirar las madrugadas”, dice, es Las Flores en la calle Bulevar España. En esas noches no existen los celulares, allí la gente se reúne por el puro placer de charlar, de enterarse cómo andan los demás y de seguir encontrándose. 
La razón de por qué algunos boliches, bares y cafés permanecen, mientras que tantos otros han cerrado, no tiene una única explicación. De lo que está convencido Fernández es de que no tiene sentido seguir lamentándose para que no cierren más boliches, ni pensando que aquellos viejos tiempos van a volver. Simplemente, para que no ya no cierren, hay que seguir visitando y encontrándose en los que aún existen.  


EL BARISTA

En este capítulo, además de referirnos a la evolución en las costumbres que ha llevado al cierre de muchos cafés que pueden llamarse tradicionales, pondremos el acento en los nuevos paradigmas que han motivado la apertura de locales más pequeños, dirigidos a un público cafetero más entendido y, en consecuencia, más exigente en cuanto a la calidad, gusto y presentación del producto. La “revolución” cafetera, tercera ola o café de especialidad ha supuesto la aparición de nuevos personajes en el proceso: el TOSTADOR (el que lo trae y lo tuesta), el BARISTA (el que lo prepara) y un nuevo tipo de PÚBLICO, más joven, culto y conocedor del producto. Para tener una visión desde dentro decidí empezar por el BARISTA y en tal sentido entrevistar a Raúl Martirené, uno de los protagonistas del cambio. Hombre de mediana edad, montevideano, barman, barista y docente del tema.
El encuentro fue en el Instituto de Turismo y Hotelería del Uruguay, donde se desempeña como profesor desde hace un año y medio. También da clases en el Cocktail Club desde hace tiempo y recientemente ha recibido el título de Barista (SCA) nivel 2. Espíritu inquieto, abierto a nuevos conocimientos y atento observador del medio que lo rodea, pasó 23 años de su vida como Barman profesional -técnicamente preparador de cocktails y bebidas- hasta que empezó a querer incluir el café como ingrediente en las preparaciones. Como había poco material para nuevas recetas en el medio recurrió a internet y de golpe se abrió ante sus ojos todo un mundo lleno de café para investigar. 
En la alternativa decidió irse a Buenos Aires, que estaba mucho más desarrollado en el tema, y al regreso se dio cuenta que había mucho para hacer entre nosotros, que recién estábamos en los comienzos de la revolución cafetera.

Es que el café como bebida experimentó grandes cambios en el mundo en los últimos 40 años. Apareció una “cultura del café” que creció en Europa y Estados Unidos mientras que en Uruguay seguimos aferrados a los viejos y tradicionales cafés como el Monteverde, de Arenal Grande y Rivera. Y al mismo tiempo nos lamentamos de paulatino cierre de dichos establecimientos, que no tomaron conciencia de que los tiempos han cambiado y soplan aires renovadores. El café como bebida es muy versátil, así que puede considerarse desde un doble ángulo: del lado de su incorporación dentro de los ingredientes de los cocktails como el Expreso Martini o el Irish Cofee, de gran aceptación, y el llamado “café de especialidad”, el café por el café mismo en que la preparación de los granos del tostador se conjuga con la habilidad del barista para ofrecer el mejor sabor. 

Otro elemento a tener en cuenta es que en el Uruguay de los últimos años la gente se ha ido aggiornando. Muchos uruguayos viajeros se fueron acostumbrado a los cafés de calidad en Europa e incluso en Buenos Aires donde existen varios ejemplos. Y también influyeron las cadenas internacionales de cafeterías como Starbruks, que ya empezaron a instalarse en el medio.
El punto mas flojo es el desarrollo del barista, el que trabaja la máquina. El barista de hoy es muy distinto del de hace 10 años. Antes la transmisión de conocimiento era oral. Uno empezaba como mozo y de a poco le iban enseñando a poner una medida de café en la máquina y luego a apretar el botón. Por supuesto que esto no es suficiente hoy, se necesitan muchos más conocimientos, el barista tiene que estar preparado para hacer un buen expresso, un buen ristretto, saber lo que es un americano, es decir conocer de granos y saber diferenciar un buen café de uno malo. Pero también necesita saber de tés, tener conocimientos de chocolate y de cacao. Pero también necesita saber insertarse en el medio gastronómico porque el barista debe ser una pieza más de un puzzle para poder ofrecer un buen servicio al cliente. La profesión de barista recién está apareciendo en Uruguay, tiene que ser como la del chef.

MARTIRINÉ tiene una visión global y completa de la gastronomía. Esta no vende hoy en día platos ni vende café, lo que vende son experiencias. Cuando uno va a un lugar la última sensación que se lleva es como lo pasó, como lo hicieron pasar. No importa tanto si estaba rica la comida o la bebida sino como lo trataron, que recuerdo se lleva. Y para MARTIRINÉ el barista, el que prepara el café es el actor de esta última experiencia porque toda buena comida debe terminar con un buen café. Y de ahí el rol fundamental de las nuevas cafeterías. El barista tiene que estar bien elegido, tiene que embanderarse en generarle mayor cultura cafetera a quien llega al lugar. Si quien va a una cafetería se lleva una explicación sobre lo que es el café y la mejor forma de preparación, ese cliente se va a volver un propagandista del lugar para ir creando una mayor cultura del café. Insiste en que en las modernas cafeterías, a diferencia de lo que pasaba en los antiguos cafés, los servicios son en la barra. Antes el mozo iba a la mesa a recibir el pedido y luego se lo lleva al cliente. En cambio ahora el que va a la barra es el cliente a pedir su café. Y entonces el barista puede aportarle algo, explicarle sobre y cómo del café. Es fundamental para crear esa cultura del café y para generar algo que es fundamental en cualquier lugar gastronómico como es la fidelización. Si se le cuenta al cliente algo sobre el café y se le explica sobre la preparación que le gusta, se crea una cierta fidelización, es decir que va a volver. Y no vendrá solo sino que invitará o traerá a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. En resumidas cuentas generará más cultura cafetera.
Esta revolución debe comenzar por el lado de los jóvenes, de entre 25 y 30 años. A una persona mayor, acostumbrada a tomar un café 

tradicional desde hace 40 años en un bar típico no se le puede servir de golpe un expresso al estilo italiano porque no lo va a entender, no le va a gustar, acostumbrado como estaba al gusto anterior. Diferente el caso del joven que se adaptará más rápidamente.

Otro elemento a tener en cuenta en los cafés siglo XXI es la presentación: mejores tazas, mejores platos, una mejor cucharita. La presentación del café tiene que ser visualmente atractiva, lo primero que uno se lleva es el efecto visual. Además hay que prestar atención al conocimiento de la trazabilidad del café, es decir la historia del grano, su procedencia, su acidez, su gusto, su perfume. Y otro aspecto a considerar es la referencia a la economía colaborativa, por ejemplo el café Nómade comparte alquiler con la empresa tostadora MVD Roasters. La economía colaborativa es también algo característico y se comparten locales y procesos con negocios complementarios como librerías y negocios semejantes. Y por último otro elemento, tan importante como los otros para desarrollar en largas y detenidas charlas de café: la tendencia general en el mundo de que el cliente esté muy poco tiempo en el local. Entra, se acerca a la barra, pide el café, lo toma y se va para continuar con sus tareas. No resulta rentable para los nuevos cafés la modalidad tradicional de sentarse en una mesa rodeado de amigos y quedarse horas tomando café. Cambiaron los tiempos, las cafeterías modernas, acuciadas por el presupuesto, necesitan de rápida reposición de clientela. De esta manera el cliente moderno puede concurrir dos o tres veces a la cafetería: va de mañana para el expreso rápido antes de entrar al trabajo, pero luego capaz que a la tarde vuelve para tomarse un latte porque está merendando y capaz que de noche, durante una salida, puede volver a tomarse un Expresso Martini. Entonces aumentarán las oportunidades de consumo de consumo del café en una industria que es ya la número dos en el mundo.
Martirené, en resumidas cuentas, lo define con las siguientes palabras: “En el café tradicional la gente iba a leer el diario, porque antes había tiempo para leer el diario, a comer bizcochos y a tomar un café o un cortado y tal vez a mirar el informativo del mediodía... hoy ya no tenemos ese tiempo y por eso los bares tradicionales fueron desapareciendo. El nuevo cliente, el joven, no tiene tiempo de ir al café a tomarse un cafecito”.

 

 

LA TERCERA OLA DEL CAFÉ


Mientras que en los países del Rio de la Plata –y en todos los tradicionalmente cafeteros- han empezado a desaparecer los cafés y bares tradicionales, cerrando sus puertas frente a nuevas realidades, comenzó por otro lado un movimiento tendiente a revalorizar el café como bebida en sí misma, modernizar los locales de venta y las formas de consumición. Con lo que vuelve a quedar demostrado que en la vida social nada desaparece sino que todo se transforma.
Este cambio, casi revolucionario en algunos casos, abarca lo que se denomina “la tercera ola” en la evolución del café. Después de estudiar unos cuantos casos y concurrir a algunos negocios del nuevo estilo que se abrieron recientemente en Montevideo, resolvimos plantear el tema y escribir una serie de artículos sobre ellos. Y, por supuesto que dejando la puerta abierta para la aparición de las nuevas modalidades y  los renovados locales que seguramente se abrirán, puesto que en los temas sociales con intereses comerciales cualquier artículo que se escriba hoy será tan solo un mojón en el camino.
Puesto que los propulsores del café de especialidad hablan de tres olas o momentos en la evolución del producto, vamos a empezar por el principio. La primera, la de la popularización del consumo, comenzó hacia fines del siglo XIX, cuando se planteó como negocio a nivel masivo para el consumo en el hogar. Desde entonces se levantaron voces de advertencia  porque la producción masiva terminaba por ir en detrimento de la calidad del producto. Vino después la que se denomina segunda ola, sobre la década de 1970, con la finalidad de mejorar la presentación y apostar por mejorar la calidad brindando datos el origen y la procedencia del café, el mejoramiento del proceso de tostado y forma de servirlo. Se promovía la bebida como experiencia, para beberlo por sí mismo y fue entonces que se empezó a hablar del concepto de café de especialidad. Aparecieron nombres señalados y empresas identificadas con una política de calidad como la firma Starbucks, uno de los principales precursores.
Y la tercera ola del café representa un movimiento para ofrecer y consumir un producto de calidad. Se lo procesa en forma artesanal dentro de un proceso semejante al de otros productos revalorizados como el vino, la cerveza, el té y la miel. Esta actitud supone de sus mejoras en la producción, en la cosecha del grano, en el procesado, la importación, el tostado y en la aparición de nuevos sistemas técnicos de preparación. El concepto de tercera ola fue acuñado por el barista norteamericano Timothy Castle en referencia al criterio de la calidad y en paralelo con la aparición de los micro tostadores y las pequeñas empresas dedicadas al servicio. Claro que el concepto va más allá y pone el énfasis en la transparencia de la industria para ofrecer al consumidor detalles de la trazabilidad y del procesado del grano, un poco con el slogan de ofrecerlo “de la finca a la taza”.
En esta búsqueda de nuevas modalidades han surgido personajes de relevancia en el proceso: los COFFEE HUNTERS, expertos del tipo sommelier que se dedican a recorrer las distintas regiones del mundo en procura de obtener los mejores granos. Estudian los lugares, los suelos, las temperaturas, las lluvias y las alturas porque las condiciones climáticas suelen modificar el sabor y la textura del grano y eventualmente de su sabor. Y el otro personaje importante, ubicado en el extremo de la cadena, es el BARISTA, el experto preparador del café, el que sabe sacarle los secretos y los gustos y domina los secretos de la mezcla en pos del sabor preferido del cliente.
En relación al café de especialidad se busca priorizar la bebida, respetarla y darle la jerarquía que merece. A continuación vayan algunas nociones para entender el fenómeno:
El tema está centrado en la alta calidad del producto en todas las etapas de elaboración. El grano, una vez molido, debe reunir 80 puntos sobre 100 según un grado de valoración de varios ítems para alcanzar el grado de especialización. De allí que se han abierto nuevos locales en los que la clientela busca el café como producto en sí y no tanto como un lugar para reunirse y conversar con los amigos. Aunque lo ideal son las dos cosas. Se trata de una clientela exigente y conocedora, que pretende información sobre la trazabilidad del producto en cada una de sus etapas.
Dentro del proceso debemos considerar aspectos: 1) la existencia de empresas tostadoras y locales donde se sirve el café, 2) locales dedicados a la venta del producto empaquetado y 3) la fabricación de máquinas para el procesamiento en sus distintas formas, muchas de ellas de uso doméstico, con lo cual la “la especialidad” se adentra en las casas y y propende al consumo hogareño.
Otro aspecto a tener en cuenta refiere a la “economía colaborativa”, lo que lleva a compartir un local con negocios afines como una farmacia, un teatro o una librería. En tal sentido iremos escribiendo artículos sobre la Farmacia Café, el cáfe Nómade, La Madriguera, el Cafetto Prado, entre otros.

Café de especialidad: es un grano seleccionado manualmente, que se tuesta y manipula de manera artesanal para lograr diferentes sabores y aromas.
Personajes importantes del proceso, los baristas utilizan distintos métodos para prepararlo. Pero también se fomenta el uso doméstico a través de máquinas como la prensa francesa, la italiana, la máquina de expreso, el sifón, el aero press o el V60.

 

LOS HERMANOS SAN ROMÁN 
DE NIGRÁN A MONTEVIDEO

Muchas de las investigaciones sobre la historia de los cafés montevideanos me depararon gratas sorpresas y hasta desembocaron en contactos de ultramar. Tal el referente a los hermanos Severino y Francisco San Román, Emperador y Rey delos Cafeteros, respectivamente, propietarios de los famosos cafés AL POLO BAMBA y AL TUPÍ NAMBÁ - y al sobrino Casiano Estevez San Román, socio del Nuevo Tupí Nambá, gracias a la investigación llevada a cabo por la joven periodista María Villar, del diario “Faro de Vigo”, decano de la prensa gallega. En julio de 2013, después que la nombrada hiciera una visita al cementerio de Camos, Nigrán, quedó sorprendida por la leyenda escrita sobre uno de los panteones más lujosos de la necrópolis. En realidad no era la primera vez que concurría pero nunca antes había reparado en el extraño epitafio que apenas sobresalía entre el descuido del follaje: “Francisco San Román Valverde y Casiano Estévez San Román al regresar a Camos, tierra bendita que les viera nacer, desde Montevideo, en la República Oriental del Uruguay, en donde residieron trabajando honradamente con la ayuda de Dios, como socios de la casa comercial café Tupi-Namba, desde mayo de 1889 hasta junio de 1911,hicieron levantar este modesto mausoleo destinado a guardar, decorosa y perpetuamente, las sagradas cenizas los autores de sus días"
Ante lo extraño del mensaje sintió activarse su olfato periodístico por intuir una historia interesante. Porque un panteón poco cuidado y una leyenda medio borrada por los años que hablaba de un lugar allende el Atlántico, bien que despertó su curiosidad y le hizo latir el pulso. Otros artículos de su autoría habían ya comenzado con un primigenio soplo de inspiración como este, y bien que sabía lo conveniente de prestar oídos a su intuición. Como primera medida empezó por ubicar a la familia de los titulares del panteón que quedaban con vida: Doña Zoraida Estevez, sobrina nieta de Franciso y Severino y parienta más lejana de los San Román, la recibió con 96 años lúcidos y tras de ellas su hija, su nieta y aún la bisnieta. Lamentablemente doña Zoraida solo pudo proporcionar vagos y borrosos recuerdos de sus visitas a Galicia, pero en compensación, a través de un sobrino emparentado a su vez con Casiano Estévez, le brindó la sorpresa de un álbum que contenía media docena de fotos, alguna de ellas del interior de un gigantesco local, que al dorso lucía la leyenda: “Café Tupí Nambá. Montevideo, Uruguay” y, fruto de más indagaciones, otra de un elegante señor de pelo blanco y mirada franca con identificación al dorso como “Francisco San Román, el Rey de los Cafeteros. Por supuesto que la magnificencia del local, la extraña y lejana circunstancia de una capital sudamericana y la apostura del personaje volvieron a incentivar su curiosidad, fundamentalmente porque el personaje había recibido en apoteósica ceremonia el apodo de Rey del café. Y por añadidura el hecho de que la parroquia de Camos, comarca de Val Miñor, no tuviera noticias de hijos tan dilectos. Como segundo pasó dio a buscar en la Hemeroteca del “Faro de Vigo”, diario con el que colaboraba, hasta encontrar algunos artículos que le permitieran comenzar el rastreo de la historia. Para su sorpresa se encontró con que Severino y Francisco San Román, paisanos de Nigrán como ella misma, habían emigrado a mediados del siglo XIX hasta el Uruguay, un lejano país de Sudamérica, donde luego de algunos años de trabajo habían instalado dos lujosos cafés, primero el POLO BAMBA y luego el TUPÍ NAMBÁ, uno de cada uno de ellos y ambos de nombres curiosos. Y que, si bien habían ido con las manos vacíos lograron con esfuerzo y dedicación ganarse “las Américas” (así en plural como se dice en Galicia), volviéndose el segundo un hombre tan rico como famoso y ambos referentes en la sociedad de adopción. Y que Francisco San Román y su sobrino Estevez inauguraron en 1926 el TUPI NUEVO, un establecimiento de café llegó a ser considerado el más lujoso de Sudamérica. 
Fue entonces que Villar sintió la necesidad de trascender fronteras y contactarse con quienes hubieran investigado sobre el tema en Montevideo. De ahí que se contactara conmigo después de ubicar en internet mis trabajos sobre los cafés montevideanos -,en especial el artículo “Francisco San Román, el Rey delos Cafeteros”, que publiqué en la revista CARTA DE ESPAÑA, publicación destinada a resaltar las historias de vida y méritos de personajes de la emigración española que triunfaron en el extranjero. El contacto epistolar dio paso a una mutua amistad y sólida disposición de intercambio a través de la distancia en base a compartir la pasión de investigar. Seguimos así la carrera de Francisco San Román por ambas orillas del Atlántico, un personaje de dos mundos, de dos continentes, que con tan solo 14 años emprendió la carrera de la emigración y triunfó con todas las de la ley en la tierra de adopción. Probablemente Francisco y Severino vinieran juntos, ambos encomendados a algún pariente oamigo de la familia tal como se estilaba por aquellos tiempos. O tal vez hubieran venido junto con sus padres, opciones ambas que no hemos logrado aclarar.
María Villar tras investigar en el archivo hemeroteca del “Faro de Vigo”, logró ubicar tres breves pero interesantes referencias: I) unartículo del 1º de enero de 1908 que daba cuenta de la noticia de que los migrantes Francisco San Román y su sobrino Casiano Estevez (dueño y socio del famoso Café TUPÍ NAMBÁ de Montevideo) y don Arturo Iglesias, contador del Banco Español, habían ganado el premio gordo de la lotería uruguaya con el Nº 7194 consistente en la suma de 750.000 pesetas. La noticia resaltaba que parte de dicho premio estaría destinado a la construcción de una escuela en la localidad de Nigrán. La nota, en tono laudatorio, recordaba la frase que San Román había escrito sobre uno de los espejos del café: “El trabajo es en vano si Dios no pone la mano”. II) Otro artículo de fecha 14 de noviembre de 1926 recogía una interviú, como se llamaba entonces a las entrevistas, escrita por José F. Arriaga, un periodista gallego de paso por Montevideo, quien en setiembre de ese año decidió conocer con sus propios ojos el famoso café TUPÍ NAMBÁ (el Nuevo, sobre 18 de Julio), que había sido catalogado como un Palacio de Oriente y hablar personalmente con sus dueños. Recién abierto el café se había convertido en la sensación del momento. El periodista fue acompañado del señor Costas -que supongo sería el futuro dueño del restaurant del “Aguila”-sentándose ambos en una mesa y pidiendo un café, el cual pagaron antes de preguntar por el dueño del negocios porque Arriaga no quería que se interpretara mal la solicitud de entrevista. La entrevista, aunque breve, resulta interesante porque relata la trayectoria del propietario en Montevideo. Y III) un nuevo artículo, del 23 de abril de 1927 en el que ensalza el triunfo del compatriota a la vez que describe el café con su inmenso salón de tres pisos y sus 15 mesas de billar e incluye tres fotografías de indudable valor histórico: un retrato de Francisco San Román, una fotografía del día de la inauguración con la presencia del Presidente de la República y del Consejo de Administración y finalmente una foto que revela la magnificencia del salón. En dicho artículo el propio Francisco San Román habló de sus orígenes: Nació en la parroquia de Camos, Valle Miñor. Y el 1º de marzo de 1869, la fecha la tiene bien grabada, partio para Uruguay. A poco entró a trabajar en un café y estuvo durante 14 años en el ramo hasta que puso el café Polo Bamba en 1885. En 1888 lo traspasó a su hermano Severino, (que lo tuvo hasta que tuvo que cerrar en 1913) y en 1889 abrió otro con el nombre de Al Tupí Nambá. Soy muy conocido entre la gente “por mi elaboración de café”.
La investigación que realizamos a dos puntas, desde Camos a Montevideo y viceversa, nos permitió ir avanzando en un intercambio de artículos y de fotos inéditas para reconstruir la vida y personalidad de seres anónimos en su tierra que merecen ser valorados como los triunfadores que realmente fueron. Y de nuestra parte los datos aportados por Villar tienen indudable valor histórico por cuanto ayudan a corroborar las fechas de nacimiento y de llegada de los San Román al Uruguay, sobre las que circulaban versiones diferentes.
Fruto de esta colaboración Villar publicó en suplemento especial del “Faro de Vigo” del 30 de agosto de 2013 el articulo EL REY DE LOS CAFETEROS y, de mi parte,llevo escritos varios artículos sobre el tema y brindado conferencias al respecto.

