linea horiz

LA REVISTA - PUBLICACIONES ANTERIORES - ARTÍCULOS DEL MES - MANDA UN ARTÍCULO - VÍNCULOS - DESTACADOS - CONTACTO - APOYAN - INICIO

 

 

articulos

 

 

 

 

 

 

 

EL HOSPITAL MACIEL
Por Ricardo Petrissans Aguilar

 

   

 

 

“La otra ciudad”

 

«El primer hospital del Uruguay: una lección de piedad y memoria»
Hoy quiero detenerme ante una efemérides modesta pero profunda. En septiembre de 2006, cuando el mundo no miraba, Montevideo anunciaba la apertura de un museo en el Hospital Maciel para el próximo Día del Patrimonio (7 y 8 de octubre). Y ese hecho, aparentemente menor, nos convoca a recordar algo esencial: ese nosocomio no es un hospital cualquiera. Es el primer hospital del Uruguay, y nació, hace más de dos siglos, como un albergue para indigentes. No lo olvidemos. En 1788, cuando Montevideo apenas era una plaza fuerte de 4.000 habitantes, se levantó allí, en la esquina de San Pedro y San José (hoy 25 de Mayo y Guaraní), el Hospital de la Caridad. ¿Quiénes ocupaban sus camas? Marineros abandonados por los barcos, mujeres sin hogar, dementes, náufragos, esclavos, niños huérfanos, meretrices. Los que la ciudad veía pero prefería no mirar.
Detrás de esta obra hay dos nombres que merecen ser pronunciados con gratitud. Don Mateo Vidal, el ideólogo, y Francisco Antonio Maciel, el benefactor. Este último, un joven montevideano de apenas 18 años, miembro de la Hermandad de San José y Caridad, volcó su fortuna personal para sostener las primeras salas. Más aún: en 1787, un año antes de la inauguración oficial, ya había habilitado once camas en una dependencia de su propia casa. Allí mismo asistía a los enfermos, con sus manos, sin delegar la compasión. Por eso la historia lo recuerda como el padre de los pobres”. Murió peleando contra la invasión inglesa en el Cardal, en 1807. Su legado no fue una batalla, sino una cama para el que no tenía nada.


El edificio que hoy admiramos —con sus tres fachadas neoclásicas, su aire italiano, su capilla de una sola nave y techo arqueado— no se construyó de una vez. Lo interrumpió la Guerra Grande, lo retomaron arquitectos como Bernardo Poncini, Edouard Canstad y el uruguayo Julián Marquelez. Pero conserva una unidad arquitectónica y, sobre todo, una unidad espiritual: la de ser un lugar donde la enfermedad y la miseria encontraban un umbral abierto. El lugar donde habia un "torno" para recoger a los bebes no queridos o que tenian que ocultarse, para que la caridad del Hospital y de los gigantes que trabajaban en el se ¨hicieran cargo" con amas de leche, como nos cuenta Isidoro de Maria.


Y qué decir de la Capilla Maciel. Comenzada en 1781, es una de las construcciones más antiguas de la Ciudad Vieja. En su interior, aún se ve un proyectil incrustado en el fuste de la columna izquierda de la entrada: resto de los bombardeos de las fragatas inglesas en 1807. La pólvora y la piedad conviven en ese mismo espacio. ¿Hay símbolo más elocuente de nuestra historia?
Cuando en 1911 el hospital dejó de llamarse de la Caridad y adoptó el nombre de Hospital Maciel, no se homenajeó a un militar victorioso ni a un político elocuente. Se homenajeó a un hombre que entendió que la grandeza de una ciudad se mide por cómo trata a sus más débiles.
Por eso, ese museo no es un capricho curatorial. Es un acto de justicia patrimonial. Porque el Hospital Maciel, junto a la Iglesia Matriz (1804) y el Cabildo (1806), conforma el tridente fundacional de Montevideo. Pero a diferencia de aquellos, este no fue construido para el poder ni para el culto: fue construido para la caridad. Para el indigente. Para el náufrago. Para el que llegaba sin nada al puerto.


Al recorrer sus pasillos —si pueden, háganlo—, no busquen sólo la belleza arquitectónica. Busquen el eco de esa primera sala con once camas, la generosidad de Maciel, el proyectil inglés, las manos anónimas que curaron y enterraron con dignidad. Ese es el patrimonio verdadero: la memoria de la compasión hecha ladrillo. Con afecto académico y ciudadano,

 

 

 

   
   
   

 





   
 


PÁGINAS AMIGAS