 

SOCIEDADES RECREATIVAS

La investigación sobre los cafés y sus historias nos lleva a pensar en la necesidad más general del ser humano de reunirse en torno a una mesa para dialogar, compartir experiencias o entretenerse, muchas veces en busca del apoyo mutuo o de actividades en común. En tal sentido, los lugares para comer y beber, sellados con un buen café o alguna bebida más espirituosa, han tenido y tienen la virtud de propiciar los encuentros y fortalecer las amistades.
En este capítulo nos referiremos a las sociedades recreativas, las que surgieron y proliferaron a fines del siglo xix y principios del xx, especialmente en Montevideo y en general en localidades receptoras de inmigrantes. Se trataba de formar grupos de integración en busca de compañerismo, apoyo, buena camaradería y el relacionamiento entre las familias, muchas veces con afinidades por ocupación, lugares de procedencia o ideologías políticas o religiosas, pero con el cometido fundamental de pasarlo bien y apoyarse recíprocamente. Y también para la práctica de deportes y juegos bajo forma de clubes, los que empezaron a surgir por entonces. Era necesaria la diversión tras largas jornadas de trabajo, en tiempos en que el horario era de sol a sol y no existía el sábado inglés. Y así florecieron cientos de sociedades, de las que solo algunas han llegado hasta nuestros días.
Hemos rastreado la existencia de las sociedades recreativas a través de la prensa diaria y fundamentalmente en revistas ilustradas como La AlboradaRojo y Blanco y La Semana. En tal sentido, hemos registrado decenas de sociedades, llamando la atención los distintos y curiosos nombres que ostentaban y la cantidad de fotografías de los grupos, donde se alternaba la buena comida con sobremesa de café y cigarros y el complemento infaltable de la música.
Muchas de estas sociedades adquirían terrenos en las afueras de la ciudad —como lo eran por entonces Punta Carretas, Pocitos, Paso de las Duranas o Villa Colón— y construían edificios como sede social con mucho esfuerzo y los brazos voluntarios de los miembros. Se reunían dos o tres veces por semana, en especial en las fechas aniversario de la sociedad, del lugar donde trabajaban o del país de procedencia.
En la zona de Punta Carretas, entonces desierta, encontramos varias de estas sociedades, como la Recreativa Nacional, la Felicidad y Progreso, La Esperanza y, la más conocida, la Parva Domus (fundada en 1878 como micronación con un fin social y de entretenimiento). También algunas sociedades recreativas se reunían en los Pocitos, en especial La Enramada, llamada así en alusión a la sede con abundante sombra; otras, como la Brisa Uruguaya, en el barrio La Figurita; mientras que la Victoria se reunía en el barrio de La Teja. El barrio de Colón era otro de los lugares apartados, con fácil acceso por ferrocarril, donde tenían su sede varias sociedades, entre ellas la Nobleza Criolla, la Empleados del Paso Molino, la Esperanza del Plata, la Buen Apetito, la Hijos del Trabajo y Los Llegados de la Sierra. En el Cerrito de la Victoria funcionó durante años la sociedad Flor Uruguaya y en el barrio de La Aguada se reunía la Aguateros Unidos.
Otras sociedades recreativas estaban reunidas según las ocupaciones o tareas, como Los Marinos del Plata, Los Siete Musicales, Los 33 Unidos del Pantanoso, La Comasca (carpinteros de la región del Lago de Como, en Italia), La Colmena —que realizaba sus reuniones y aniversarios en su local de los Pocitos— y la Asociación de Dependientes. Otras fueron la Sociedad Filantrópica Cristóbal Colón, que también se reunían en grandes festejos sociales, la Sociedad Unión de Vendedores de Carne y La Nueva (profesores y empleados de la Escuela de Artes y Oficios).
Otras se reunían con fines deportivos, atendiendo la inquietud pública y privada por el ejercicio físico, es así que nacen por ejemplo el Club de Tiro y Gimnasio (1862) cuando ya había practicantes en el Café del Este o en el Bar del Potrillo. En 1868 se menciona en una publicidad a la Academia de Gimnasia, Tiro y Esgrima en el Café Massimino en la calle Río Negro n.o 38. Entre otros clubes deportivos se hallaban: el Club Nacional de Ciclistas, el Touring Club, la Unión Estudiantil, el Club Nacional de Velocipedistas, La Peñarolense (a orillas del Miguelete), la Sociedad de Gimnasia L’Avenir (1892), el Seminario Inglés-Francés, el Colegio de América del Sur, el Deutscher Gimnasio, el Liceo Montevideano, la Sociedad de Tiro y Gimnasio Montevideano (1880), el Club de Tiro Suizo, el Albion Football Club, el Circulo de Armas del Club Vascongado y el Central Uruguay Railway Cricket Club – Peñarol.
No podemos olvidarnos de las fiestas patronales, como por ejemplo las de Colón y Melilla y las romerías. Dentro de las ayudas mutuas algunos ejemplos son: Casa de Galicia (1917), Club Brasilero (1920), Club Español (1878) y Sociedad Francesa de Socorros Mutuos. También se reunían los grupos en ciertas áreas o rubros, por ejemplo, el Centro de Protección de Choferes (1909).
Había muchas más sociedades recreativas, como ser La Tranquera, El Apero, Flor Criolla, Iris, El Asador, Cabaña de los Protestantes, Sociedad Recreativa del Sud, Gozar la Vida, El Esquinazo (barrio Galicia Chico), Corré que te Chapa el Chancho (1901), Flor de la Juventud, Juvenil (barrio Paysandú), Aspirantes al Turrón (Paysandú y Minas), 10 de Noviembre (Ramírez), la Docena, 20 de Setiembre (Cerro), Los Firmes Reunidos (Buceo), Siempreviva (Manga), Aguateras (damas de la Aguada), Sociedad Bella Vista Robert Club (tenía 60 miembros) y Quo Vadis.
También habían sido creadas sociedades amigas del toreo, que luchaban contra la prohibición y defendían las corridas, por ejemplo, se organizó la sociedad Curro Cúchares, que edificó su plaza en Villa Colón.
En fin, un sin número de sociedades, dispersas por todo el país, permitieron el apego y difusión de costumbres, la confraternidad de sus miembros, el estímulo para emprender nuevos trabajos y la solidificación de nuevas familias. Siempre acompañadas con una buena comida y regadas con un café.

 

 

Café Tribunales

Sentado en una mesa del café Tribunales, en su nueva ubicación de la Plaza Independencia, me siento integrado al pulso montevideano. Son las cinco de una fría tarde de invierno y cada sorbo de café me invita a sumirme en mis pensamientos. Tomo conciencia de que nos encontramos en el costado sureste de la plaza, cerca del Pasaje Salvo, uno de los lugares con mayor tradición cafetera de la ciudad. En este mismo local abrió sus puertas durante décadas el café Armonía (cerrado por los noventa), al que nos hemos referido en entrevistas anteriores. Un café particular con mesas que asistieron a interminables partidas de ajedrez y que seguramente hayan escuchado confidencias sobre el Holocausto, puesto que solía ser lugar de encuentro de miembros de la colectividad judía llegados de Europa. Muchos de ellos tuvieron negocios en las inmediaciones y luego de jubilarse continuaron reuniéndose en el café para compartir historias y vivencias. También fue territorio de periodistas del diario La Razón y de locutores de Radio Nacional, los que se reunían en el café antes o después de sus audiciones. Después de que cerró, el lugar fue ocupado por La Pasiva, con gran suceso de público hasta el año 2008.
Linderos estuvieron los cafés Independencia y el Palace, de variada concurrencia el último ya que propiciaba espectáculos musicales con la novedad de orquestas de señoritas, tan concurridos en verano que las mesas con sombrillas invadían el pasaje y hasta la vereda, dándole un aire parisino a este recodo montevideano. Todo ello con el agregado de la vecindad del Palacio Salvo, edificio que desde 1928 se convirtió en emblema de la ciudad, con una sucursal del café Sorocabana en su planta baja —donde antes estuviera el café y confitería La Giralda—. Como vemos, un micromundo vinculado a la mejor tradición cultural y bohemia de la ciudad.
En esta y otras consideraciones me encontraba cuando se acercó la encargada y artífice de las relaciones públicas del café Tribunales. Claudia Vera, tan eficiente como joven y bonita, me había concedido una entrevista para responder al cuestionario que le había dejado días atrás. Dos eran los temas requeridos: el primero sobre los comienzos del Tribunales y el segundo sobre la modalidad del servicio y los proyectos a desarrollar en esta nueva etapa.
La primera ubicación del café abrió sus puertas en mayo de 2010 frente por frente a la Plaza Libertad en la planta baja del Palacio de los Tribunales. Un lugar estratégico en el corazón del centro de Montevideo y alguna vez el kilómetro cero de todas las rutas del país.
Se trataba de un edificio con un rico pasado en historias centenarias, construido en el año 1913 para ser sede de la compañía de seguros La Mutua. Lo distinguía una luz en la cúpula, la que recién fue superada en altura después de la inauguración del Palacio Salvo, que también contó al principio con un halo de luz para servir de referencia en la noche montevideana. La ubicación era espléndida, frente a la Suprema Corte de Justicia, palacete que había hecho construir la familia Piria para residencia particular.
Después del quiebre de la compañía La Mutua, el edificio fue adquirido por la empresa Onda (Organización Nacional de Automotores) para sus oficinas administrativas. La terminal de autobuses se convirtió en un hormiguero de gente que iba y venía, llegaba y partía a toda hora del día y de la noche. En la planta baja del edificio, además de las oficinas de venta y expedición de pasajes, se encontraba el café de la Onda, que miraba con varias ventanas hacia la calle Ibicuy, un alargado local donde los pasajeros podían aguardar sus horarios de partida o encontrarse con gente que llegaba de todos los rincones del país. Bien me acuerdo de ello por haber sido uno de mis cafés predilectos en tiempos pasados.
A principios de la década de 1990 la empresa Onda entró en crisis y el edificio pasó a poder del Estado en el año 1993 con la idea de convertirlo en oficinas del Poder Judicial para unificar muchos de los juzgados dispersos. El reciclaje se reinició en el año 2006 pensándolo como sede del Palacio de los Tribunales. El proyecto que consultamos incluía «un café cultural y de servicio a los profesionales del foro», con la particularidad de tener dos entradas, una por la Plaza Libertad y la otra por la calle San José.
La sociedad anónima que resultó concesionaria contaba con amplia experiencia en el rubro gastronómico, puesto que el socio mayoritario era propietario del restaurant El Cabildo, en la Ciudad Vieja, y del salón de eventos La Martina.
El café Tribunales, inaugurado en mayo de 2010 en su doble carácter de café y restaurante, estuvo abierto hasta principios de 2018, en que el poder judicial resolvió no renovar el arrendamiento a efectos de recuperar el local para destinarlo a nuevas oficinas.
Los dueños hubieron de salir, entonces, a buscar un nuevo local. En la alternativa visitaron distintas locaciones, tanto en la Ciudad Vieja como en el Centro. Finalmente, y haciendo gala de un sentido de buena ubicación, cambiaron un rincón de la Plaza Libertad por otro de la Plaza Independencia. Un cambio de plaza sin perder el sentido estratégico.
Como anécdota, el último inquilino del local que eligieron había sido la cervecería La Pasiva, cerrada en el año 2008. Al entrar por primera vez tuvieron la sensación de que estaba «detenido en el tiempo»: lo encontraron tal cual había cerrado, con las mesas y sillas armados y hasta la cocina con las ollas y sartenes en su lugar, como si el tiempo no hubiera transcurrido. De inmediato lo alquilaron y comenzaron las reformas. El nuevo Café Tribunales fue inaugurado el 17 de abril de 2018.
En cuanto a los servicios, continúa el doble rubro de café y restaurante, ofreciendo la posibilidad de menú rápido tipo buffet para la gente ejecutiva que dispone de un breve intervalo para almorzar.
Pero la novedad del nuevo local es el subsuelo, un amplio salón apto para fiestas, eventos y espectáculos artísticos. Ya hay programados espectáculos musicales y actuaciones de tango y música brasileña, amén de conferencias y presentaciones de libros y espectáculos artísticos. Contra la pared principal luce un hermoso mural obra de Alberto Saravia, artista conocido por las estatuas de personajes famosos que ilustran varios rincones de la ciudad.

 

EL RECREO DEL CORDÓN


         Fuera de los cafés, bares, confiterías, restaurantes y similares que existen y han existido en nuestra ciudad, debemos tomar en cuenta otro tipo de lugares de encuentro y diversión que fueron muy comunes hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Nos referimos a los Paseos, Jardines, Quintas, Recreos y/o Parques, distintos nombres con los que fueron conocidos. Estaban destinados a la concurrencia en familia, grupos de amigos, colectividades de inmigrantes o compañeros de trabajo. Lugares donde reunirse para pasar el día, disfrutar de prolongados almuerzos con postres que remataban con café y acompañaban con cigarros y alguna copa de buen cognac. Y conste que no todos estaban reservados a ricachones de abultada billetera sino que eran accesibles para la mayoría de los bolsillos, variando la calidad del servicio, por supuesto. Y en algunos casos la gente llevaba su propia comida para degustarla sobre mesas al aire libre pagando tan solo las bebidas en caso de consumirlas.
En dichos lugares, generalmente casonas rodeadas de jardines, se iba a pasar el día, porque contaban con variado tipo de entretenimientos, como carreras de sortijas y embolsados, juegos de bochas o de bolos y otros más de salón como el billar o las barajas.
Para mejor situarse en el tema veamos la evolución del entretenimiento y de los lugares de diversión a lo largo de nuestra historia. Desde la época colonial la sociedad montevideana, necesitada de diversiones populares para paliar la aburrida vida cotidiana que concurría al Paseo del Recinto, espacio libre entre las murallas y las edificaciones contra la costa del sur, para realizar sus paseos y practicar sus almuerzos campestres. Los domingos eran fiestas de romería y a la caída del sol se encendían los fogones y despertaban los tambores con que los esclavos, divididos por familias, se lanzaban al candombe hasta altas horas de la noche recordando los ritmos de la lejana África.
Pasado el tiempo, durante la Guerra Grande, el paseo predilecto de la población se orientó al abrigo de la bahía en el llamado Paseo de las Delicias, donde transcurrían los encuentros sociales y las comidas en grupos familiares. Y también en la Aguada, en la popular Quinta de las Albahacas, en la esquina de las calles Ejido y Miguelete. Allí, dentro de un bucólico panorama de plantaciones de frutas y verduras alternaban las mesas y sillas bajo los árboles, donde la gente podía merendar y los niños jugar entre ellos. Con la posibilidad final de irse de regreso con un buen surtido de vegetales frescos para toda la semana. De lo contrario desde la Quinta partían repartidores llevando a lomo de mula grandes canastas con productos. Sobre las orejas del buen equino prendías ramas de albahaca como muda propaganda del lugar. Y, como había para todos los gustos, los vecinos que no querían aventurarse fuera de la ciudad preferían concurrir al Jardín de Buero, una casa patio interior grande en la esquina de 25 de Mayo y Misiones, donde eran famosas las tortas y pasteles o tal vez a alguna “sala de ilusiones” como el Cosmorama Oriental, donde se proyectaban imágenes de distintas partes del mundo y se podían leer los diarios llegados en los barcos con noticias “frescas” de Europa y otras procedencias mientras se degustaban tés y cafés con buena repostería o bombones de la casa. Se trataba de indudables antecedentes del cinematógrafo, con lo que se demuestra que los inventos requieren de la necesidad previa del público para fructificar.
Décadas después, con el tranvía de caballitos traqueteando por las polvorientas calles y el incipiente ferrocarril acortando distancias, se pusieron de moda lugares más apartados, los llamados Recreos o Parques. Era una especie de paradores donde los mayores por un lado y los niños por otro disponían de espacio para sus diversiones. Mesas al aire libre, canastas con comidas y refrescos de todos los gustos, (el Cusenier era el más popular según los letreros de la prensa) y tés, cafés y hasta chocolate para los mayores. Muy popular lo fue la Casa de Recreo que abrió una señora francesa, Madame de Beauzemont, inaugurado en abril de 1869 “en la Vieja y elegante quinta del señor Narciso del Castillo, donde cruza el Ferrocarril”. Estaba ubicado en términos actuales frente a la estación Yatay, es decir en el Paso del Molino. La Guía de Libfrink de 1869 le dedicó un aviso de página entera para promocionar sus ventajas: “Los favorecedores encontrarán vinos y licores  y comidas y almuerzos a toda hora del día. Y además se ofrecen cuartos amueblados”.
Pero el más famoso y mejor documentado de todos lo fue el RECREO DEL CORDÓN, ubicado más allá de la plaza Artola, hoy plaza de los 33, en el espacio delimitado por las calles Gaboto hasta Emilio Frugoni y desde José Enrique Rodó hasta Chana.
El Recreo, en terreno perteneciente a Nicolás Migone, fue inaugurado el 29 de enero de 1871 con una fiesta inolvidable a la que asistieron autoridades y numeroso público y en la que se dispararon cohetes y la participación de una retreta musical. Tan popular fue y tanta la propaganda que se le hizo que existe una litografía de Hecquet y Cohas que lo representa y da cuenta de los diferentes espacios y reparticiones para servicios y para juegos con que contaba el recreo.
Aníbal Barrios Pintos, historiador de los barrios de Montevideo, en el tomo referente al barrio del Cordón señala que el escritor memorialista José María Fernández Saldaña lo consideraba un Recreo único en la época con un amplio acceso central que pasaba frente a las glorietas reservadas para familias, para darles cierta intimidad y contiguo a un hermoso jardín con arboles de todo tipo. Por el sendero central se seguía hasta las canchas de bochas. Mientras que los niños disponían de una rueda de calesita y de una plaza de toros en miniatura con palcos embanderados. Bajo una glorieta se disponían las mesas para tomar refrescos o aperitivos a la sombra de los arboles.
Más lejos se desplegaba una pista donde los jinetes podían demostrar sus habilidades en embocar la sortija y otros en breves cabalgatas dentro del recinto cerrado. Según Barrios Pintos los domingos y días feriados el lugar se llenaba para que los jóvenes participaran de los bailes mientras que los mayores se daban a las partidas de bochas. Y el plato especial de la casa, para los que gustaran de almorzar, eran los “caracoles a la cazuela”, regado con vinos y licores o con espumantes vasos de cerveza La Oriental.
Hubo otros tantos Recreos en distintas cercanías de la ciudad como el de la Unión, el de Colón, el de Las Piedras (iniciado por Francisco Piria) y lugares semejantes como la Granja Pons, famosa por los encuentros de políticos.
En el siguiente capítulo nos referiremos a lugares de encuentro de sociedades recreativas, clubes deportivos, parques y confiterías en lugares públicos.
Por otro lado la moda y costumbre de los baños de mar vino a cambiar radicalmente muchas costumbres de la vida ciudadana. Puso de relieve las playas. Ramírez, Capurro y los Pocitos que bien pronto ganaron el favor del público y pusieron de manifiesto la necesidad de organizar los baños y complementarlos con espectáculos musicales y locales de restaurantes, cafés y salones de té a una población de fines de siglo deseosa de vivir la vida con más libertad y esparcimiento. Y más especialmente durante la denominada Belle Epoque.

 

 

EL BAR OLÍMPICO DE PERLINI

El bar de PERLINI, típico boliche de barrio, fue uno de los mojones de la barriada de Bella Vista. Tan consustanciado estaba con esta denominación, que incluía el apellido de su propietario, que ni sus descendientes ni los vecinos recuerdan el nombre comercial que figuraba en la marquesina.
Abrió sus puertas durante más de 40 años sobre la avenida Agraciada, al principio de frente a la calle Olivos (hoy José Nasazzi), lindero al cine Olivos, para luego mudarse a un local situado en la vereda de enfrente.
 Cuando Roberto Tito PERLINI lo compró, a comienzos de la década de 1920, la clientela era de malvivientes, gente de vida irregular y borrachos sin trabajo por lo que, hombre resuelto como era, cortó por lo sano suspendiendo el crédito a los bebedores y echando a los pendencieros aún a riesgo de tener que hacerlo a golpes de puño. La clientela cambió, entonces, por gente de trabajo y vecinos consecuentes entre los que figuraban empleados y dueños de la barraca Fumagalli, la ferretería Sandí, la panadería Los Tres Mosqueteros, la Fábrica de Pastas La Milanesa, la carnicería de Brancatto, la colchonería de Antelo y el almacén del “turco” Chakian. Pero la clientela realmente importante, la que lo identificó y le dio carácter propio durante muchos años, fue la de los socios, directivos, jugadores e hinchas del club Bella Vista, al punto que durante un tiempo la sede de la institución funcionó dentro del bar, como lo recuerda don Alberto Fumagalli (Jimmy), de 87 años, a quien entrevistamos para la redacción de este artículo y quien recuerda que durante los primeros años la sede del club funcionó dentro del bar de Perlini.
Recordó también que el club Bella Vista se había fundado poco antes, en octubre de 1920, con cancha de fútbol en un descampado al oeste de la calle Cuaró, la cual años después fue trasladada al Parque Olivos, posteriormente rebautizado como Parque José Nasazzi, en honor a uno de los grandes del fútbol nacional que durante más de diez años vistió la camiseta papal.
Los socios provenían en su mayoría de familias vecinas, amigas entre sí y los jugadores se conocían desde niños que peloteaban en los baldíos de la zona. Así que al principio eran todos conocidos y se encontraban en el café para tomar algo y comentar los partidos, festejar los triunfos o lamentar las derrotas. También los fundadores y directivos también eran clientes por lo que acostumbraban realizar las reuniones en el bar y coronarlas con alguna bebida espirituosa.
En tal sentido el bar/boliche de PERLINI se convirtió en un lugar de encuentro casi familiar y de gran confianza entre el dueño y los clientes. Como la familia vivía al fondo del local y el baño quedaba en la zona particular de la vivienda, cada vez que un desconocido pedía para pasar al toilette era acompañado por alguno de los clientes amigos de la casa para evitar cualquier contratiempo con Doña Clara, la esposa de Tito o con su hijo Ruben, jovencito que se había ganado el aprecio de todos los jugadores.
El Tito PERLINI atendía personalmente el negocio y estaba al tanto de las novedades del club al punto de ser considerado un socio más del Bella Vista, participando en reuniones de la directiva, la que llegó a integrar en más de una oportunidad.
Décadas después, hacia fines de los cincuenta cerró el negocio, seguramente cansado de tantos años de trabajo y desanimado por el alto costo de la renovación del alquiler, para acogerse a la jubilación. Desde entonces que pasaba las horas del día recordando los viejos tiempos y rememorando las historias del bar y del club de fútbol, recuerdos que muchas veces se unían y reciclaban mutuamente. Buen amigo de los jugadores de aquella época de oro del club Bella Vista y de la Celeste, a la que pertenecían, tuvo largas tenidas con algunos de ellos como José Nasazzi, Ernesto Mascheroni, Pablo Dorado, Jhony Graves, el Vasco Cea y Juan Carlos Calvo, entre otros.
Pocos ambientes eran tan propicios para contar chistes o compartir anécdotas que un boliche de barrio y pocas situaciones tan buenas como la de estar jubilado para trasmitirle a un nieto aquellas historias. Don Tito le contaba a su nieto Ricardo, que lo escuchaba atento, los cuentos y anécdotas de tantos años de trabajo y emoción. Imperdible la anécdota de la selección uruguaya que en Ámsterdam estaba deslumbrada ante el despliegue de bares con mujeres en exhibición dentro de vitrinas e inolvidables las de la selección argentina durante el mundial de 1930 que estaba tan segura de ganar el Campeonato que uno de los jugadores tenía, debajo de la camiseta albiceleste, otra en la que rezaba la palabra “campeones” y la de la tarjeta fúnebre que habían hecho imprimir los hinchas argentinos antes del partido, de tan seguros que estaban de la victoria. Y más todavía la anécdota de que las selecciones de Argentina y Uruguay, como no se pusieron de acuerdo sobre que pelota usar, si una de fabricación nacional propiciada por la Argentina u otra de fabricación inglesa apoyada por Uruguay, resolvieron jugar el primer tiempo con una y el segundo tiempo con otra.
De nuestra parte para conocer más sobre el bar en aquella etapa y los comienzos del club Bella Vista entrevistamos a Ricardo PERLINI, el nieto de Don Tito que quedó como principal receptor de sus recuerdos y depositario de las cartas que le escribieron los jugadores, fotografías, cuentas y recibos de consumiciones y recortes de diarios de época, entre los que se encuentran artículos de la Sección de los Martes del genial periodista deportivo que firmaba Davy. Y en especial, las dos camisetas que le regalara el Mariscal Nasazzi a su abuelo: una de ellas la que usó en la final contra Argentina en el  campeonato Mundial de 1930 y la otra en el partido de homenaje que se le tributó a Nasazzi luego de haber jugado su partido 50 con la Celeste. Ambas prendas las conserva Ricardo con especial cuidado y precaución, cual preciado tesoro de evocación familiar, recordación histórica y valor patrimonial de nuestro fútbol.

 

 

 

CAFÉ DE LA ALIANZA


Gracias a los escritores “memorialistas” (género literario que refiere a la narración de los hechos del pasado en tono recordatorio y con cierta nostalgia) podemos conocer sobre los usos y costumbres del Montevideo del siglo XIX y principios del XX. Etapa de crecimiento que coincidió con los comienzos de muchos comercios e instituciones de arraigo posterior y el afianzamiento de las relaciones sociales y comerciales como los clubes, salas de recreo, cafés y confiterías.
Entre los memorialistas de nota figura, en primer término, Don Isidoro de María, autor del clásico “Montevideo antiguo”, en el que nos habla de los primeros cafés de la ciudad, el de “San Juan” entre otros, Domingo González, que se daba a conocer con el apodo de “Licenciado Peralta”, Rómulo Rossi y, en especial, Don Antonio Gabriel Pablo Nereo Pereira (nacido en Montevideo el 12 de mayo de 1838 y fallecido en la misma el 7 de octubre de 1906). Hombre de prosapia fue hijo del Presidente Gabriel A. Pereira y nieto del Comandante Militar y Alcalde de Primer Voto, Don Antonio Pereira. De múltiples inquietudes en el campo de la cultura como escritor y conferencista, era dado a recordar el pasado de la nación, que tenía bien presente desde el lugar y momento crucial que le tocó vivir. Se refirió y quiso tanto a su ciudad, Montevideo, que le donó parte de su fortuna, un campo ubicado en las inmediaciones del actual Parque de los Aliados con destino a espacio público. Desempeñó una banca como diputado en representación del departamento de San José y actuó por tiempo como secretario de Andrés Lamas. Poseedor de una biblioteca con miles de volúmenes, la donó en parte a la Biblioteca Nacional y en parte a la de la Universidad de la República. Dentro de sus obras cabe recordar las de tema ciudadano como “Recuerdos de mi tiempo” (1891), “Cosas de antaño” (1893), “Nuevas cosas de antaño” (1898) y “Novísimas y últimas cosas de antaño” (1899) en las que evoca hechos, costumbres y lugares en tono agridulce y con el tamiz de su visión propia y sentir personal. No realizó una descripción objetiva de los lugares, como hubiera sido deseable, sino que lo hizo a través del filtro subjetivo de sus emociones y de su situación económica y social.
En su obra “Nuevas cosas de antaño. Bocetos, perfiles y tradiciones interesantes y populares de Montevideo” publicado por la imprenta “El Siglo Ilustrado”, Montevideo, 1898, ejemplar tengo en mi colección, se refiere a algunos lugares emblemáticos de la ciudad como “El paseo de las Delicias”, “El Jardín de las Albahacas”, “La Confitería Oriental” y, más concretamente al tema que nos atañe, al “Café de la Alianza”, “el más concurrido y donde se reunía la gente más conocida de esta benemérita ciudad “.
Lo recordaba con las paredes pintadas al óleo con figuras alegóricas “lo que para aquellos tiempos era un derroche de lujo” y con lámparas de aceite colgadas de los techos “lo que solía dar un tufo capaz  de asfixiar a cualquiera por el olor y humo que penetraba por narices y boca”. Pero la gente no reparaba en ello y concurría para pasar el rato con los amigos. Allí solía concurrir su padre (que luego ocuparía la presidencia de la República en el período de 1856 y 1860, para encontrarse con la mayor parte de la gente que figuraba en la política o en el foro. Cuenta también que se armaban partidas de billar a los palos en unas largas mesas que disponían de bolsas para recoger las bolas. Según Pereira “el café de la Alianza era el centro obligado de la buena sociedad de entonces” y en cuanto a su horario estaba abierto hasta las 10 y 30 o las 11 de la noche, a más tardar, pues en aquellos tiempos y con tales costumbres todo el mundo se levantaba y acostaba muy temprano. Vida más sana, moraliza, era la de antes en la que se precisaba menos de los galenos. Personaje por demás pintoresco lo era el señor Isidro Serna, “dueño del café y el hombre más conversador y campechano que podía haber bajo el sol”, referencia interesante en épocas en que la interacción entre el dueño y la clientela era notoria, lo que se ha perdido con los años. Dato de interés para los historiadores resulta la mención de los más asiduos tertulianos: Miguel Barreiro, Santiago Vázquez, Carlos de San Vicente, el general Gabriel Velazco, Nicolás Herrera y tantos otros y más descriptiva la referencia de que algunos se entretenían en los juegos y “que los otros iban a conversar con los amigos hasta la hora de tomar soleta, como dicen vulgarmente, y retirarse”. Y redondea al final del artículo con una reflexión que lo pinta de cuerpo entero de que “así como ahora hay el Club Uruguay y otros más donde se reúne lo más selecto de la sociedad, el CAFÉ DE LA ALIANZA era el punto obligado y de moda para reunirse todo lo que se conocía en el comercio, en la política y demás”.
En cuanto a su ubicación nos dice que quedaba en la calle del Cerrito,  en local que luego fue ocupado por el Centro de los Extranjeros, club que merece le destinemos un futuro capitulo y más tarde por la litografía de Diógenes Hecquet.
A efectos de confirmar la ubicación y período de vigencia recurrimos a la Biblioteca Nacional a los efectos de un relevamiento de la prensa de la época. La primera cita a un café de tal nombre la encontramos en el diario El Nacional del 1º de julio de 1838, con la sorprendente noticia de que “En el Café de la Alianza se había instalado un dentista”. La siguiente, una década después, en 1848, con el anuncio de que se alquilaba “la casa que fue Café de la Alianza” (El Conservador del 12 de mayo), lo que viene a cuento con que Pereira recordaba el café “de tiempos en que se criaba”, es decir tenemos que situarnos entre las décadas de 1840 y 1850, lo que condice con el anuncio de venta del “café de la Alianza”, sito en la calle del Cerrito 189, según surge de la página de avisos de El Comercio del Plata del 5 de agosto. Y finalmente la reapertura del negocio en el año 1861, según anuncio que transcribimos:

Cuadro de texto: “Fonda y Café de la Alianza” Nuevo establecimiento de fonda y café y portaviandas para las personas sito en la Plaza Independencia N° 93  (LA REPUBLICA, 2 y 3 de setiembre de 1861

 

 

 

CAFES DE TANGO (II)

La luz del Centro te hizo creer
Que la alegría que vos querías
Estaba lejos de tu arrabal…”
Letra de Nicolás Messutti y Carlos Álvarez Pintos

Estas estrofas de la letra del tango “De tardecita” representan el espíritu recriminatorio del tango durante las primeras décadas del siglo XX, de cuando había una cierta dicotomía entre el arrabal y el centro de la ciudad, una separación a rajatabla y casi un desprecio mutuo.
En realidad la relación entre los cafés y bares y la evolución del tango, su aceptación después de un período parisino y su ascenso y aceptación del suburbio a los salones elegantes se desarrolló gradualmente. Pero en principio, cuanto más alejados del centro estuviesen los cafetines y bailongos, cuanto mejor. Desde el punto de vista geográfico los espacios territoriales están definidos dentro de la geografía urbana: de un lado el arrabal o suburbio y del otro el centro, la clase alta, aunque desde el punto de vista de la categorización han asumido roles que los encuadran más allá de lo geográfico. En principio el tango fue un típico producto del arrabal, de los barrios alejados, no tanto geográficamente sino desde el punto de vista social y cultural. El tango fue en principio representativo de la clase social baja, pobre y trabajadora. Tal el sentido de sus leras y el fluir de su filosofía perfilando toda una representación del acontecer y del ser de los personajes que lo representaban, con sus costumbres, oficios, sentimientos, etc.
En Montevideo se dio menos marcadamente que en Buenos Aires. De todas maneras desde fines del siglo XIX y principios del XX el mundo del tango se verificó en el “Bajo”, el barrio del pecado, muy cerca geográficamente y muy lejos socialmente. Entre el “Bajo” de la calle Buenos Aires al Sur y la elegante calle Sarandí, la arteria elegante, no habían más de 2 cuadras. Dos mundos paralelos que se desarrollaban cada uno con sus reglas y sus horarios.
Ya avanzado el siglo XX el crecimiento de la ciudad llevó a la creación de nuevos barrios cada vez más apartados del primitivo casco urbano. Y en ellos proliferaron los cafés y bares como centros de encuentro y de reunión. Eran una copia y reflejo de los existentes en la primitiva ciudad vieja y por supuesto que muchos de ellos dejaron espacio para la presencia de orquestas y una pista para los bailarines. Todos los barrios fueron teniendo sus cafés con sus barras, sus ruedas de billar, sus espectáculos tangueros y su clientela barrial.

En principio nos referiremos a los cafés del barrio Sur, espacio de difícil delimitación, sin límites precisos, diferenciado por las construcciones y el tipo de gente que vivía. Hacia principios del siglo XX, antes de la construcción de la Rambla sur, todavía se lo llamaba “suburbio”.
De entre una larga lista, en muchos de los cuales hubo espectáculos de tango o fue frecuentado por parroquianos vinculados con la música popular, hemos rescatado tres cafés bien peculiares, ubicados los tres en las inmediaciones de Maldonado y Río Negro. El más famoso, el ARRIBA Y ABAJO, curioso nombre heredado del cuadro de fútbol fundado en una de sus mesas por un grupo de parroquianos deportistas. Lo traemos a colación porque entre los asiduos clientes figuraba Tito Cabano, autor del tango Un boliche, inspirado seguramente entre el humo del tabaco y el efluvio de sus recuerdos. Enfrente se ubicaba el OCARINA, más tarde conocido por LUJÁN y finalmente por REY DE COPAS, y el ALMACÉN Y BAR MOLFINO, que luego cambiar de dueño también lo hizo de nombre, por el de MONTEVIDEO SUR, según datos proporcionados por el numismático Carlos A. Camusso quien los definió como cafés con ambientes de tango y recuerdos de su niñez. Otro reducto tanguero lo fue la BOMBONIERE, en Convención casi Durazno, típica pensión conocida como “La Yica” en la década del 20, que supo reconvertirse en uno de los cabarets más lujosos con que contó la ciudad. Desde su inauguración como tal en 1937 contó con la actuación del pianista Alberto Alonso y se recuerda como inolvidable la actuación de Malena, de Toledo, “la que cantaba el tango como ninguna”.


También en el barrio del Cordón, extendido a ambos lados de la calle del 18 de Julio desde Ejido hacia el este, mezcla de centro y de suburbio, tuvimos varios cafés con actuaciones musicales. El RODÓ en la esquina de 18 de Julio y Defensa, donde actuaba la orquesta de Orlando Romanelli (pianista, director y compositor), el LONDRES y el VERDUN, este último en Rivera casi Miguel del Corro, donde empezaron las carreras artísticas del cantor Oscar Nelson y del pianista Pocho Pérez, el recreo-café AU BON JULES, en Minas 1473 entre Colonia y 18 de Julio, con la recordada actuación en 1918 del trío de Eduardo Arolas junto con el violinista Federico Lafémina y el pianista Alfonso Fogaza, bautizado por su virtuosismo como “Manos de Oro”. Los memoriosos no dejarán de evocar LA MORTADELA, en Piedra Alta y La Paz, donde se presentó el baterista Joaquín Barreiro al frente de su orquesta Jazz Barrey Cortés ni tampoco al poco común nombre de AL NON PLUS ULTRA, sobre la antigua calle Maldonado nº 33, hoy Brandzen, uno de cuyos propietarios era el músico Gerardo Metallo. Ni tampoco del café y bar LOS ROSALES, en Jackson y Lavalleja, baluarte de Eduardo Arolas en el año 1921. El bandoneonista Alberto Domínguez compuso el tango “Los Rosales” en su honor, el cual fue grabado en 1923 por la orquesta de Osvaldo Fresedo. Más al norte quedaba EL CAZADOR en Yaguarón y Orillas del Plata (Galicia) donde solía parar el dueño del caballo Yatasto, un pingo que también mereció un tango con el nombre de “Puñado de viento” en alusión a su velocidad, con letra de Gerardo Adroher y música de Luis Alberto Bottini y Juan Sánchez Gorio. Fue galardonado en el año 1935 como “El caballo del Siglo”. Y en Miguelete y Sierra se encontraba el GOLAZO, así llamado en recuerdo del gol que su propietario, el maestro José Piendibene, centro delantero de Peñarol, le hiciera a Ricardo Zamora, el “Divino” golero del Deportivo Español de Barcelona. El café GOLAZO tuvo su propio tango, compuesto por el bandoneonista Luis Caruso con el nombre de “Sierra y Miguelete” y grabado por el propio Caruso (Carusito) con su cuarteto en el año 1945.


 En el barrio Goes, tanguero por excelencia también contamos con varios cafés y bares, entre ellos el DOS AVENIDAS y el CABALLERO, éste último en General Flores y San Fructuoso frente a la estación de tranvías. Hacia el año 1925 actuó el trío integrado por Ángel  Sica (piano), Francisco Romeo (violín) y José Quevedo (El Negro) en bandoneón. En este café fue donde comenzaron las actuaciones de Carlos Porcal, que años después triunfó en Buenos Aires con nombre artístico de Carlos Roldán;  el VACCARO en General Flores y Domingo Aramburú, conocido como El GIRUMIN en sus comienzos, los hijos del fundador en 1929 lo transformaron en el gran café VACCARO (café, bar, restaurante y hotel) llegando a ser el corazón de la movida del barrio Goes. Aquí consolidó su fama el nombrado Carlos Roldán y en su palco surgió, con motivo de un concurso, el cantor Aníbal Oberlín. Referencia al café VACCARO figura en la letra del tango “A GOES” de Carlos Alberto Irigaray. Y la cantina del CLUB ATLÉTICO GOES en General Flores y Libres, a dos cuadras del Mercado Agrícola, donde es leyenda que el “Morocho del Agrícola” grabó el tango “Café Goes” secundado por la guitarra de Nelson Olivera.


Corresponde, también, hablar del barrio Arroyo Seco, en especial del café y bar LiTO, propiedad del popular Lito Semino, ubicado en Agraciada y Santa Fé, donde tenía su mesa fija el futbolista Pedro Cea; y donde el sexteto típico SON D´OR dirigido por el bandoneonista Donato Racciatti hizo su presentación en público con la voz de Luis Alberto Fleitas. Y el DOCAMPO en Agraciada y Lima, en el llamado repecho De La Sovera, donde actuaron y bailaron el tango la mayoría de los famosos de la época.
 El barrio La Unión también tuvo su cuota de reductos tangueros desde el elegante entorno de la confitería LA LIGURIA, en  8 de octubre esquina Cipriano Miró, donde se recuerdan las actuaciones del cantor Néstor Feria hasta el café UNION, ubicado enfrente, tan famoso que tuvo un tango propio, el “Café Unión” compuesto por Emilio Riverón en música y Mario Mascaró en letra. En dicho café se recuerdan las actuaciones de la orquesta de Rogelio Coll (Garabito). Y en el otro extremo de la escala social, ambiente de rompe y raja, se encontraba LOS FAROLITOS una especie de cabaret y salón de baile sobre la calle Lucas Moreno, casi Avellaneda y casi frente a la “milonga” del “Puerto Rico”. El bandoneonista José Spera dedicó una milonga, la que fue grabada en el año 1948 con el nombre de “Los Farolitos”.
Otros barrios montevideanos recuerdan sus propios cafés con espectáculos de tango. En Los Pocitos quedan dos nombres para el recuerdo, el FRAY MOCHO en la esquina de Bulevar España y Libertad, donde surgió la fama el cantor Juan Carlos Garbarino, “El parisino”, primer uruguayo que cantó un tango por radio en la primavera de 1928 y el “MIRADOR ROSADO” en la esquina de Avenida Brasil y Simón Bolívar, cuna y triunfo del cantor Alberto Vila.


Menciones merecen también también el café y bar EL CRISTO, en el barrio del Prado, Carlos María de Pena y Ramón Cáceres, donde se lucieron los pianistas Francisco De Caro y Fioravanti Di Cicco y, finalmente, en el barrio del Cerro, reducto obrero, se recuerda el café PREFUMO en la esquina de Grecia y Nueva Granada, hoy Juan  B. Viacaba, donde actuó una temporada, en el año 1920, el trío integrado por Félix Laurenz en el bandoneón, Orlando Romanelli en el piano y Pedro Aragón al violín.

 

La lista de los cafés y bares de Montevideo donde se brindaron actuaciones tangueras, llamados “cafés concert” por la influencia francesa de la época, continúa con los ubicados en el centro de la ciudad. Entendiendo por centro los ubicados a lo largo de 18 de Julio, primero calle y luego avenida, entre la plaza Independencia y Ejido, tres o cuatro cuadras al sur y otras tantas al norte. Y, formando cruz con la calle Andes, la más concurrida y con mayor concentración de cafés, cines, teatros y comercios hasta principios de la década de 1960, al punto de haber sido llamada la “pequeña Corrientes”, en referencia a la bulliciosa arteria de la capital porteña. Es de rigor que comencemos la lista con el famoso y renombrado Café y confitería LA GIRALDA, sobre 18 de Julio y la plaza Independencia, -lugar que antes ocupara el Café Nuevo y después de demolido el viejo edificio y construido el Palacio Salvo pasó a ocupar la sucursal del Café Sorocabana durante muchos años. En el año 1917, en su concurrido salón la orquesta de Roberto Firpo estrenó el tango La Cumparsita. Le sigue El PALACE, con su doble entrada: por la calle Andes 1319 y por la plaza Independencia, en la rinconada, famoso por haber la actuación de orquestas de señoritas, entre ellas la de Lolita Parente y la de Paquita Bernardo y el ARMONÍA, puerta por medio, donde recalaba el Pardo Flores y templaban sus gargantas los cantantes que actuaban en Radio Nacional. El TASENDE, que todavía abre sus puertas, que acredita el honor de que se haya compuesto la milonga “Ciudadela y San José” con letra y música de uno de sus infaltables parroquianos, el bandoneonista Roberto Cuenca.
El café AU TRIANON, ubicado en la calle Andes al 1281, entre San José y Soriano, contó en el año 1913 con la atracción del pianista negro norteamericano Harold Philips que pasó a interpretar tangos. Y al año siguiente con con la presencia del trío de Alberto Alonso al piano, Minotto Di Cicco al bandoneón y Luciano Arturaola al violín. Muy cerca, el PETIT SALON, Andes y Colonia, conocido popularmente como el “Petit bar” y próximo al cabaret Moulin Rouge, contó en el año 1914 con el trío dirigido por el pianista mercedario Carlos Warren, el violinista Ataliva Galup y el bandoneonista Minotto Di Cicco. El café resulta mencionado en la letra del tango “Niño bien”, grabado por Alberto Vila en diciembre de 1927. También tuvo el honor de que se le dedicara el tango “Cafetín de los coperos” que, con letra de Agustín Pucciano, fue grabado por la orquesta de Ricardo Brignolo en el año 1930.
En la esquina de Florida y Soriano abrió sus puertas el AU BON MARCHÉ, famoso porque durante una actuación de Carlos Gardel se interrumpió el tránsito dada la cantidad de gente que se agolpaba fuera del local. En 1915 causó sensación el cuarteto de Juan Maglio (Pacho) y tiempo después lo hacía el trío de Carlos Warren, Félix Rodríguez y Luciano Padilla. Y al año siguiente se presentaba Enrique Delfino, al piano. El  café AVENIDA, en 18 de Julio casi Daymán, fue uno de los más importantes reductos tangueros de la época. En el año 1922 contó con la actuación de la orquesta Pignalosa – D´Amico que estrenó “El Pirata”, primera de las composiciones de Pintín Castellanos, el autor de “La Puñalada”, tango que dedicó a la barra de sus amigos que paraban en el café. En el año 1923 actuó la orquesta dirigida por Paquita Bernardo, bandoneonista y autora de un vals compuesto en homenaje a Montevideo, bajo el alusivo nombre de “Cerro Divino”, que fue estrenado en noches del café. También fue la autora del tango “La Enmascarada” que con letra de Francisco García Giménez grabó Carlos Gardel en 1924. En su escenario también se registró el debut de la orquesta de Donato – Zerrillo en el correr del año 1927. El WELCOME, también sobre 18 de Julio, entre Río Branco y Julio Herrera y Obes registra la actuación en 1921 de Eduardo Arolas y meses después la de Minotto Di Cicco al frente de su orquesta. Muy cerca, el café y confitería IMPERIAL, contó con la actuación del trío formado por Rolando Gavioli al bandoneón, Ángel Sica el apiano y Elbio de Leonardo Zito al violín. Le toca el turno, casi pegado a los anteriores, al legendario AL TUPÍ NAMBÁ, el nuevo, ubicado sobre 18 de Julio, que tuvo fama de ser el más lujoso de Sudamérica. Contaba con un palco desde el que se veían las orquestas y los intérpretes que llenaban sus funciones vespertinas y nocturnas. La primera orquesta que se presentó fue la de Lurati-Tobía. Grandes intérpretes desfilaron por su palco, entre ellos la orquesta de Juan D´Arienzo. En el carnaval de 1937 el gran director Rodolfo Biagi (por entonces pianista de D´Arienzo) sugirió instrumentar el tango “La Puñalada” en tiempo de milonga. La última orquesta que actuó en su escenario fue la de Washington Oreiro. El SATURNO, popular café y cervecería, sobre la calle Paraguay entre 18 de Julio y Colonia, contó por los años 20 con actuaciones de Alfredo Pignalosa. Muy cerca, el
LIBERTAD, en la rinconada de la Plaza Cagancha, que debe ocupar un lugar señero por cuanto hacia 1916 se habría “rebuscado” por algún tiempo, tocando el violín, nada menos de Juan de Dios Filiberto. En el GAMBRINUS, sobre 18 de Julio pegado al Palacio Santos,  (al lado del Palacio de gobierno) contó con la actuación de conjuntos femeninos, es decir Orquestas de señoritas. A continuación el café que mereció el sobrenombre de “templo del tango”, EL ATENEO sobre la Plaza Cagancha. Si bien sus orígenes son a principios del siglo XX en realidad su palco recién empezó a conocerse en la década de 1910 con la recordada actuación del pianista Alberto Alonso. En la década de 1920 contó con la actuación de la orquesta típica “Pampero” integrada entre otros por los violinistas Américo Pioli y Juan Trócoli, el bandoneonista Gabriel Di Marco (Pichín), el pianista Leopoldo Espinosa y una batería, a veces suplantada por el pistón de Benone Calcavecchia para acompañar algunos tangos. El quinteto “Pampero” estrenó el tango “El Diario” que José Erserguer dedicó al periódico de tal nombre, aparecido el 7 de julio de 1923, pudiéndose leer en la tapa de la partitura que se trataba de “un gran tango de salón”. Con el correr de los años casi todas las orquestas nacionales y las que venían de la vecina orilla actuaron en su palco elevado. A principios de la década de 1950 cerró sus puertas, siendo la orquesta de Juan Cao la que tuvo el dudoso honor de ser la última en actuar en su escenario. Volvió a reaparecer tiempo después con el nombre de NUEVO ATENEO en 18 de Julio numero 930, edificio de la Tribuna Popular. También le correspondió el honor de que le fuera dedicado un tango, el “Café Ateneo” con letra de Américo Carbonell y Adolfo Sandor y música de Juan Manuel González Prado. Frente se encontraba el mítico café SOROCABANA, imposible dejar sin mencionarlo aunque no haya tenido incidencia en el tango, salvo raras y espontáneas actuaciones.  Otro reducto famoso fue el café MONTEVIDEO, en la esquina de 18 de Julio y Yaguarón, que en 1936 empezó a funcionar como “café concert” durante 9 años. Actuó fundamentalmente la orquesta de “Pirincho” Martínez con la voz de Mabel Ortiz, “la Muñequita que canta”. El café  MAYO, pegado al teatro y cine 18 de Julio, que contaba con la presencia de la orquesta dirigida por el bandoneonista Enrique Pollet y actuación del solista Aníbal Oberlín. El poco conocido café PARODI, que era visitado por carlos Gardel cuando venía de visita a Montevideo porque era amigo del propietario. Varias veces cantó a sotto voce en presencia de la rueda de amigos. Y finalmente, aunque quedan otros tantos en el tintero, el café NUEVO, llamado luego SPORTMAN y en forma popular el café “A.B.C.”, en 18 de Julio y Ejido (y donde por muchos años funcionó LA PASIVA). Allí en el año 1916 tocó el cuarteto Alonso-Minotto y en 1917 Enrique Delfino, durante sus actuaciones, estrenó el tango “Re Fa Sí”. Además, puesto que quedan otros tantos nombres de cafés y de actuaciones musicales en el tintero en espera de una investigación más exhaustiva, queremos referirnos a un reducto más de tipo cabaret que de café donde campeaban el baile tanto como las bebidas y los amoríos con prolongaciones en apartados fuera del local, la célebre BOMBONIERE en Convención casi Durazno, en principio una de las tantas “pensiones” conocida en el léxico como de “La Yica” para luego volverse uno de los primeros cabarets con que contó la ciudad. Allí tocó el pianista Alberto Alonso desde la inauguración hasta el año 1937 y según las recopilaciones de Ovidio Cano resultó famosa la actuación de “Malena de Toledo”, la que cantaba el tango como ninguna. 

CAFÉS DE TANGO

 

                En las primeras décadas del siglo XX los cafés de Montevideo y Buenos Aires cumplieron un papel fundamental en el desarrollo y la difusión del tango. Tanto en la música, como el baile y el canto el tema merece un estudio en profundidad que encararé cuando de forma de libro a estos capítulos. Mientras tanto vayan, como adelanto, estas anotaciones.
Los cafés y similares en Montevideo de principios del siglo pasado, muy numerosos con respecto a la población de entonces, eran lugares o centros de reunión que solían contar con todo tipo de atracciones para uso y solaz de la clientela: mesas de billar, competencias de ajedrez, juegos de cartas e incluso apuestas y competencias clandestinas. Otra variante lo eran los espectáculos de música, lírica o popular, a través de la presentación de solistas y/o pequeñas conjuntos, a las que no fueron ajenas algunos dueños italianos con aficiones de barítono, que  encontraban en su negocio el mejor lugar para practicar el canto o invitar a sus amigos en la ejecución de sus piezas preferidas. Hacia 1900 el tango había empezado a brillar en las capitales del Plata, en especial en locales de equívoca fama y dudosa denominación  como cabarets, piringundines, pensiones y casas de huéspedes, que existían tanto en los “bajos” montevideano y porteño, que ambas ciudades tuvieron sus barrios del pecado y de allí se fueron extendiendo, es decir “blanqueando”, a través de las actuaciones en teatros y cafés al centro de la ciudad. El pasaje del “bajo” a a los salones fue gradual, un proceso que se fue dando en el tiempo. En Montevideo podemos darle inicio hacia 1910, cuando algunos músicos porteños llegaron desde Buenos Aires con su arte y su bohemia para integrarse a la vida montevideana. Tal vez su máximo exponente lo fuera Eduardo Arolas, el “tigre del bandoneón”. Para permitir las actuaciones en público los cafés improvisaron tarimas para separar a los intérpretes de las mesas donde se sentaba el público, pero a medida que los músicos fueron ganando aceptación, estas fueron mejorando hasta el punto de convertirlas en palcos o escenarios. Famoso fue el palco para la actuación de las  orquestas que llegó a tener el café Ateneo, elevado medio piso para que los  presentes pudieran ver a los músicos con total comodidad y el Nuevo Tupí sobre 18 de Julio con su amplia tarima al fondo del local.
Al principio los artistas eran exclusivamente masculinos, pero bien pronto las mujeres empezaron a figurar en las orquestas, creando orquestas de señoritas, las que ganaron su lugar con gran suceso en la interpretación de tangos y ritmos populares. Llegó a haber tres o cuatro conjuntos femeninos de gran calidad artística y permanente actuación en el café Palace frente a la Plaza Independencia y otros locales nocturnos, además de la animación de veladas en los intervalos del cine mudo.
Muchos fueron los cafés que cumplieron un papel importante en la difusión del tango. Y casi en forma simultánea vino la popularización del tango canción, después del estreno del tango canción “Mi noche triste”, de Pascual Contursi, interpretado por Carlos Gardel en el teatro Artigas de Montevideo.
Empezaremos la relación de los cafés vinculados con la historia del tango por los ubicados en la Ciudad Vieja de Montevideo y en sucesivos capítulos continuaremos la de los ubicados en el centro y los distintos barrios hasta llegar hasta los del suburbio. Encontraremos nombres de cafés famosos y otros no tanto pero lo importante es la relación que desarrollaron con el tango y la cabida que le dieron a la actuación de sus intérpretes, incluso habilitando el local para su conversión en pistas de baile. A muchos de ellos ya les hemos dedicado capítulos especiales en Raíces como al ZUNINO y al VICTORIA, ambos sobre la calle Bartolomé Mitre y próximos al Teatro Solís.
Comenzaremos la relación por los situados en la Aduana y sus inmediaciones hasta terminar con los que daban frente a la plaza Independencia.
Empecemos por el PODESTÁ, cuyo propietario, Antonio Podestá, estaba vinculado con el teatro, ubicado en Pérez Castellano 1479, casi Yacaré. Se trató del primero en utilizar un escenario. En 1911 fue muy nombrada la actuación de la orquesta típica argentina de Félix Rodríguez, al bandoneón, acompañado de José  Martínez en la flauta, José Cortesi con la guitarra y Pedro Vallarino en violín, la primera orquesta argentina de renombre que se tiene noticia que actuara en Montevideo. Le sigue el YACARÉ, de Enrique Cozzolino, sobre la calle Yacaré 1583 casi esquina con la rambla 25 de Agosto. El local fue abierto en el año 1911 e inaugurado con gran suceso por el trío de Eduardo Arolas, Federico Laffemina en violín y Emilio Fernández en guitarra. En el año 1912 se recuerda la actuación durante los fines de semana el bandoneonista Ricardo Brignolo, “La Nena”, autor del conocido tango “Chiqué”.
Un lugar de referencia ineludible, LA TELITA, en la esquina de Washington y Pérez Castellano, almacén de día y vinería y escenario de cantos por la noche, muy concurrido por gente del ambiente artístico como Pintín Castellanos, Alberto Castillo, Alberto Mastra, etc. Uno de sus habitués, el periodista Julio E. Suárez, tuvo el honor de que se le dedicara un tango “Peloduro”, en honor a su apodo.
Otro reducto, el café LIROPEYA, en Sarandí y Misiones, contó durante la década de 1910 con el concurso el pianista Raúl Courau. En su misma ubicación abrió el café LA BOLSA, donde a principios de la década de 1930 actuó una orquesta femenina con la voz de Esther Rodríguez, una excelente intérprete de la canción. El tango “Julián”, una de sus interpretaciones más celebradas, se convirtió en la canción más requerida del momento. Dicho tango había sido estrenado en el cine Apolo de Montevideo durante el mes de enero de 1922.
LA NOCHE, en Rincón y Ciudadela, un “café de periodistas” porque era reducto y lugar de encuentro de los periodistas y fotografos de los diarios, lo fue también de inolvidables actuaciones tangueras. En 1929 Humberto Correa estrenó allí el tango “Vieja Viola”. Además el café tuvo su propio tango, “La noche”, con letra de José Luis Panizza y música de Alfredo Pignalosa. Otro habitué, personaje del tango, lo era “Pirulo” Barhé, autor de “Gacho gris”. “El Hachero”, periodista y cronista del “bajo” montevideano y personaje de la noche, era asiduo concurrente al punto que se le compuso un tango en su honor con música de Juan Pons y Dante Sciarra y letra de Carlos Paez Vilaró. En 1924 Carlos Warren pasó con gran suceso por su tarima el mercedario CArlos Warren como pianista solista.
En el SPORT, ubicado en la proa formada por Bacacay, Buenos Aires y Bartolomé Mitre, actuó en 1917 el trío integrado por Enrique Delfino al piano, Ernesto Di Cicco al bandoneón y Federico Laffémina al violín.
Otro café de gran importancia en el desarrollo del tango fue el ZUNINO, sobre la calle Bartolomé Mitre. Primero estuvo ubicado dentro del teatro Solís y más tarde fue trasladado a la vereda de enfrente, pegado al “Royal Pigall”. Tenía un palco que atravesaba el salón, separado por una cortina tras la cual funcionaba una especie de academia de cortes y quebradas. Allí se lució el famoso bailarín argentino Olvidio Blanquet, con el sobrenombre de “El Cachafaz”. Muchas veces las parejas eran integradas por hombres, dada la ausencia de mujeres. Se recuerdan las memorables actuaciones del trío integrado por el violinista Vicente Conti, el pianista Leopoldo Espinosa y el bandoneonista José Laino, el popular “Bachicha”.
De la misma importancia el café VICTORIA, en Bartolomé Mitre 1275 casi Reconquista. Allí tocó Enrique Delfino en 1916 y Eduardo Arolas se lució en diciembre de 1917. Roberto Firpo, asiduo visitante, tocó un día el tango “Montevideo”, que había compuesto en homenaje a la ciudad, gustando tanto que terminó grabado en un disco.  En 1920 volvió a actuar Arolas, con el concurso del “Tano” Genaro Spósito como bandoneonista.
El café MONTERREY en Juncal entre Sarandí y Buenos Aires, de frente a la plaza Independencia, mereció que se le dedicara el tango “Monterrey”, grabado en 1946 por la orqueta de Juan Cao y la voz de Alberto Bianchi.
En los mercados y sus inmediaciones pululaban los cafés. Así fue que en el del Puerto encontramos el Roldós, reducto de tangueros de ley entre los que pueden citarse a Carlos Gardel y luego a Juan D´Arienzo. Y en las inmediaciones del Mercado Viejo o Central abría sus puertas el todavía existente FUN FUN, un local de copas. En 1933 Carlos Gardel le dedicó una foto a su propietario, Augusto López. El local mereció que se le dedicara el tango “Fun Fun, que fue grabado en el año 1963 por la orquesta de César Zagnoli con voz de Julio Pomar.
El café JUNCAL, calle Juncal 1333, antes de llegar a Sarandí. Acá comenzaron las actuaciones del duo Delfino-Laffemina en 1915. Y en 1916 actuó el pianista mercedario Carlos Warren.
Hubo, sin duda, otros famosos cafés en la Ciudad Vieja, tales como el VASKO BAR (El Vasquito), el BRASILERO, el café BANCARIO, el del GLOBO, LA PROA, el JAPONÉS, EL HACHA, LOS INMORTALES y varios etcéteras, importantes para la historias de los cafés aunque no tanto para la del tango.

 

 

Cafés del 900


Tal vez y sin tal vez la época más brillante de los cafés haya sido la que vivió la generación del 900, entre fines del siglo xix y principios del xx. La época de las tertulias, de la desenfadada Belle Époque, de asistencia diaria y casi obligatoria dos o tres veces por día. Englobamos en la expresión novecientos a las décadas de 1890 al 1916 aproximadamente, hasta los comienzos de la Gran Guerra.
Decenas de opciones se abrían a los muchachos, jóvenes y veteranos de entonces, en un panorama dominado por los increíbles cafés Polo Bamba y Tupí Nambá, los dos más representativos del momento, el primero de Severino y el segundo de Francisco, los hermanos San Román, míticos personajes de quienes nos ocuparemos en los próximos capítulos.
Pero en el presente habrá de ponerse el ojo en otros establecimientos, muchos de ellos casi desconocidos por las crónicas, los que, si bien pasaron sin pena ni gloria, no merecen caer en el olvido.
Partiremos de los comentarios y avisos que sobre ellos aparecen en los ejemplares de La Mosca, un semanario internacional festivo, político y de caricaturas, que obran en nuestra colección.
En octubre de 1891 aparece la referencia a la cervecería Germania, elegante reducto anexo al club del mismo nombre, donde concurría la colectividad alemana de Montevideo, caracterizada por los chops de buena espuma que se servían.
Otro comentario aludía a un nuevo café, La Lira, en Ciudadela número 168, cuyo dueño era un tenor de buena voz que solía entonar trozos de ópera entre la clientela, que no tenía más remedio que escucharlo y alabar sus interpretaciones.
En el año 1892 La Mosca hacia la promoción del café Ucar, el antiguo Nine Pins, lindero al teatro Solís y al café Lírico, ubicado en un sótano de la calle Juncal, esquina Buenos Aires, donde se contrataban cantantes para amenizar las veladas y acompañar las tazas de café.
El año 1893 está dominado por los comentarios sobre Severino y Francisco San Román y en cuanto a los nuevos cafés daba cuenta de la apertura del Café de la Prensa, ubicado en Colonia esquina Florida, donde se reunían los «soldados del cuarto poder», como llamaba a los periodistas. Detalle interesante para la época es que el lugar contaría con una habitación ad hoc donde podrían trabajar y atender conferencias telefónicas.
En 1894 se anunciaba el Café del Concierto, sobre la calle Juncal casi Liniers (sótano) donde actuaba la Compañía Cómica Napolitana de Enrico Montefusco en funciones nocturnas. En el año 1895 figuraba la noticia de que Francisco San Román había comprado todos los sacos de café que se rescataron del naufragio del vapor español Ciudad de Santander, encallado en las inmediaciones de la Isla de Lobos en mayo de dicho año, café puro de Costa Rica, de excelente sabor y a muy buen precio.
Al año siguiente se hablaba del café San Carlino, sótano donde actuaban compañías teatrales. Y por 1899 Francisco San Román habilitaba a su sobrino Caciano San Román como socio del Tupi Nambá, reconociendo la dedicación y esfuerzo que este había puesto en la empresa.
En 1901 La Mosca daba cuenta de la apertura del Gran Sótano de la Independencia, ubicado en la esquina de Juncal y Sarandí, en el que su dueño Manuel Martínez había dispuesto la realización de mejoras y procurado un esmerado servicio de café, cerveza, leche, todo de lo mejor. Y por supuesto que con mesas de billar para carambolas y casín.
En 1902 el semanario recoge una noticia de que en el Polo Bamba se había inaugurado una serie de conciertos que se trasmitirían por un nuevo aparato, el llamado gramófono.
En 1903 la propaganda se dirigía al café Tortoni, recientemente abierto sobre 18 de Julio, un café, confitería y billares bajo la dirección del consagrado empresario Juan Irigoyen; meses después comentaba la apertura del café Brasil, de Acosta y Verdún, que contaba con estupendas mesas de billar y luego figuraba una referencia al café Lírico de la calle Andes entre Mercedes y Uruguay, propiedad del señor Bruno.
Resulta oportuna la transcripción del aviso correspondiente a dicho establecimiento:

“Hemos probado el riquísimo café que expende al público el café Lírico, de la 
calle Andes entre Mercedes y Uruguay, de propiedad del señor Bruso y 
francamente declaramos en honor de la verdad, que hoy por hoy, es digno de 
recomendarse al público por la pureza y frescura de aquel néctar. Además el có
modo establecimiento está montado con todo el confort necesario ofreciendo al 
público mil comodidades deseables como el mejor de Montevideo. ¡Todos al 
café Lírico de la calle Andes!”

Y, por último, el anuncio de la conversión del QUO VADIS, un lugar de recreo en un establecimiento de café y confitería. Dicho negocio, propiedad del señor R. VIDAL, activo y ejemplar comerciante de plaza, ha ensanchado su establecimiento de la calle Rondeau 349, convirtiéndolo, según sus propias palabras, “en un Paraíso Terrenal de amabilidades de la vid”.
Y le incorporó nuevos elementos como glorietas, juegos de sapo, conciertos musicales con el nuevo gramófono para que el visitante pueda sentirse en un día glorioso, “todo en obsequio a la distinguida población de la Aguada, que merece poseer un comerciante e industrial de los méritos progresistas del señor José R. Vidal”.  Para entender bien este artículo y la concurrencia de la zona baste recordar que se encontraba cerca de la estación del Ferrocarril Central.

REQUIEM POR EL VOLCÁN


El pasado 30 de noviembre de 2017, estirando el horario de cierre hasta la madrugada del día siguiente en actitud de despedida, bajó definitivamente sus persianas el café y bar EL VOLCÁN, un emblema cafetero de Montevideo. Uno más de la larga lista de cierres que se acrecienta día a día. De mi parte un mea culpa y un arrepentimiento tardío porque hace tiempo que tenía previsto visitarlo para entrevistar al propietario y escribir su historia. Pero, por un motivo o por otro, como suele pasar en ciertos casos, lo dejamos para más adelante. Que la ubicación nos queda a trasmano es cierto, pero no debió ser motivo para posponerla. Por eso no me queda más alternativa que escribir un artículo retrospectivo y reconstruir su historia en base a testimonios y referencias ajenas, que por suerte son muchas y muy ricas de contenido. Será un homenaje y un adiós al mismo tiempo.
El bar y despensa El Volcán abrió en el año 1947 de frente al Camino Aldea (hoy Avenida Italia) un poco con retiro por formar ochava con las calles Solferino y Monzón, al norte del barrio de Malvín. Un típico café de barrio, dividido en dos mitades con estricta separación de espacios y de clientela, al mejor estilo de los negocios de antes; de un lado el bar, atendido por Manuel Ribeiro (Manolo para los clientes) y del otro la despensa con productos de almacén, atendido por su esposa, doña Daría Vilariño, ambos gallegos de pura cepa.
En esta oportunidad el cierre se dio por cansancio del titular que aprovechó la circunstancia de haber cumplido los 78 años y el pretexto de que no le renovaban el contrato de alquiler (el dueño quiere vender la propiedad), para acogerse al retiro. Claro que en su fuero interno el verdadero motivo lo haya sido la incidencia de los impuestos y leyes sociales que deben pagar los negocios de este tipo, difíciles de enfrentar en una época en que la clientela ha mermado conforme a la desaparición paulatina de los parroquianos más antiguos. Cada fallecimiento de un cliente veterano supone una pérdida irreparable para los cafés de barrio, porque no solo deja su mesa vacía sino que no hay reposición posible ya que los jóvenes prefieren otro tipo de establecimiento para divertirse.
Como vimos el bar/despensa lleva abiertos desde el año 1947 hasta 2017, un período de 70 años de profundos cambios producidos en el barrio y en la ciudad entera. Desde tiempos en que la actual avenida Italia era poco más que una via sinuosa de una sola mano y amplios descampados en los alrededores, canteras de piedra y baldíos desolados donde se asentaban campamentos de gitanos y carpas de los numerosos circos que venían a trabajar en la cuidad. El ensanche y la doble vía en la década del 70, fueron cambiando de a poco la fisonomía del lugar, dándole un aire más moderno y concurrido. 
El edificio y la apertura del bar y despensa fueron obra del también gallego Francisco Pazos quien reconoce haberle puesto el nombre de El Volcán en recuerdo de que en días los previos llegaron hasta Montevideo las cenizas de la erupción del volcán Villarica, en Chile, lo que dejó un polvo grisáceo sobre las calles. Nombre curioso, de verdad, que provocaba la pregunta de todo el que llegaba por primera vez al lugar. El negocio marchó muy bien durante los primeros tiempos en que era común el copetín y la picada de grapa con limón, la caña y el Espinillar. Por entonces la gente tenía tiempo para conversar, para pasar horas de descanso y diálogo en los boliches. Un Uruguay distinto en que el tiempo y la amistad jugaban sus ritmos. Y también en que había dinero para gastar. El actual propietario, Manuel Ribeiro, llegó al Uruguay como esforzado inmigrante desde su Galicia natal en el año 1957. Ya a principios del año siguiente estaba trabajando y aprendiendo el oficio en un café del centro, con esfuerzo y tesón junto a sus cuatro hermanos, todos en el ramo. En  1961 los cinco hermanos compraron El Volcán junto con otros negocios semejantes y ya para 1977 Manuel quedaba al frente de El Volcán como único propietario. 40 años han pasado por sus manos lo que supone una tonelada de recuerdos y de historias, algunas buenas, otras malas pero todas con saldo positivo de trabajo y respeto por el local y sus clientes. En sus mesas se creó un Club Social y Deportivo por supuesto con el nombre de El Volcán y cuadro de fútbol con camiseta color gris volcánico.
Pero en los últimos años, desde los años 80 en adelante que las cosas empezaron a hacerse más difíciles. Empezaron a cerrar muchos de los cafés de gallegos, tradicionales baluartes de trabajo y sacrificio. Pero los tiempos cambiaron, vino una nueva etapa digna de analizar en futuros capítulos.
La verdad que El Volcán la peleó en todos los frentes. Formó parte e integró el proyecto de revitalización de los bares y cafés promovido por Cambadu, la Intendencia de Montevideo y el Ministerio de Turismo conocido bajo el nombre de BOLICHES EN AGOSTO en los años 2006 y siguentes. El mismo tenía la finalidad de dar impulso a determinados cafés que representaban algo en la vida de la ciudad y en el entorno del barrio. Entre ellos se encontraban Fun Fun, Roldós, Bacacay, Almacén del Hacha, Café Brasilero y Tasende en la Ciudad Vieja y otros como La Giraldita, Bar Tabaré, 62 Bar, y el Tranquilo Bar en Pocitos, El Volcán en Malvín. Y también el Bar Rey, el Montevideo Sur, el Unibar, el Sportman y La Giralda en el Centro y Cordón, el almacén Cavalieri en Melilla, Los Yuyos en El Prado y el Micons en la Comercial. El Cavalieri en Melilla), Rondeau (Arroyo Seco), Los Yuyos (Prado) y Micons (La Comercial) 
Además de obtener exoneraciones impositivas, este grupo de boliches históricos se les brindaba asesoramiento en cuanto a la difusión, publicidad y gestión. 
Y su local y trayectoria figuró en dos libros de antología en la referencia a los “boliches” montevideanos: Uno de ellos “Bares y cafés en la memoria de la ciudad, editado por Ediciones de la Banda Oriental en el año 2005, con textos de Mario Delgado Aparaín y complementos del arquitecto Nery González y fotos de Leo Barizzoni y Carlos Contreras y en la publicación Cafés y tango en las dos orillas (B uenos Aires y Montevideo) publicado en el año 2010.
Hoy su cierre, coincide también con la terminación de una etapa, el cierre de un ciclo.

CAFÉS Y BILLARES DE 1860 a 1865

En la Guía de J.C. Horne y C. Wonner de 1859, la gran aldea que era entonces Montevideo, con una población cercana a los 60.000 habitantes, es posible apreciar la situación de desarrollo económico y crecimiento poblacional en función de la cantidad de comercios que se abrían y cambiaban de dueño. En el rubro de los cafés y billares -prácticamente no se concebía un café sin mesas de billar- figuraban 28 establecimientos, según lo hemos visto en un capítulo anterior.
Para este número vamos a poner el acento en el quinquenio de 1860 a 1865, uno de los más interesantes y variados en la historia de los cafés, a través de la investigación de prensa que hemos realizado en la Biblioteca Nacional.
La primera reflexión que nos despierta el tema es que los dueños eran extranjeros en su mayoría, en principio franceses y luego italianos. En cambio eran pocos los criollos, en cuyo caso la prensa los trataba con simpatía y dejaba la recomendación al público para que los distinguiera con su preferencia.
El diario La República del El 22 de enero de 1860 anunciaba la apertura de un café en la esquina de la calle Andes y San José, en la casa del Sr. Balparda y el del 1º de marzo daba cuenta de que el Sr. Pedro Campret vendió su café de la calle Sarandí al 353 porque tenía intención de retirarse a Europa. Dos semanas después el diario recogía el aviso de venta de un café sobre la calle Yacaré y 25 de agosto, frente al portón de la nueva Aduana.
En junio el mismo diario avisaba de la puesta en venta del café SAN MARTIN, ubicado en el Mercado Principal –como se llamaba por entonces a la antigua Ciudadela transformada en mercado- que ocupaba los locales 34, 35 y 36.
El 2 de julio siguiente La República daba cuenta de haberse vendido el CAFÉ BARCELONÉS, ubicado en el mercado principal, locales 10 y 11, a los señores Julián Anza y José Sarragoitia. Y poco después traía una noticia de que en el CAFÉ DEL COMERCIO se realizaría un “gran asalto de florete”, es decir una exhibición de esgrima, uno de los deportes y espectáculos que todavía concertaba gran atracción del público. Poco después, también La República, daba la noticia de que el CAFÉ DES PYRAMIDES, en Ituzaingó y Sarandí, se había vendido a don Luis Brossard.
Por su parte Juan Barneche anunciaba la venta de la FONDA VALENTIN, con billar y cancha de pelota, sito en la calle 18 de Julio 183 a 187 al señor Esteban Arreche.
En noviembre encontramos la publicidad de la confitería y CAFÉ SAN FELIPE, propiedad del señor Colodro, al lado del Teatro del mismo nombre y dos meses más tarde se abría el CAFÉ DEL TEATRO, con comunicación al San Felipe.
En enero de 1861 aparece la referencia de que la sociedad del CAFÉ ubicado bajo los arcos del Mercado principal, locales 29 a 33, bajo la razón social de Conez, Morini y Ca., se disolvió, separándose de la misma el señor Juan Bautista Morini (luego fundador del restaurante Morini, uno de los más famosos en Montevideo, activo hasta principios de la década de 1980). Y poco después incluía el aviso de venta del tradicional café y billar LA AURORA, en la esquina de Andes y San José.
El Comercio del Plata comentaba haber realizado una visita al CAFÉ DE LAS PIRÁMIDES, ahora propiedad del señor Echeverri, alabando las dos mesas de billar, el selecto café y las exquisitas bebidas que se servían. También alaba las pinturas al óleo que adornaban las paredes, las cuales después de instalarse la iluminación a gas se mostrarían brillantes y atractivas.
Y poco después comentaba la visita del CAFÉ DE LA ACACIA, ubicado en la villa del Cerro, donde la señora Moniteur, su propietaria, se esmeraba en brindar el mejor servicio, recomendando a las familias que los domingos tenían la costumbre de salir al campo de paseo con la familia.
Mientras que el 19 de mayo el diario La República daba cuenta de la venta del café TOULOUSIAN, situado en la calle Orillas del Plata, actual Galicia, numero 65 y el día siguiente hablaba del CAFÉ MONTEBRUNO, en vías de terminación, cuyo salón contaba con unas 20 varas de largo por 8 o 10 de ancho, con hileras de mesas de mármol, lámparas, cuadros en las paredes y cuatro espejos. Y dos grandes arañas para esparcir la luz.
Días después aparece el aviso de venta del CAFÉ DE MALAKOFF, en la esquina de 18 de Julio nª 123 y la Plaza independencia, (donde luego se inauguraría el CAFÉ NUEVO y más tarde LA GIRALDA).
La Prensa Oriental del 14 de agosto daba cuenta de la inauguración del CAFÉ EL ÁRBOL DE GUERNICA, sobre la calle del 18 de Julio y la Plaza Cagancha, a mano izquierda, propiedad del señor José María Iparraguerre, muy conocido entre la población española procedente de Vizcaya. La prensa revela su especial simpatía por el propietario, un “trovador” que deleitó con su voz los escenarios líricos de Europa y del Rio de la Plata donde tuvo oportunidad de actuar. Días después el diario La República publicaba un llamado de atención sobre el nuevo establecimiento de FONDA Y CAFÉ DE LA ALIANZA, situado en la Plaza Independencia numero 93.

 

CAFÉS Y BILLARES DE 1860 A 1865 (Ultima parte)
Por. Juan Antonio Varese
jvarese@gmail.com

El teatro De Solís, desde su inauguración en agosto de 1856, se constituyó en punto de referencia social y cultural de la ciudad, por lo que no es de extrañar que se abrieran cafés en su entorno, próximo como estaba a la plaza de la Independencia.

La Prensa Oriental comunica días después que el señor Marcelino Grindao avisaba de la apertura de un café frente al Teatro Solís y el mismo medio de fecha 6 de octubre, exactamente casi 3 meses después de la apertura del CAFÉ DEL ÁRBOL DE GUERNICA comunica a la clientela que se ha mudado para la Plaza Independencia, casa del Dr. Vazquez en cuyo amplio y nuevo local se ofrece un “Maestro” para dar clases de guitarra según el método de Aguado, con precios acomodados y módicos.
También La Prensa Oriental anuncia el 19 de noviembre que en el CAFÉ DE LA AURORA, de Andes y San José, los dueños han abierto una “sala de canto” que estará abierta todos los días desde las 8 hasta las 11 de la noche y con precios sumamente equitativos.
Mientras que el 27 de diciembre se pone en conocimiento la venta del CAFÉ Y BILLAR DE LA AGUADA, calle Real esquina a la plaza de la Playa.
En el año 1862 el diario La República da cuenta de que el señor Campret ha regresado de su viaje a Europa y está en tratativas de abrir un café en la calle 25 de Mayo, en el antiguo Hotel de París, “que se trate de una copia de los grandes y conocidos cafés de la capital francesa”.
La República, en su número del 16 de abril de 1862, anunciaba la inauguración del CAFÉ DE MOKA el sábado a las 12 horas, cuando las campanas tocaran a vuelo el canto de Aleluy, abriéndose por primera vez las puertas del hermoso local.
Días después el cronista comenta que la inauguración del CAFÉ DE MOKA, propiedad de Mr. Crampet, ocurrido el pasado sábado de Pascua, estuvo muy animada y que entre la concurrencia se encontraba el poeta Francisco Antuña de Figueroa, quien improviso unos versos en honor de “Crampet y familia” inspirado en las musas tanto como en el “ferviente champagne” que se servía.
Al día siguiente transcribía el texto:
¿Quién en el Sábado Santo
Abrió el Café Moka?
Crampet
¿Quien lo secunda obsequiosa?
Su esposa
Quien nos atiende prolija
Su hija
El pueblo se regocija
Por tan digna instauración
Y dará su protección
A Crampet, su esposa e hija.
Franscisco Acuña de Figueroa.

La Reforma Pacífica daba cuenta de la apertura del CAFÉ BELGE, en la calle de las Cámaras (actual Juan Carlos Gómez), propiedad del señor Carlos Honoré quien no escatimaría esfuerzos en la buena atención y el líquido más exquisito.
Mientras que la semana siguiente La Prensa Oriental daba cuenta de la apertura del CAFÉ DE COLON, con billar y anexo de cuartos amueblados en la calle de las Misiones números Nºs. 53,55 y 57, esquina de las Piedras. Su propietario, José Bianchi, “tendría especial esmero en agradar a sus favorecedores y merecer sus simpatías”. La misma semana La Reforma Pacífica anunciaba la venta de dos acreditados negocios: el café y billar DE LA PLATA, ubicado frente al Teatro Solís y el café ANGLAIS, en el barrio de la Unión, para averiguar sobre este último dirigirse al café de Malakoff en la calle del 18 de Julio.
Poco después aparece una sucesión de avisos de venta: el del CAFÉ DEL MOGOL en la calle Zabala esquina Rincón, el del CAFÉ DE PARÍS en la calle del Cerro (Bartolomé Mitre), haciendo constar que contaba con 6 billares, el del CAFÉ Y BILLAR AS DE BASTOS en la calle del Uruguay Nº 134, el CAFÉ DE BORDEAUX, sito en la calle de las Mercedes y el café de Hilario González en la calle Uruguay 128.
El 20 de junio el diario El Pais daba cuenta de haberse producido la venta del CAFÉ DE LA REPUBLIQUE, en Soriano esquina Arapey al señor Miguel Meste.
Un aviso en El País comunicaba que el café y billar DE LA UNION, sito en el Mercado principal, que giraba bajo la razón de Juan Bautista Morini, cambió el nombre girando a partir de entonces bajo la razón de Juan Bautista Morini y Ca.
El diario El Comercio del 10 de diciembre de 1862 anunciaba la puesta en venta del CAFÉ DE LOS PIRINEOS al lado del Teatro Solís, calle Juncal Nº 14 y 16 con dos mesas de billar: “Tiene grandes comodidades al estar frente a las dos calles y contar con un sótano grande para licorería”, lo que nos permite suponer que en dicho local se abrió más de 20 años después el famoso AL TUPI NAMBÁ.
El 24 de diciembre se inauguraba el CAFÉ DE LA VICTORIA, frente a la calle del  Uruguay Nºs. 208 al 214, que incluía café, billar, fonda y posada. En 1864 El País daba cuenta de la reapertura del CAFÉ DE COLON tras el pavoroso incendio que había sufrido el establecimiento. Fue hermoseado en su interior y cuenta con 4 mesas de billar de las de mejor calidad de las que se encuentran en el país.
Le seguía anuncio de la venta del CAFÉ PETIT CAPORAL, sito en la calle de los Andes y el café sito en la plazoleta del Muelle Nº 41. Y luego el aviso de venta del CAFÉ AU RENDEZ VOUS DES AMIS, sito en la esquina de las calles de la Colonia y Andes, del CAFÉ Y RESTAURANTE DE BURDEOS, sito en Florida y Mercedes, del CAFÉ Y BILLAR DU PETIT BORDEAUX, sito en la calle del Muelle Viejo.
Poco después aparecen un aviso de venta del CAFÉ DE LOS PIRINEOS mientras que el CAFÉ MOKA, solicitando un mozo para la atención al público.
Mientras tanto la prensa italiana de Montevideo, en especial Il Propagatore Italiano del 14 de junio de 1864, avisaba al público que en el CAFÉ DELL´ARCO en el Mercado Principal todos los días festivos se harían ravioles o tallarines, arroz y buseca alla Milanese.
Mientras que el 8 de junio en el diario El Plata aparecía el aviso de venta del CAFÉ DE LA RENAISSANCE siendo atentido por su dueño, don Pierre Charvonier.
También El Plata daba cuenta que el 9 de agosto se pensaba inaugurar un CAFÉ CANTANTE semejante al que existía en Rio de Janiero.
Y Il Propagatore Italiano del 6 de setiembre daba cuenta de la inauguración del CAFÉ RISTORATORE DEL RECREO con entrada por la calle Rio Negro, en los siguientes términos que vale la pena reproducir: “Domingo 4 de setiembre se abrirá un cómodo local provisto de vino y de variada suerte de licores. El propietario señor Carlos Novelli ofrece al publico una exquisita mesa a cada hora del día, tanto en el local como en el domicilio del solicitante o pensionistas que quisieran honrarlo, asegurando la máxima prontitud en el servicio, y exquisitez de los platos”.

 

 

 

CAFÉ Y BAR LOS BEATLES

Desde 1966, hace ya más de 50 años, que en la esquina de Pérez Castellano y Cerrito, a una cuadra escasa del Mercado del Puerto, abre sus puertas el café y bar LOS BEATLES. Debo confesar que durante los años que he frecuentado la zona, siempre llamó mi atención un nombre tan poco usual para un boliche montevideano de aspecto común y corriente. Nada de sicodélico ni extravagante en su fachada ni tampoco músicos famosos ni extraños pelilargos en su clientela. Desde afuera el café ocupa la planta baja de un edificio de dos pisos superiores que data del año 1926 y resulta conocido con el nombre de Edificio Vignale, según el apellido de su primer dueño. Solo un discreto letrero que dice “Bar Los Beatles” da cuenta de la naturaleza del lugar. Desde dentro nos recibe un sobrio mostrador y un mobiliario acorde pero llama toda la atención una pared prácticamente cubierta de afiches y fotos que representan el célebre conjunto musical que desde Liverpool salió a conquistar el mundo en la década de los sesenta. Hasta que un día decidimos entrar y averiguar el origen y motivo de su nombre. Después de mirar con detención los afiches, anuncios y fotos que mostraban el famoso conjunto, nos sentamos a tomar un café en una mesa contra la ventana. En realidad fuimos dos o tres veces, la primera de tarde para hablar con el encargado y las siguientes de mañana para entrevistar a la esposa del propietario, que lo atiende desde la enfermedad del marido. La historia del lugar se remonta a mediados del siglo pasado, de cuando existía un bar con el nombre de LOS CELESTES DEL 50, un seguro homenaje a los jugadores que coronaron la hazaña de Maracaná. El dueño sería un empedernido futbolero que buscaba perpetuar las glorias del Uruguay campeón del Mundo.
Hasta que en el año 1965, tras 10 años de permanencia y esfuerzos en el país, Serafín Fraga, un español trabajador como pocos, lo compró. En realidad Serafín había empezado de cero y luego de pasar un tiempo como socio en el bar EL GLOGO, (Colón y 25 de Agosto) y después en el legendario VACCARO de General Flores y Domingo Aramburú, pudo ahorrar lo suficiente para comprar su negocio propio. Así veía realizados sus sueños de inmigrante que con esfuerzo y tesón llegaba a propietario de un próspero café y bar en tiempos en que la Ciudad Vieja y en especial en las cercanías del Mercado, eran un punto neurálgico por el que pasaba todo el mundo. Todo el que iba y venía del puerto tenía que pasar por delante y la clientela era buena y consecuente. Pero al año siguiente de haberlo comprado, un incendio destruyó casi totalmente sus instalaciones. Sin desanimarse y tras semanas de arreglos y reformas Don Serafín lo reabrió con la novedad de un cambio de nombre: pasó a llamarlo Bar LOS BEATLES en alusión al conjunto musical que desde la británica Liverpool estaba revolucionando el mundo musical. Es que el buen hombre poseía un innato sentido del marketing, intuyendo que con ese título iba a despertar la atención de los curiosos que pasarían a preguntarse porqué un gallego le había puesto a su negocio un nombre tan distinto al que tenían los demás boliches atendidos por compatriotas. No es que Serafín fuera personalmente un fanático de Los Beatles sino que buscaba un efecto comercial para buscar la atención de los jóvenes en una época y un barrio en que existía un café en cada esquina. O a veces hasta dos o más.
No se equivocó y por muchos años LOS BEATLES fue un motivo de comentario y difusión, atendiéndolo personalmente hasta su fallecimiento en el año 2006. Pero eso sí, cuando su hijo José Luis hubo cumplido los 14 años, además de los estudios que realizaba, lo puso a trabajar con él en el café. No hay como el trabajo duro para templar la mente y preparar el futuro, era su lema. No debemos olvidar que ese y los demás bares de la ciudad trabajaban mucho por entonces, en especial con las pandillas de la estiba, grupos de trabajadores que debían permanecer en espera de ser llamados para la descarga o la carga de los barcos que llegaban o partían del puerto. Todo fue así hasta que los nuevos sistemas de transporte marítimo, los contenedores por un lado y las poderosas grúas de otro fueron cambiado la tónica del trabajo portuario suplantando la mano de obra.
Cuando murió su padre, José Luis Fraga pasó al frente del negocio, cumpliendo horario de mañana y tarde como lo había recibido por herencia. Hasta que pocos años después cuando la enfermedad lo mantuvo confinado en su casa, tuvo que venir su señora a suplantarlo. Rosa Manukian, rubia, vivaracha y de espíritu emprendedor pasó a atenderlo todas las mañanas, atenta a todo y en especial al buen trato con los clientes a quienes atiende con mano firme y buena disposición. Y, que sin ser devota de Los Beatles tuvo la habilidad de incrementar el tapizado de la pared con nuevas fotos y renovados afiches adquiridos en algún remate. Dicho sea de paso hubo clientes que le quisieron comprar algún poster con ofertas tentadoras, pero las rechazó porque entiende que las fotos forman parte del lugar y sirven para darle aire peculiar y de identidad al negocio. Algunos de los posters lucen amarillentos por el tiempo ya que datan de 1966 en que los consiguió su suegro y casi forman parte de las paredes. Y otros fueron regalados por los clientes o comprados por ella misma…

Al día de hoy existen dos tipos de clientes: los habituales del barrio que van diariamente a tomar su copita o para charlar con los amigos frente a un café bien “tirado” y los turistas casuales, de la época de verano, los “cruceristas”, es decir los que vienen en los cruceros que tocan Montevideo y se bajan en la terminal para caminar por la ciudad. Lo que lo ha convertido en una visita casi famosa por los turistas de varias partes del mundo, porque cuando ven el letrero con el nombre quedan sorprendidos y entran para curiosear. Apenas ven los afiches no piensan en otra cosa que en sacarse fotos y selfies contra la pared cubierta de posters. Y muchos insisten no solo en tomar alguna bebida sino en tomarse sendas fotos con la dueña o el encargado. O hasta en grupos cuando son varios los excursionistas. Y que luego aparecen en Facebook o comentarios en las redes sociales. Rosa llega a decir que si hubiera cobrara un dólar por cada foto que le sacan los turistas hubiera ganado una buena cantidad diaria, lo que no hubiera sido una mala idea porque el negocio del café no es hoy en día ni sombra de lo que era anteriormente. La prueba es que quedan muy pocos bares abiertos en la Ciudad Vieja.  El encargado, Raúl Velazco, quien hace muchos años trabaja en el lugar, se acercó a la mesa cada tanto que la clientela le dejaba algún respiro, para apuntar algún dato o rectificar alguna observación. En tono de conocedor saca la cuenta de que en la Ciudad Vieja y especialmente en la zona del puerto quedan muy pocos bares abiertos. Entre ellos EL PERRO QUE FUMA, en el Mercado y EL SIGLO, cerca del hospital Maciel. Y pare de contar porque EL HACHA, el tradicional almacén y café de la calle Buenos Aires también ha cerrado. Y muchos otros han ido bajando sus cortinas metálicas poco a poco: el café y bar LA PROA, frente al Mercado, LA MARINA en la esquina de 25 de Agosto y Pérez Castellano, el bar JOSELITO en Pérez Castellano y Cerrito, frente a Los Beatles, el café EL MAGO en Pérez Castellano y Piedras, el bar SAN LORENZO en Maciel y Washington, el bar LA COPA DE ORO, LOS BARRILITOS, el café VENUS en Pérez Castellano y Washington, EL PATRIOTA en Washington y Pérez Castellano y el café y bar EL TRIUNFO en Piedras y Colón, nada menos que donde nació Artigas y que hoy luce baldío. Otros boliches muy frecuentados lo fueron EL GLOBO, sobre la rambla 25 de Agosto, en la planta baja del hotel de su nombre y el BANCARIO, casi pegado a la iglesia de San Francisco.
Poco a poco empezó a arrimarse la clientela a nuestra mesa. A medida que llegaban los habituales se acercaban para formar rueda. Cada uno tenía algo para aportar, alguna anécdota o comentario, en especial sobre los clientes famosos que pasaron por el mostrador o las películas que se filmaron. Y en especial la anécdota del día en que LOS BEATLES actuaron en Montevideo y más tarde pasaron en remise por la calle Cerrito, deteniéndose un rato frente al bar para luego continuar su camino. Los músicos no bajaron pero los que se encontraban en el interior los reconocieron. Mientras tanto otros clientes empezaron a hablar de las glorias deportivas de la zona, tanto de los equipos como de los atletas. Varios clubes de fútbol y de básquetball nacieron en las inmediaciones, entre ellos RIVER PLATE y RAMPLA JUNIORS, este último pergeñado desde la barra de un viejo café ubicado en la entonces calle 25 de Agosto, hoy rambla costanera. Y también los clubes ATENAS Y OLIMPIA. Ruben Navata, cliente diario y un memorioso de ley, empezó a contar de las glorias del Waston, el legendario club del barrio. Pero eso quedará para otra historia.

 

Cafés y boliches entre el olvido y la memoria



Los vertiginosos cambios en las costumbres y formas de reunión y entretenimiento del mundo en general, y de los montevideanos en particular, pueden apreciarse en la desaparición o transformación de los cafés, bares, boliches y lugares de reunión y encuentro desde la década de los ochenta en adelante. Para observar este hecho en forma panorámica recurrimos a los foros y redes sociales, a fin de rastrear en los dichos y nostalgias de muchos uruguayos, de los que se fueron del país y de los que se quedaron. Gracias a estas opiniones, vertidas con espontaneidad, vamos a rescatar la memoria de algunos de los cafés y boliches que estuvieron de moda en décadas anteriores, la mayoría de los cuales ha cerrado sus puertas o se ha transformado. El libro del Foro Rodelú y a la página Allá lejos y hace tiempo, así como otros foros virtuales nos han deparado varias sorpresas, claro está que tomando en consideración que con la distancia todo se magnifica y se tiende a pensar que los tiempos pasados fueron mejores. Analizaremos los recuerdos y las nostalgias al vuelo de la pluma, ordenados conforme los fuimos recibiendo. En primer término se mencionan los cafés del barrio donde se vivía y luego los del encuentro con los amigos o los primeros amores. Recién después aparecen los del centro o los cercanos a los lugares de trabajo.
Tal vez y sin tal vez el más recordado sea la cervecería La Pasiva de la plaza Independencia ­―que todavía existe aunque con distinto nombre y aspecto― por la cantidad de panchos y la famosa mostaza, de fórmula secreta. Para otros, sin embargo, la más recordada es la confitería Dorsa, de la calle Convención casi 18 de Julio, muy cerca de la Imperial, que quedaba al lado, y para otros el mejor recuerdo lo eran las tazas de chocolate con churros y ensaimadas que se servían en La Verbena, sobre la calle Andes casi Mercedes.
La nostalgia campea en los recuerdos hacia el Sorocabana de la Plaza Libertad y hacia el Mincho, emblemáticos cafés desaparecidos, mientras que otras preferencias recuerdan al Chivito de Oro, en la esquina de 18 de Julio y Yí, y al café con billares Golden Pool sobre la calle Yí. Otros tienen presente a la confitería Soko’s, de 18 de Julio y Yi, tristemente famosa por haber prohibido el acceso a gente de color. Los mayores rememoran la confitería Lido en la galería del Polvorín, los bailes en la discoteca de la galería La Madrileña y el local de fiestas de la confitería La Mallorquina que funcionó en los altos de la Galería Central.
En el barrio La Aguada los recuerdos se centran en el Templo del Whisky, en Minas y Nicaragua, y en el bar Los Ideales, en Magallanes y Nicaragua, donde el fuerte eran los campeonatos de pool y la atención de Walter, apta para el armado de comilonas entre amigos para festejar los sucesos barriales y deportivos.
En el barrio del Cordón los nostálgicos nombran al Balón de Oro, sobre 18 de Julio y lindero al teatro El Galpón, mientras que otros al bar y pizzería Saroldi, de Rivera y 18 de Julio. Pero claro que la mayoría tiene presente la confitería Lyon D´Or, que todavía existe, frente a la tienda Aliverti de 18 de Julio al 2000.
Yendo para Pocitos algunos traen a colación el Mi Bar, de avenida Brasil y Zubillaga, y el cercano Mirador Rosado, en la esquina de Simón Bolívar y avenida Brasil, -con la apostilla del Club Social Mirador Rosado en la cercana esquina de Bartolito Mitre y Baltasar Vargas- y la también desaparecida confitería Anrejó, en la esquina de Avenida Brasil y Libertad. Nombran también al bar Prado, en bulevar España y Benito Blanco, y la Vitamínica, en Benito Blanco entre Avenida Brasil y Bulevar España ―con su célebre plancha que se decía construida con hierros del vapor alemán Tacoma― el bar Sporting en 21 y Libertad y el Los Dos Hermanos, boliche y venta de pizza al tacho por la ventana que daba a Libertad y Maeso. Otros recuerdan el Fray Mocho en Bulevar España y Libertad mientras que otros optaban por la confitería La Hacienda, sobre la calle Libertad. Muchas referencias se orientan hacia el Expreso Pocitos, que todavía existe, y al desaparecido Davito’s, en la esquina de Larrañaga y 26 de Marzo, lugar muy cotizado por su cómplice oscuridad en tiempos en que no existían ni el shopping ni las torres de edificios, retrotrayéndose a felices tiempos de soltería porque los pedidos se hacían desde los autos estacionados en la vereda, a los que concurría el mozo con su discreta linterna para atenderlos. Otros recuerdan el bar Carlitos, en Rivera y Luis Alberto de Herrera, gigantesco salón donde los jóvenes acostumbraban hacer la «previa» antes de ir a bailar. Y por supuesto que tuvo sus partidarios El Cubilete, una especie de cabaret de copas y mujeres “del ambiente”, cerca de la calle Pereira.
En la barriada de la Unión también flotan los recuerdos, en especial hacia el café y bar Los 8 Hermanos, en la esquina de 8 de octubre y Comercio (donde hoy está La Pasiva). Resulta unánime la cita de la tradicional confitería La Liguria, que arriba tenía salones de fiesta. Y en la zona de General Flores la nostalgia flota sobre el Gran Café Vaccaro, cerrado recientemente, y sobre el cercano bar y restaurante Caballero, de General Flores.
Pero la gran sorpresa que nos llevamos, sin duda, fue la nostalgia que despierta el recuerdo de las boites y boliches bailables. Vaya como muestra una lista somera, ordenada por barrios. En el centro El Sunset, arriba de los baños turcos en el edificio de Pluna, sobre la calle Colonia, y el Too Much, sobre Río Negro frente a la Plaza Fabini. En la zona del Parque Rodó la boite Magique, en Gonzalo Ramírez frente al parque, mientras que se ubicaban en Pocitos A Baiuca, casi frente a la Plaza Gomensoro, El Privée, en Benito Blanco y Pagola, Zum Zum ―lo máximo―, donde ahora funciona Océano FM, Caras y Caretas en Avenida Brasil y Berro, Clave de Fu en 26 de Marzo entre Massini y Martí, Midnight en Luis Alberto de Herrera e Iturriaga y Giorgio’s en la Rambla y Scocería. La lista continúa en la zona de Punta Gorda con Fantasía frente al Club Náutico, Lancellot en el castillito de Punta Gorda, Makao en el Hotel Oceanía de Punta Gorda, Tarot en Rambla y Motivos de Proteo, el New York New York abajo del Hotel Oceanía y Portofino, de nuestro propio recuerdo. En el barrio de Carrasco tal vez la gran mayoría recuerda Hipocampo en Basilea y Bolivia, a dos pasos de la rambla, La Casona de Carrasco en avenida Italia y Córcega, el Mar de la Tranquilidad en Gabriel Otero y la Rambla, Ton Ton Metek sobre el Lago, Break Dance sobre la Rambla entre Ferrari y Miraflores, el Clyde’s en Costa Rica casi Rivera, el Snacky en Sáez entre Arocena y Divina Comedia, La Base frente al Aeropuerto, Pueblo Gitano y Fuera de Tiempo, ambos cerca del Aeropuerto. Y por supuesto que no podían quedar fuera del recuerdo el Parador del Cerro, desde donde se dominaba la vista de la ciudad, y más afuera Zorba entre los pinos de Solymar, Barracuda en Floresta y Moonlight en la Barra de Portezuelo. Como dijo uno de los foristas «¡Qué lindos recuerdos…! Salir en grupo con amigas y amigos, en parejas, con buena música y buena onda. Qué época maravillosa que no supimos valorar…»

Estimados lectores: una última aclaración. Esta lista no es completa sino que la presentamos a vía de ejemplo. Sería bueno que cada uno de ustedes, lectores presentes o ausentes, formulen la propia con vuestros propios recuerdos y nos la envíen. Porque para cada uno la referencia más válida es la que tiene que ver con las propias vivencias y los lugares que haya frecuentado.

 

EL BILLAR EN LOS CAFÉS


Desde los tiempos de la Colonia que los almacenes, fondas, pulperías y cafés en el Rio de la Plata ofrecían la alternativa de juegos para entretenimiento de los clientes. Entre ellos, el billar era uno de los más solicitados pero también se jugaba a las barajas, los dados o a la taba en competencias que a veces terminaban en duelos a mano armada. Y más adelante aparecieron otros juegos tan populares como las bochas y los bolos.
Desde entonces y hasta mediados del siglo pasado los bares en general y los cafés en particular solían ser lugares de encuentro y de reunión social con miras de intercambio y diversión. Porque, salvo en la vida familiar, había pocos atractivos hogareños para pasar el tiempo y los hombres debían concurrir a esos espacios en busca de entretenimiento o de información. Porque en ellos circulaban las noticias, se enteraban de las cosas y, por además, existía la posibilidad de comentarlas. Y también compartir los desengaños, las penas y los aciertos. En tal entorno el juego o la competencia se convertían en un complemento de tanta importancia como la bebida o la comida misma.
Con el correr del tiempo, con especial acento en el Novecientos, las mesas de billar pasaron a ocupar un lugar de preferencia en los salones de café, al punto que la gran mayoría disponía al menos de una, a veces ubicadas en el fondo y otras en el piso superior o en el subsuelo. Y en otros la mesa ocupaba el espacio central porque fomentaba la concurrencia de clientes, lo que representaba un buen negocio para el propietario. Porque se valora la destreza y el lucimiento de habilidades personales tanto como el espíritu de competencia. La partida de billar demanda tanta destreza como desafío, lo que llevaba a organizar partidos o torneos entre los parroquianos y en ciertos casos a desafiar a los clientes de otra zona. A veces se competía por amor al arte, por satisfacción personal y otras por algún premio en metálico o por apuestas en las que el perdedor debía pagar la vuelta de bebidas o la cena del contrincante o de toda la concurrencia. Era ponerle un poco de adrenalina a los tacos de billar y a la valoración personal.
Claro que en otros rincones del café, sin tanta aparatosidad ni exhibición, se armaban tenidas de truco criollo, conga o tute cabrero, también rodeadas de un círculo más pequeño de espectadores. Y lo mismo los juegos más intelectuales del ajedrez o las “damas”, que continúan jugándose hoy en día. En la esquina de 18 y Convención podemos ver todavía alguna improvisada partida de ajedrez entre dos contendientes rodeados de publico que sigue las jugadas  en silencio.
La propia historia del juego de billar, que pasamos a resumir, cuenta con prosapia digna de estudio y con anécdotas dignas de contar. Sus referencias hunden las raíces en Egipto y en la antigua Grecia según el filósofo Anacarsis, que remonta a una práctica de juego de carambolas en el siglo IV antes de Cristo. Nada menos que Cleopatra se dice que gustaba de jugar una especie de partida con tacos de madera sobre una pista alisada.
Pero fue durante los siglos XV y XVI, prácticamente en el Renacimiento, que fue inventado oficialmente. Según fuentes francesas la iniciativa correspondió al hábil artesano Henry Devigne, a partir de lo que se logró la inmediata difusión en la Corte.  Para los ingleses, en cambio, fue inventado por un curioso personaje llamado Bill Year, de donde habría tomado su nombre.
La primera Sala de billar que registra la historia fue abierta en Paris en el año 1610, quedando tan entusiasmado el rey Luis XIII que permitió la difusión del juego entre los súbditos.
Con el paso del tiempo el juego pasó a desarrollarse y en 1835 el sabio Gustave de Coriolis publicó una primera explicación y desarrollo teórico con el nombre de “Teorema matemático del juego de billar”.
En España el juego se difundió primeramente entre la nobleza y pasó luego a expandirse en todas las provincias del reino. Fondas, cafés y demás pasaron a tener sus mesas y de allí se extendió a las colonias americanas, donde se volvió uno de los juegos más difundidos.
El billar llegó a Buenos Aires a comienzos del siglo XVII, conocido con el nombre de Truque, aunque basado en las mismas reglas y requisitos. Y hacia 1799 se había vuelto tan popular que el virrey Vertiz decidió reglamentarlo. En el mismo lugar donde se venía practicando desde tiempo atrás abrió, dos años después, el famoso Café de Marco, con autorización expresa para el juego de billar.
También en Montevideo se jugaba en las casas de “billares, cafeses, fondas y bodegones existentes” al punto de sorprender a los invasores ingleses, que le pusieron un impuesto especial para permitir el juego durante el breve tiempo en que estuvieron ocupando la ciudad.
En la propaganda de los cafés y bares que aparecían en las guías comerciales y en las revistas de actualidades se hablaba de “cafés y billares” en forma indistinta como que no podían existir el uno sin el otro. Y tiempo después la propaganda hacía hincapié en la cantidad o calidad de los billares con que contaba cada establecimiento, acentuando la marca de fábrica “Brunswick” como una de las mejores, como dando a entender que no había café que se preciara si no contaba con sus atractivos de juego. Como ejemplo, EL TROPICAL, en anuncio de 1929 anunciaba en un gran letrero “CAFÉ, BAR, BILLARES”.
Claro que por entonces todos los locales contaban con espacio para las mesas de billar. No más recordemos las del café BOSTON, en Andes entre Mercedes y Uruguay, casi frente al Estudio Auditorio del Sodre, las del TUPÍ NAMBÁ, tanto del viejo como del nuevo Tupí en que se contaba con un subsuelo dedicado al billar, el café AVENIDA donde jugaban sus partidas los muchachos “bien”, el café MONTEVIDEO con un subsuelo dedicado al billar, el café BON MARCHÉ con sus modernas mesas como atracción y el café ATENEO con su pista de baile pero sobre todo con sus famosas mesas de billar en el subsuelo.
Pero desde la década de 1970 en adelante, los grandes cafés con múltiples atractivos (hasta con peluquerías y cambios de moneda en su interior) se fueron convirtiendo en empresas inviables ante el cambio en las costumbres y cerrando sus puertas. El café dejaba de ser un lugar para socializar, para encontrarse y charlar en ruedas de amigos. La diversión pasó a otros ámbitos, la gente se encuentra cada vez más enfrascada en las pantallas, del televisor primero, de la computadora después y del teléfono celular en la actualidad. Quedan muy pocos cafés tradicionales en Montevideo y de seguro, salvo alguna excepción que no conocemos, han desaparecido de ellos las mesas de billar. Quedan solo las mesas de consumición, probablemente en los barrios más apartados de la ciudad y seguramente que se conservan en algunas localidades del interior del país.
Con todo la pasión por el juego se mantiene entre los entusiastas billaristas. Solo que ahora las mesas se encuentran en los clubes sociales y en algunos clubes especializados como el Silver Gate, en la calle Jaime Zudáñez y también y especialmente en el CLUB DEL BILLAR, que abre sus puertas en el segundo Piso del Palacio Salvo y funciona a pleno desde el año 1958, el 12 de octubre, fundado por 76 amantes del juego que pretendieron rescatarlo del ambiente popular de los cafés para darle un aire más solemne de deporte en un lugar especializado. (Tema digno de un próximo artículo).

 

 

UN CAFÉ CON EDUARDO CAÉTANO

caetano

Más de 15 años de visitas a la librería anticuaria Montevideo Casa de Arte, de Eduardo Caétano, en busca de material y datos sobre los cafés montevideanos, no podían quedar sin la correspondiente entrevista. Visitas casi semanales para conversar con el dueño, ver el material que pudiere haber entrado, comentar los artículos publicados y comprar los que tuvieran relación con el tema nos llevan a compartir centenares de anécdotas y vivencias. De mi parte siempre he tenido afición por recorrer las viejas librerías, si se trata de libros de viejo o librerías anticuarias mejor. Muchas de ellas han pautado mi ruta de investigador en los diversos campos transitados en busca de información y material de consulta. Lo mismo en el Uruguay que durante los viajes, sea donde sea la visita se vuelve obligada. Y, como recomiendo siempre, los mercados y librerías son lo primero que debe conocerse de cualquier ciudad.
En Montevideo soy asiduo de algunas interesantes como las de Linardi Risso, El Galeón y otras tantas en el entorno de la Feria de Tristán Narvaja. Y lo fui de algunas que han desaparecido dejando buenos recuerdos como Sureda y Oriente & Occidente, de Julio Moses, de las que supe y pude obtener valioso material. En principio de antiguas fotografías, –tanto retratos como vistas-, folletos, diarios y revistas de fines del siglo XIX, programas de teatro o de cine en los que solían aparecer avisos de cafés o confiterías. También han cerrado El Aleph sobre la calle Bartolomé Mitre casi Sarandí y la del Salvo, sobre la calle Andes, bajo el propio edificio del Palacio, con cuyos dueños mantuve buen diálogo y condición de buen comprador. Las menciono en especial porque en ambas se armaban espontáneas tertulias con los clientes que aportaban datos u brindaban información, cada uno desde su propio ángulo. Muchas veces era el propio librero el que dirigía la conversación e interactuaba con ellos para la búsqueda de material o el contacto entre los propios investigadores, se conocieran o no.
Pero en este caso quiero referirme a la nombrada Montevideo Casa de Arte. Típica librería de venta personalizada y material seleccionado, cuyo centro de interés radica en la figura y personalidad del librero. Que no se trata de un mero vendedor de libros sino de un amante de los mismos, que los compra, los limpia, los restaura y muchas veces casi los saborea. Claro, no tiene más remedio que venderlos porque es su negocio, tiene que vivir y con ello seguir adquiriendo nuevos materiales. En algunos casos hasta sufre con la venta de algunos libros o documentos que llegaron a sus manos por casualidad o por compra con carga de adrenalina. Porque no tienen reposición, son piezas únicas. Y le cuesta desprenderse de ellos, salvo que den con el precio justo y lleguen a manos de un lector que los valore y les saque provecho.
La librería de Eduardo Caétano se ubica en la Galería Central, la más antigua de Montevideo, con entradas por 18 de Julio, San José y también por Julio Herrera y Obes. La galería ocupa el mismo local donde funcionó entre 1926 y 1952 el famoso café y confitería AL TUPI NAMBA. El local de la librería se encuentra en el medio, en el recodo, donde antes se levantaba el palco para la actuación de las orquestas y después funcionó una academia de billares.
Desde el principio las charlas con Eduardo Caétano se orientaron hacia el tema del TUPÍ NAMBÁ, el Nuevo, en su tiempo el más lujoso café de América del Sur. Y que a principios de la década de 1950 bajó sus cortinas, como prueba de que se estaba en los comienzos de una nueva etapa en la vida de la ciudad. Después de algunos negocios intermedios el inmenso local fue transformado en una galería comercial al mejor estilo de las que existían en Buenos Aires. Pocas décadas después, sin embargo, también las galerías pasaron de moda y los modernos Shoppings Centers han vaciado el centro de la ciudad. Con todo la Central subiste como galería temática con locales especializados en material coleccionable, como ser filatelias, casas de antigüedades, hobbys, militaría, discos y hasta otra librería de viejo, El Ojo, de Salom.
Del tema del Tupí Nambá (el Nuevo) las charlas con Eduardo siguieron sobre el tema de los cafés, especialmente de los que ofrecieron la actuación de orquestas de tango. Es que además de librero es bailarín, profesor de baile de tango y curador de exposiciones de pintura, entre otras actividades.
Una tarde, vez encarada la entrevista, pasamos a hablar sobre los bares y cafés que frecuentó o que más influyeron en su vida. Nacido en el barrio La Comercial, sus recuerdos de pibe remontan a LOS OLÍMPICOS, un pequeño local ubicado en la esquina de Justicia y Pagola. Frente a la puerta, recostado siempre y con los brazos en cruz solía pararse uno de sus ídolos, el boxeador Dogomar Martínez, de quien se decía que era invencible e inolvidables las peleas que le ganó a Pocholo Burgues y a Pilar Bastidas. Era un “esgrimista de los guantes” y difícil de agarrar pero tenía la contra de una pegada blanda. El único que le ganó en buena ley fue Archie Moore, campeón mundial y famoso el abrazo que se dieron cuando el norteamericano vino de visita al Uruguay. Los pibes de la zona pasaban por la vereda de enfrente para verlo, pero nunca se animaron a saludarlo, tanto el respeto que le tenían. Ya de adolescente, con más de 16 años, recuerda muy bien los tres cafés y bares de la esquina de Justicia y Cuñapirú: el VENCEDOR, el NADOR y el FERNANDITO, éste último en el que paraba con una barra de amigos para comentar los amoríos y sus conquistas en el barrio. Y también recuerda el OLIMPIA, en la esquina de Justicia y Hocquart, que tenía un anexo con timba, juego de bochas y mesas de futbolito. Llegó a integrar el equipo juvenil de tercetos en los campeonatos de bochas federales, habiendo salido primeros en alguna oportunidad.
Fue en el OLIMPIA donde conoció a Osvaldo Fattoruso, con el que jugaban de compañeros al futbolito. Este, junto con su hermano Hugo fueron los fundadores del grupo de rock “Los Shakers”, de un estilo similar a Los Beatles. Recuerda que a una cuadra del Olimpia, más precisamente en Justicia y Pagola, al lado del café Los Olímpicos, pudo disfrutar de la actuación de Osvaldo, como baterista, Hugo con el acordeón piano y el padre de ambos que ejecutaba un instrumento que venía a ser una especie de contrabajo. Sonaban fantástico y el que más atraía los aplausos era Osvaldo por la calidad de su ejecución en la batería. Ellos vivían a dos cuadras, en Justicia y Lima, donde los padres atendían un comercio de venta de discos.
Respecto a su vocación por el tango y disposición por el baile comenzó por aquella época, cuando iba con sus padres al club de Residentes de Treinta y Tres, que estaba en la calle Yaguarón entre 18 de Julio y San José. Allí aprendió a bailarlo con cortes y quebradas y desde entonces que le apasionaron tanto la música como el baile. Al punto que terminó por enseñarlo e instalar una academia con el nombre de Raíces en forma paralela con la librería.
En el año 2002, después de varios trabajos y ocupaciones comerciales, decidió abrir una librería de viejo, un sueño que sentía de muchos años atrás. Un negocio donde pudiera estar rodeado de libros, interactuar en el mundo de la cultura y al mismo tiempo conversar con la gente sobre temas varios. Buscar el material que se le pidiera y orientar a los investigadores. Y capaz que, en la misma tarde, recibir a personas tan variadas como diferentes sus temáticas.
Desde que un día, ante la compra de una caja con cientos de fotos, cartas y partituras se acentuó su interés por la historia del tango. Del baile pasó a interesarse en la historia y la bibliografía. Y del contacto con investigadores y estudiosos a entusiasmarse con la trayectoria y evolución de los cafés, especialmente sobre los que ofrecían parte del local para la interpretación de música típica, con lo que le dieron un gran empujón a la difusión del género. De alguna manera la historia del tango y de los cafés se potenciaron mutuamente en un período fermental. Y por supuesto que gardeliano a muerte, con bibliografía especializada, y partidario del nacimiento del mago en Tacuarembó.
Para él , el café alude a una forma de vida, de sentir y de constituir una idiosincrasia y una identidad que nos define en forma única e inconfundible, artífice de nuestra forma de ser, nuestra cultura, mejores tradiciones y hábitos de vida.  Y dentro de ello reivindica el papel que merecen los mozos, muchas veces olvidados o dejados de lado. Y que muchas veces son ellos mismos personajes famosos por su bonhomía o su sapiencia, sabedores de todas las historias que se desgranan delante de su bandeja. “Muchas veces confidentes, cual curas tras un confesionario y otras como consejeros y guardadores de secretos no siempre felices y muchas veces terribles. Estos mozos le imprimían a los locales un sello inconfundible, y muchas veces eran la causa por la cual muchos parroquianos concurrían a determinados cafés y no a otros”.
Caétano ha venido escribiendo desde entonces artículos en el mensuario Ciudad Vieja, capital de Montevideo y en las revistas Propuesta y Raíces sobre temas de tango y sobre los cafés donde se interpretaba el tango. Hemos conversado muchas veces y sus aportes a mis artículos han sido importantes, baste citar las fotos del café y confitería LA GIRALDA, los avisos sobre el BON MARCHÉ y el artículo imperdible sobre el café LAS CUARTETAS.
Al final de la entrevista quedamos en que me entregaría, para la publicación, un artículo que había escrito sobre los cafés, a los que define como “ventana de Luz en la Noche” y el tango.

 

 

UN CAFÉ CON RICARDO SCANDROGLIO

Durante nuestra investigación sobre la influencia de los cafés en el desarrollo del tango en la orilla oriental, según la feliz expresión del escritor Juan Carlos Legido, -en realidad en ambas orillas del Plata- nos topamos varias veces con la referencia de Ricardo Scandroglio, eximio representante de la bohemia tanguera y uno de los más renombrados bailarines de la época. El “Pollo” Ricardo, como lo llamaban los amigos, fue un ícono y una presencia infaltable en los salones y pistas de baile desde el centro al “Bajo” y los suburbios.
La verdad que nos hubiera gustado haberlo conocido personalmente y haberlo podido entrevistar pero, como falleció a fines de la década de 1970, solo nos queda abordarlo en una crónica retrospectiva en base a las entrevistas que milagrosamente lo resucitaron tiempo atrás.
Nacido el 29 de setiembre de 1890 en el seno de una familia acomodada, desde su juventud se destacó en la vida bohemia y en las barras de los cafés de café. Según propia confesión solían frecuentar el POLO BAMBA, la GIRALDA, el SARANDÍ y el LONDRES, este último en el Cordón, donde se reunían los amigos para planear la noche. El café por entonces hacía las veces de lugar de encuentro para la “previa”, en términos de hoy en día, de donde arrancaban para los cabarets Royal Pigall o el Chanteclair, o iban directamente al Armenonville, gigantesco salón de baile donde hoy se encuentra el Palacio Legislativo, acaparando las bailarinas más codiciadas. Y de allí la seguían en los salones, pensiones o peringundines, según los casos, hasta liquidar la noche. En tal sentido vivieron con intensidad la etapa de las primeras décadas del siglo XX, que coincidió con la Belle Epoque entre nosotros, de gran brillo en ambas márgenes Plata.
En 1910, contando con apenas 20 años de edad, su amigo Luis Alberto Fernández, pianista de mérito y prosapia tanguera, le compuso y dedicó un tango en su honor al que llamó El Pollo Ricardo.
Scandroglio viajó cuatro veces a Europa y estuvo en Paris en los años 1915, 1919, 1927 y 1930, causando sensación en los cabarets y salones parisinos. Seguramente en los auténticos Moulin Rouge y Chanteclaire, resultando de alguna manera uno de los responsables de la difusión del tango. Al igual que los músicos, instrumentistas, cantantes y bailarines que lograron que el visto bueno en Paris significara la aceptación en los hoteles y bailes de sociedad rioplatenses.
Pero simultáneamente la vida de Ricardo Scandroglio se canalizó por los carriles que correspondían a un joven de la mediana burguesía y una buena educación. Entró a trabajar en la Administración Nacional de Puertos y luego pasó a la actividad bancaria, llegando a ocupar un puesto de jerarquía gerencial con sueldo acorde. Luego vino el casamiento y la vida hogareña, espaciándose las visitas al café y las pistas de baile.
Años más tarde, por la década del 60, pasados los fuegos de la juventud y las brasas de la madurez llegó la etapa de la jubilación.
Luego de enviudar empezó a pasar largas temporadas en el chalet que compró en Punta del Este sobre la avenida Francia. Largas caminatas, lecturas y arreglos en el jardín le apartaban un poco del recuerdo de los viejos tiempos. Vivía en compañía de su hija, buena compañera y para no perder memoria del pasado se rodeó de una discoteca de buenos tangos. Para completar le puso al chalet el nombre de El Pollo Ricardo e hizo colgar de la chimenea un gallo de metal recortado a modo de veleta.
Así, en la soledad del recuerdo y el olvido de sus amigos, que la mayoría estaban fallecidos o ausentes, hubiera seguido su vida a no ser porque una curiosa circunstancia lo volvió a poner en el tapete al tiempo que le daba las alas para un segundo tiempo. Todo gracias a la casualidad y la curiosidad de un joven fernandino, Alfredo Tassano, que se preguntaba sobre el porqué de tan curioso nombre para un chalet. Un día que Ricardo se encontraba cuidando el jardín el joven vecino lo saludó y ante su respuesta atinó a preguntarle que ver el nombre de la casa con el de un tango famoso. Fue como poner el dedo en el gatillo, Ricardo lo invitó a entrar y pasó a contarle de sus buenos tiempos.
De inmediato trabaron una cordial amistad y el veterano encontró en su interlocutor un atento oyente para abrir las puertas de su pasado. Lo interesante del caso fue que Tassano, perteneciente a una familia de arraigo y con antecesores en el servicio de diligencia del Este, sabía de la importancia de los recuerdos reconstrucción de una época y le propuso grabar la entrevista. Compró un grabador de cinta y luego de algunas pruebas tuvieron una larga charla que salvó y registró buena parte de la historia del tango en nuestro medio. Tal vez sin proponérselo se convirtió en una grabación de extraordinario valor testimonial para la historia del tango.
La noticia de la entrevista corrió como reguero de pólvora entre los estudiosos y amantes del tango y don Ricardo, el Pollo Ricardo volvió a vivir un nuevo período de fama. Esta vez se sucedieron las entrevistas de radio y las notas de prensa.
Consecuencia de su vuelta al ruedo, nuevamente como protagonista, esta vez no de las pistas de baile sino de las pistas de grabación, fue entrevistado en un memorable programa radial a cargo del comentarista musical Alberto Luces, uno de los más conocidos de la década de 1960, entre los que también descollaron los comentaristas y estudiosos del tango Lilian, Avlis y Enrique Soriano.
Tuvimos noticias de dicha entrevista radial , que tuvo lugar en la década de 1960 en CX 32, por boca del señor Boris Puga, a quien entrevistamos en abril de 2010. Pero mucho más interesante para la historia del tango y los cafés y para nuestro propósito que la citada entrevista lo fue la carta manuscrita que el propio Ricardo Scandroglio le dirigiera al comentarista Luces, agradeciéndole el momento grato que le había hecho pasar y que le permitió destapar el cajón de sus recuerdos. Por entonces Boris Puga era Presidente de Joventango y Académico correspondiente en Uruguay de la Academia Porteña del Lunfardo y en tal carácter hizo llegar al Presidente de la Academia argentina una copia de la carta. Y, en prueba de confianza, una vez terminada la charla con él, nos entregó un sobre con una copia de la carta, la que será transcripta en el Apéndice documental. Son cuatro páginas maravillosas con descripción de los amigos, pianistas, cafés, cabarets, pensiones y con comentarios de antología que nos permiten reconstruir la memoria de una etapa rica y emotiva.
Y para completar el cuadro recordatorio del Pollo Ricardo, tiempo después, cuando entrevistamos a Nelson Domínguez, Guruyense, y sacamos el tema, confesó que había entrevistado a su vez al Pollo Ricardo en el año 1971 y que se trató de la nota periodística que escribió con más emoción y entusiasmo. Fue cuando trabajaba en el diario La Mañana y que, enterado de los comentarios sobre el Pollo, decidió conocerlo y entrevistarlo. Allá marchó a su casa acompañado del fotógrafo del diario y estuvo varias horas. Le costó encontrar el ejemplar del diario entre su frondoso archivo donde conviven periódicos con libros, revistas, discos y afiches pero finalmente apareció el ejemplar del 29 de marzo de 1971. En una página entera revive el Pollo Ricardo en fotos y en texto. No duda en asegurar que fue una de sus principales entrevistas. Trabó inmediata amistad con don Ricardo, a quien volvió a visitar otras veces. El antiguo bailarín le confesó la felicidad que le daba esta oportunidad de revivir y refrescar sus recuerdos. Guruyense recuerda con una sonrisa que tuvo problemas en la redacción del diario, no solo por la desusada extensión de la nota (que hubiera podido ser más extensa todavía) sino por la la temática que suponía una reconstrucción prostibularia de un Montevideo de viejos tiempos.
Comprenderán los lectores de nuestra nostalgia en no haberlo conocido personalmente…

 

En tiempos actuales don Alfredo Tassano siguió preocupándose del rescate de la historia, en especial de su tiempo y su comarca fernandina, se desempeña como director de la Escuela Uruguayo Argentina. Y como rescate del pasado ha desarrollado una pagina con el nombre de “Banco de Historias Locales (Maldonado)” en uno de cuyos ítems se reproduce la entrevista del Pollo Ricardo. .

 

Un café con Guillermo Chifflet


Corría una tranquila tarde del mes de mayo del año 2010 cuando entrevisté a Guillermo Chifflet. En la puerta de su apartamento en un edificio de la calle Cuareim esquina Colonia me esperaba la cariñosa recepción de su esposa, la actriz Julieta Amoretti. Guillermo, con sus 83 años ―nacido el 15 de setiembre de 1926―, era hijo de un odontólogo de ascendencia francesa y de una italiana oriunda de las cercanías del Lago di Como.
Publicista, periodista y político, desarrolló varias actividades con entrega y fervor. De convicción socialista, fue fundador del Frente Amplio en el año 1971, siendo electo diputado en 1989 y reelecto en 1994, 1999 y 2004. Hombre de sólidos principios acorde con sus ideales, supo renunciar a la banca cuando enfrentó discrepancias con la marcha del gobierno. El día de la entrevista, afectado por problemas de salud, se apoyaba en un bastón para caminar.
De mi parte, recordaba haberlo conocido en la década de los ochenta por un tema muy distinto, cuando estaba investigando sobre la vida y obra de Alfredo de Simone. En tal oportunidad me citó en el café Sorocabana para contarme sobre ese pintor del Barrio Sur y decirme que tenía un cuadro suyo, que le había comprado para ayudarlo. En cambio, en esta nueva entrevista, el tema era por su experiencia con los cafés que había frecuentado y la importancia que tuvieron en su vida. Milton Fornaro y otros entrevistados me convencieron de llamarlo porque lo recordaban como uno de los más activos contertulios en las mesas del Sorocabana, donde tenía una reservada, casi propia, en la que se reunía con los compañeros de trabajo, amigos y correligionarios.
Lo confirmó con una amplia sonrisa y movimiento de cabeza. El Sorocabana tenía varias virtudes: muy bien ubicado, muy linda vista desde sus ventanas y le quedaba muy cerca del trabajo. Y, como tomar café era barato, las ruedas se formaban con facilidad: «Fíjese que con una taza de café uno podía pasarse horas, la verdad es que resultaba muy cómodo encontrarse en un lugar así». Era un recinto de charlas, de encuentros, de polémicas, de discusión y de participación en distintas ruedas. Las había de todo tipo: de militares, de sindicalistas, de gente de la publicidad, de modo que esta variedad facilitaba las afinidades y las perspectivas de conversación y de discusión sobre distintos temas. En tal sentido los cafés cumplieron un papel importante en las conversaciones y en el tratamiento de temas políticos. Para Chifflet también era un centro de polémica, fundamentalmente de gente de izquierda.
No obstante ello, aclaró, no concurría a los cafés por el café mismo. Lo hacía por reuniones de trabajo o de encuentro con amigos. El Sorocabana le quedaba cerca de la agencia de publicidad en que empezó a trabajar y también quedaba próximo de la agencia Ímpetu, para la que trabajó posteriormente. Era, simplemente, cruzar y llegar al trabajo.
Antes de ser asiduo del Sorocabana frecuentaba el café y bar San Rafael, en la esquina de San José y Cuareim ―hoy Zelmar Michelini―, que antes se llamaba El Olmo, porque allí se reunía la rueda de Emilio Frugoni. Los empleados y colaboradores del semanario El Sol se encontraban en el café para decidir los temas que saldrían en el próximo número, de modo que la mesa de Frugoni, a la que concurría todos los días, era un verdadero lugar de trabajo. En cierto modo, anotó Chifflet, se ha cometido una injusticia cuando colocaron un retrato o una placa en la pared del café con el nombre de Mario Benedetti, porque la mesa de Frugoni, anterior en el tiempo, congregaba mucha más gente: redactores de semanarios e invitados especiales entre los que se encontraban escritores y pintores que venían a entrevistarse con el político, que buscaba la forma de ayudarlos directa o indirectamente. Entre ellos volvió a citar a Alfredo de Simone, minusválido y bohemio a quien apoyaba e incluso le compraba cuadros para que pudiera subsistir. Frugoni tenía la virtud innata de conocer a la gente y fomentar sus vocaciones, como el día en que le presentó un joven dibujante de apenas 14 años, recomendando la publicación de sus dibujos en El Sol bajo el seudónimo de Gius. El joven resultó ser nada menos que Eduardo Galeano, quien destacó como periodista en El Sol y continuó su carrera en Marcha antes de consagrarse como escritor.
Respecto a su concepto sobre los cafés de aquellos tiempos insistió en su carácter de fermentales. Cumplieron un gran papel porque eran lugares de charla e intercambio de ideas y eso fue muy importante para el país. Recordó el caso de Eduardo Víctor Haedo, frecuentador del Jauja, que estaba en la calle Bartolomé Mitre, quien decía que muchos temas políticos se resolvían en los cafés y él mismo citaba a veces a los sindicalistas ahí.
Chifflet volvió a insistir en que él iba por motivos de trabajo, porque era el lugar de encuentro con una rueda de amigos que charlaban sobre los temas de actualidad, no para perder tiempo. Galeano en una oportunidad lo definió como un vicioso de los cafés, pero en realidad se refería a que tomaba varias tazas por día.
Respecto de su infancia en el Cerro recordó que fue determinante, ya que es una barriada obrera, de grandes luchas y de grandes influencias sobre sus habitantes. Recuerda el Ateneo Popular, de cuando ayudaba a repartir un volante que decía: «Joven cerrense: estudia y no serás cuando grande ni el juguete pulgar de las pasiones ni el esclavo servil de los tiranos». Fue una etapa de formación social, de fuerte influencia anarquista y socialista. La familia Chifflet vivía en una casa sobre la calle Grecia entre Rep. Argentina y Centro América, a media cuadra de un centro socialista que se convertía al atardecer en un centro de reuniones. En los años de la Guerra Civil Española, del 36 al 39, el joven Guillermo, que disponía de una radio, la ponía al máximo volumen en la puerta y los vecinos en rueda se ponían a escuchar las noticias que transmitía radio Ariel.
Vivió en el Cerro hasta los comienzos del liceo, luego se mudaron al Paso Molino e hizo el liceo en el Bauzá. Más tarde comenzó preparatorios de Derecho, pero luego de unos años y pocos exámenes optó por abandonar la carrera por sentirse tentado por el periodismo, al principio en el semanario El Sol y luego en el semanario Marcha.
Empezó a concurrir a los cafés al terminar el liceo. Recuerda que a la salida de preparatorios iban caminando desde el IAVA hasta la redacción de El Diario y La Mañana, por entonces sobre la calle 25 de mayo, para leer los pizarrones y enterarse de las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial, y de allí marchaban al café para compartir y comentar las noticias.
Se reunían en mesas, que eran de los muchachos, y discutían los problemas de los jóvenes, de la juventud socialista y las relaciones con otros grupos políticos. «Participábamos en la juventud del Ateneo, distinto de lo que es hoy en día, entonces era un centro de personalidades progresistas. Ahí escuché a León Felipe cuando daba charlas y conferencias interesantes y a otras personalidades que visitaban el país».
Durante la dictadura misma las reuniones en los cafés fueron muy importantes. En tal sentido las mesas de los cafés oficiaban de tribunas libres y el Sorocabana, en especial, se constituyó en uno de los reductos de conversaciones sobre la libertad.

 

 

UN CAFÉ CON MILTON FORNARO

fornaro


La entrevista con el escritor Milton Fornaro tuvo lugar en febrero del 2011 y fue un semillero para entrevistas futuras. El lugar elegido fue su casa, frente a su mesa de trabajo y entre las pilas de libros y carpetas que la circundan. El café fue servido en una humeante cafetera, con cargo de que pudiéramos administrarlo a gusto, señal de que la charla se iba a prolongar por largo rato. La charla resultó conceptual, comenzada con una referencia a los cafés que había frecuentado en su juventud y rematada con reflexiones sobre el paso del tiempo y los cambios derivados en la sociedad. Empezó por el recuerdo sobre los cafés de Minas, su ciudad natal, durante la década de 1960. Eran dos, el “Oriental” y el “Almandós”. Al primero iba después del mediodía o a la tarde para conversar con amigos y compañeros de clase, fundamentalmente a tomar café, mientras que al segundo, el Almandos, lo frecuentaban de noche, a la salida del liceo o del cine, al que también concurrían los profesores. Estudiantes en unas mesas y profesores en las otras, en realidad fue su primer contacto “con los cafés como peñas, en los que se iba a aprender o a complementar lo que se aprendía en las aulas”. En tal sentido el concepto de café formador, como lugar de reunión donde se hablaba de diversos temas que no hacían únicamente al ocio sino a cosas más importantes, que tenían que ver con las inquietudes del momento, ya fueran culturales, políticas y sociales.
En el año 1976, a los 19 años, vino a Montevideo para continuar los estudios. Y continuó frecuentando los café, especialmente dos cafés emblemáticos de la época, hoy desaparecidos: el Sorocabana de la Plaza Libertad, tradicional café de intelectuales donde se reunía con historiadores como Reyes Abadie, críticos como Wilfredo Penco y escritores como Marosa di Giorgio, entre otros, y el Mincho, en la calle Yi entre 18 de julio y Colonia. Desde que llegó también se volvió asiduo a la oficina de la editorial Banda Oriental, por entonces sobre la calle Yí, casi vecina al Mincho.  Después de un rato iba con Isabelino Villa a tomar un café, empleado de la editorial, y más tarde se les sumaban Heber Raviolo y Alcides Abella. A veces iban algunos muchachos de Tacuarembó, como Eduardo Milán, un poeta que ahora vive en México y Víctor Cuña, entonces muy jóvenes. Y también participaban autores más consagrados como Héctor Galmés y Anderson Banchero, vinculados a Banda Oriental, es decir que se formaba una mesa relacionada con la editorial en la que se conversaba de temas literarios pero también, como se vivía la época de la dictadura, la política era fundamental. La falta de información, de noticias, llevaba a que en los cafés se intercambiaran los pocos datos que se conocían para tener más o menos un panorama de lo que estaba ocurriendo en el país. Otras veces, muy pocas, concurría al Outes, de la calle Mercedes y Yaguarón, otro lugar de encuentros, donde se encontraba el flaco Juceca, Bequer Puig, Enrique Estrázulas y muchas veces Alfredo Zitarrosa, antes del exilio o después del retorno a la democracia.
Respecto de otros cafés que hayan tenido significación en su trayectoria de escritor, dijo que todos los que frecuentó le han dejado alguna marca o señal. Porque para él el café no era un lugar para ir únicamente a tomar una copa o hacer tiempo antes de ir a otro lado, sino que se trataba de un rito “al que había que dedicar mucho tiempo, a veces hasta horas, con tranquilidad de estar, de conversar y de aprender de quienes eran mayores que nosotros”. Era muy aleccionador encontrarse con otras personas, no necesariamente intelectuales, no necesariamente escritores, simplemente que tuvieran alguna experiencia que resultara interesante de trasmitir o de aprender. Siempre hubo personajes especiales en los cafés, algunos llegaban, se acodaban al mostrador o se sentaban en sus mesas, uno los conocía de verlos, los escuchaba y los veía actuar. En el Mincho, por ejemplo, había un recitador al que le había pasado su momento de fama pero seguía comportándose como si lo mantuviera. Y todos lo respetaban y trataban bien. Había si una regla que debía cumplirse en la vida de boliche y era la del respeto, “respetar el tiempo del otro, respetar las actitudes del otro”. Si alguien se acercaba y se ponía pesado, estaba faltando a una de las normas más importantes de la convivencia.
Con respecto a la relación entre la literatura y los cafés hemos continuado la tradición española de las peñas literarias que se reunían en tertulias, generalmente en los cafés. La llamada generación del 45’ se reunía en el café Metro, mientras que Onetti se reunía con sus amigos en Los Estudiantes, un pequeño bar de San José y Barrios Amorím, cerca de la Intendencia Municipal, donde trabajaba. Pese a esta relación con la literatura, no hay en el Uruguay demasiada ficción que transcurra en los cafés. Hay sí algunos cuentos que ocurren en boliches, como en el Juntacadáveres de Onetti. Para Fornaro, eso sí, es relevante la relación entre los cafés y el desarrollo cultural de la ciudad. “Los cafés son como un apéndice de las instituciones”, es decir que en las cercanías de lugares emblemáticos como la Biblioteca Nacional o la Universidad, siempre encontramos un café representativo, en este caso el Gran Sportman, que está en 18 de julio y Tristán Narvaja. Pero también los hay cerca de los teatros, donde terminada la función se reúnen los artistas y se confunden con el público, generándose un diálogo del que participan los que actuaron y los espectadores. Frente al Teatro Solís se encontraba El Vasquito (hoy el café Bacacay), donde confluían los periodistas de La Mañana y El Diario con los actores, directores y escritores. “En la época a la que me refiero, fundamentalmente, hasta los años 90, el café cumplía una función de antesala, apéndice o adjunto a los centros de estudio, ll teatro, al cine, incluso Cinemateca y también a galerías de arte y salas de exposición”.
Respecto del papel de los cafés en la actualidad no tiene idea clara porque no los frecuenta como antes pero respecto del fenómeno de la paulatina desaparición de los mismos, entiende que lo que cambió es la forma de socializar de la gente. La generación actual, lo ve en sus propios hijos, más bien tienden a reunirse en casas de familia o salir a lugares concretos y luego regresan. Es decir que no participan de aquellas larguísimas tenidas de tiempos pasados, que prácticamente se tenían todos los días. Claro que también había otra manera de disfrutar el tiempo libre. Hoy en día está mal visto el ocio, hay como una exageración de la plena ocupación porque uno debe estar permanentemente ocupado. Para Fornaro la vida en los boliches era formativa, una forma de estar ocupado, una manera de complementar los aprendizajes. Los boliches han ido desapareciendo paulatinamente porque, digamos, los más jóvenes se reúnen de otra manera, en otros sitios, no tienen aquella avidez de conocer. Seguramente porque hay otras formas de llegar al conocimiento, como el mundo de internet. Los jóvenes de antes no tenían eso, en los años 60 la televisión estaba poco desarrollada y la información provenía de los periódicos y de la radio. Pero hoy la información parece estar toda al alcance de la mano, al teclado del ordenador. Y querer dar marcha atrás sería imposible porque la sociedad va en otro rumbo.
Respecto a alguna sugerencia para nuevas entrevistas, mencionó varias, en primer término a Guillermo Chiflet, un dirigente político socialista. En tiempos de la dictadura Guillermo era un diario concurrente del Sorocabana, al frente de una mesa de la que participaba mucha gente interesante. “Verlo a él nos mantenía viva la esperanza, como que “bueno, si Guillermo sigue libre la cosa no es tan grave”. Por entonces había tres mesas infaltables en las que se congregaban todas las noches entre 8 y 10 personas: la de Chiflet, de carácter político, la de Marosa di Giorgio, de carácter literario, de la que participaba Fornaro y la de Reyes Abadie, de temas históricos; claro que Reyes Abadie se movía entre todos y participaba de todas las mesas.

 

UN CAFÉ CON FELISBERTO BALSA
Por Juan Antonio Varese


La entrevista con el dueño del café y bar HOLLYWOOD resultó tan imprevista como espontánea. Como esas charlas que surgen de repente, sin previo aviso, pero que terminar por resultar más fructíferas que otras preparadas de antemano. De mi parte he pasado infinidad de veces por la esquina de Ejido y Uruguay, una de las más concurridas, sin haber reparado en la cargada marquesina ni en el interior del café, tan igual a los centenares de boliches que en otro tiempo llenaron la ciudad no solo en el centro sino también en los barrios apartados.  Pero apenas registro haber entrado dos o tres veces al bar, seguramente para prolongar alguna charla iniciada en el Foto Club Uruguayo, que se encuentra una cuadra más arriba, hacia 18 de Julio.
Pero bastó un aviso de remate aparecido en internet para que se encendiera la alarma y brotara un sentimiento de nostalgia. Al igual que le pasó a otros amigos o coleccionistas nacidos por la década de 1950, que nos preocupamos por rescatar y preservar los temas que consideramos tradicionales. Al ver el aviso, trasmitido por un forista, lo primero que sentí fue una sensación de angustia ante el cierre de otro de los típicos cafés. Otro más de la larga lista para la que no pasa un mes sin que desaparezca alguno, vencido por el cambio en las costumbres o descartado por la aparición de negocios que supieron reciclarse en su aspecto y modernizarse en sus servicios para atender a la clientela joven.
Me llegué hasta el local sobre las 10 de la mañana del mismo día del remate, el 14 de diciembre de 2016, -vaya la fecha como referencia- decidido a rescatar un trozo de memoria y echarle un vistazo, a suerte de nostálgico réquiem. Y tomar alguna foto representativa o, porqué no, seleccionar algún objeto sobre el que presentar alguna oferta. Porque siempre es bueno conservar algo de lo que se va. La nostalgia tiene su papel y juega su juego, sobre todo cuando el fin de algo se presenta irremediable. Un registro de la memoria para aprehender algo de aquello que se va. El acceso estaba cerrado al público pero tras explicar el motivo de la visita me fue permitido el acceso. Apenas dentro del local pude observar que ofrecía un aspecto casi surrealista, con el mostrador, las vitrinas, las máquinas y las mercaderías dispuestas en hileras. Y los lotes marcados con prolijas etiquetas para su individualización. Una cantidad de 2600 objetos se ofrecían para el remate, divididos en 173 lotes de diverso tamaño y disposición. El más valioso de todos lo era, seguramente, el mostrador de mármol que lucía impoluto como el primer día pero el que llamaba más la atención lo era el compuesto por una máquina registradora digna de museo o el de una vieja radio con consola de madera y baquelita. Las botellas cubiertas de polvo mostraban con orgullo desleídas etiquetas que delataban su antigüedad, en algunos casos de hasta de 80 años. Casi licores con valor patrimonial. Le seguían en espacio y utilidad las vitrinas refrigeradas, la consabida máquina de café de modelo clásico, licuadoras con cables remendados y algún que otro adorno más digno de una casa anticuaria que de un mostrador de bar. Las botellas de whisky, algunas de marcas no conocidas, alternaban con las de Gregson y El Espinillar y los vinos nacionales de tipo común. Y con carácter de rareza unas pocos botellones de Chianti con su inconfundible malla de paja. En un costado del salón se apilaban las mesas y las sillas para ganar espacio, todo escrupulosamente ordenado por el personal de la casa de remate, cuyo principal, Germán Di Cicco se movía al tanto de todo, repasando los lotes para que coincidieran con los números del catálogo.
Después de haber tomado algunas fotos poco menos que tropiezo con un señor que terminaba de sentarse para poner orden en una pila de papeles y recibos. Se lo veía serio, con expresión más bien resignada que triste. El tono de su voz al restar importancia a mi disculpa lo delató como procedente de Galicia por lo que tuve la intuición de que se trataba del propietario, de quien había sentido el comentario que tenía el apodo de “gallego”. Y luego de un saludo y explicar mi finalidad de entrevistarlo para un libro, me señaló una silla, ahí no más frente a una mesa ahora vacía pero que tiempo atrás habrá servido de apoyo a miles de tazas de café.
Claro que más que una entrevista se trató de una confesión. O tal vez de un desahogo porque fueron coincidentes su necesidad de contar lo que sentía con la mía de escuchar su testimonio. Tanto como del HOLLYWOOD me interesaba su historia personal, tal vez un calco de las centenares que he escuchado de otros de labios de dueños de café que dedicaron toda su vida al negocio. Empezamos por su nombre, como se supone debe empezar toda entrevista: Felisberto Balsa, “el que viste y calza”, nacido en Santiago de Compostela en el año 1938. Como miles de coterráneos suyos que vinieron de una Galicia empobrecida por la guerra civil al promisorio Uruguay en 1952 lo hizo con una mano atrás y otra adelante. Pero con muchas ganas de trabajar, al punto que no pasaron tres días sin que le ofrecieran empleo en el bar SIN BOMBO, de General Flores e Industria, el que subsiste todavía. De allí pasó a trabajar en otro de Colón y la Rambla portuaria y más tarde a otro ubicado en Andes y Paysandú, el primero que compró. Y para el año 1978, con 46 años de edad y amplio dominio del mostrador, compró junto con un socio el café y bar HOLLYWOOD, lo que representó un gran paso adelante, porque se trataba de una ubicación excelente, cerca de comercios y oficinas. El extraño nombre, que decidieron mantener, le venía de antes, seguramente de algún dueño amante del cine, “vaya uno a saber”.
Y desde entonces, de 1978 a la fecha, han pasado 38 años de trabajo y dedicación, media vida tras de un mostrador. En aquellos tiempos de mucho trabajo llegaron a tener cinco empleados, además de los dos socios que trabajaban como el que más. De la clientela recuerda la de los políticos, dado que se encontraba a media cuadra de la “Casa de los Lamas”. Muchos y varios personajes del Partido Nacional prolongaron las charlas partidarias en todo más íntimo en el ambiente reservado del café, entre ellos Carlos Julio Pereyra, Wilson Ferreira Aldunate, Gonzalo Aguirre y Luis Alberto Lacalle, por sólo mencionar algunos. El diputado de Rocha Juan José Amorín, solía decir que el HOLLYWOOD había sido un bastión en la lucha contra la dictadura porque se reunían en el café cuando la Casa de los Lamas estuvo ocupada. Los políticos solían venir al café pero muchas veces era al revés y le hacían pedidos de bebidas y sándwiches para las reuniones en el local partidario. Y años más tarde, cuando la sedes del Frente Amplio estaba ubicada en Uruguay y Barbato, se volvieron clientes sendos personajes como Fernández Huidobro y el propio Pepe Mujica. Conserva una foto abrazado con el Pepe antes de ser presidente y otra después, quien concurría seguido para tomar su cerveza o copas de vino.
Pero en la última década, tal vez los últimos 15 años, el negocio empezó a decaer. Por un lado la clientela venía cada vez menos mientras que por otro los impuestos y treparon en forma exponencial. El presupuesto del HOLLYWOOD supera los 75 mil pesos (U$S 2.500) entre los consumos, impuestos y aportes. Los números se pusieron en rojo y durante los últimos cuatro años llegó a sacar de sus ahorros para mantener el negocio abierto. Porque en cierto modo el negocio era su propia vida y no sabría que hacer sin trabajar. Hasta que, derrotado por la realidad, no tuvo más remedio que cerrar. Claro que busca hacerlo con dignidad bajo la forma del remate. Lo considera un final más digno y de mejores resultados que un simple cierre de puertas y bajada de cortinas metálicas. Un acto noble, algo así como “pelearla hasta el final”.
Para distender el ambiente pasamos a hablar de la clientela. Las características de un negocio de café y bar y/o similares depende de varios factores. Muchas veces depende de la personalidad de los dueños y su poder de convocatoria, otra de las características del lugar y en otros casos del tipo de clientela que se congrega. Es que entrar al HOLLYWOOD era como un pequeño oasis en el entorno del tráfico de arterias tan concurridas, un lugar en que se hubiera detenido la prisa y amortiguado el ruido exterior. Pero también subsistía un dejo de bohemia en la forma de ser de los clientes, muchos de los cuales se quedaban frente a una mesa todo el tiempo del mundo. Mientras que otros iban en busca de lo imprevisto, como buscando a Miriam, la bella e imaginaria protagonista de la canción que inmortalizó uno de los clientes más famosos del café, el cantautor Alberto Mandrake Wolf y la canción se llama Miriam entró al Hollywood. Esa misma noche llamé por teléfono a Mandrake Wolf, quien contó que la letra obedeció a un momento de inspiración, una mezcla de realidad y fantasía, en realidad una situación al revés. Un día que llegó al bar se sorprendió al encontrar en una mesa a una veterana cortejando a un jovencito. El hecho le llamó la atención pero no tuvo el talento para escribirlo por lo que prefirió dar vuelta las cosas y pensar en un hombre mayor, un “viejo verde” conquistando una jovencita, lo que le salió muy bien. Un lujo extra para el HOLLYWOOD, que podemos decir que tuvo su propia canción.
Noticia irremediable, que nos duele profundamente en un doble sentido: por el cierre de un café y bar más y porque el hecho representa un nuevo escalón en la pérdida de una de las costumbres más representativas de la ciudad.

Con este artículo sobre el HOLLYWOOD, se están cumpliendo 120 artículos relacionados con los cafés Montevideanos, imponente trabajo de recopilación en la investigación para cada uno de ellos. Agradecemos por el invalorable aporte a Revista Raíces por parte del escritor Sr. Juan Antonio Varese , así como al gran acuarelista Sr. Álvaro Saralegui Rosé por ilustrar con su talento cada uno de estos materiales, que sin duda quedarán como un gran aporte para las generaciones venideras.

 

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