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PINCELADAS URUGUAYAS

Por. Gustavo López

   
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Carlos Federico Sáez (1878 – 1901)
Espectador genial del 1900 (*)

saenz

Nace en Mercedes, Soriano, el 14 de noviembre de 1878, en el seno de una familia de alta condición social. Dibuja y pinta como autodidacta desde la niñez dando muestras de una inusual precocidad. A los trece años se traslada a Montevideo concurriendo a las clases de pintura del profesor Juan Franzi, en la misma época presenta sus trabajos a la exigente mirada del artista Juan Manuel Blanes quien aconseja que el joven Sáez consolide su formación en Italia. El gobierno uruguayo otorga una beca de estudios al artista de sólo 14 años de edad. Se inicia de esta forma un periplo de siete años de estadía europea quedando bajo la tutela de Daniel Muñoz, Ministro uruguayo en Roma. Sáez concurre un tiempo a la Academia de Bellas Artes en Roma, pero pronto se enrola en las nuevas corrientes de la pintura italiana finisecular de clara postura antiacadémica. Frecuenta el taller de varios pintores, instala en 1896 el suyo en la Via Margutta y participa de varias exposiciones. Prolonga su estadía europea renovando su beca estatal. Sus envíos de pensionado lo van delatando como uno de los más originales exponentes pictóricos de fin de siglo. Su "manera" se vincula con el movimiento de los "macchiaioli". A propósito de esta postura el crítico Angel Kalenberg nos dice: "Por intermedio de la macchia, técnica que suponía un cierto dinamismo en el trazo, logró superarse la operática y la parálisis a las que había sucumbido la Academia. El procedimiento fue empleado, casi exclusivamente, para pintar paisajes, escenas de género y retratos; a éstos Sáez les dedicó ardorosa, infatigablemente, su vida" (Angel Kalenberg, "Seis maestros de la pintura uruguaya" Mosca Hnos. S. A., Montevideo, 1987). Sáez pinta rostros eligiendo a sus modelos sin trabajar por encargo; a veces modelos profesionales, en la mayoría de los casos personajes con los que tiene fuertes vínculos: su familia, sus amigas, sus amigos. No pinta grupos, retrata individuos en soledad. A excepción de sus dibujos, no pinta desnudos. Dibuja con el pincel y la mancha gobierna el contorno. Su pincelada rápida da a sus figuras la sensación de ser captadas en un instante. Los fondos ostentan una generosidad matérica que generan un contrapunto de atención con la figura generalmente organizada en forma piramidal. Al decir del crítico José P. Argul, Sáez es un "espectador genial del 1900. (...) conserva intacta la frescura del "vero" (...) este pintor que agrega con sus modelos más próximos de familiares y amigos una excepcional nota de mundanismo elegante, incluso de dandysmo" (José Pedro Argul "Sáez"). Regresa a Montevideo en 1900. Ya enfermo, interviene en el concurso de afiches para el carnaval montevideano organizado por el Ateneo de Montevideo; lo gana.
Pueden verse obras suyas en el Museo Nacional de Artes Visuales, Museo Juan M. Blanes y en el Museo Eusebio Giménez de su ciudad natal.
Muere a los 22 años, el 4 de enero de 1901.

(*) Extraído del Museo Nacional de Artes Visuales” 

 

 

 

Pedro Figari (1861 – 1938)

pinceladas

Un fotógrafo de la Patria Grande (*)

Al borde de cumplirse el sesquicentenario de su nacimiento, continúa siendo un incomprendido. Por lo menos al nivel masivo del gusto popular. Para el espectador cuya educación visual no pasa por los parámetros de un auténtico conocimiento en la materia, Pedro Figari está totalmente fuera de su alcance. Le dicen que es un buen pintor, para muchos un pintor con mayúsculas y para algunos una referencia cultural sólo con dos o tres competidores a su altura. Sabe lo que le dicen, pero no lo entiende. ¿Qué es lo que el uruguayo estándar percibe en las pinturas de Figari? No descubre la genialidad de un plástico que con un par de trazos capta no sólo la naturaleza auténtica de sus modelos, su humanidad, sino también la idiosincrasia social, política y cultural del país, de toda la región en realidad. Por algo los argentinos lo sienten un pintor de ellos y entienden que representa la esencia del ser argentino. En ese campo, las diferencias entre uruguayos y argentinos desaparecen. Es que no existen en realidad. Figari lo descubre desde dentro. Lo descifra desde las entrañas del país grande. Lo curioso es que los argentinos se sienten identificados con un pintor que maneja los personajes, las costumbres y los símbolos de una etnia negra que no los representa desde el XIX, cuando desapareció del todo. Que es africana pero se conserva oriental. Pueden comprender, quizá, la otra mitad, la blanca, la que ejerce notoriamente el poder y la dominación. Aunque no es lo que Figari pinta, siempre inmiscuido en la intimidad. Es la amalgama lo que investiga con un tesón admirable, el clima de felicidad doméstica, la alegría que domina las escenas, aún las fúnebres. Sus entierros, y no es casual, parecen trasladados de la Nueva Orleans de Louis Armstrong. Ni siquiera ese maravilloso patrimonio zonal desvela al uruguayo medio. Lo que lo irrita es el lenguaje, para él, entre infantil y grotesco: la pintura de un niño talentoso, pero tan apartado de las convenciones artísticas que aun en su ignorancia se da cuenta que el espectador ha quedado del todo fuera del gran juego. Que lo dejaron aparte. Que el marginado es él y no el pintor. Para no hablar de otra cosa que de la pintura, lo que en el caso de Figari es dejar otro mundo afuera con la existencia de un uruguayo multifacético como nadie.

(*) Extraído de “ARTE URUGUAYO. De los Maestros a nuestros días” 

 

 


En esta foto (1887), Pedro Figari tenía 26 años de edad. Dos años después comenzó a tomar clases de pintura con el maestro italiano Godoffredo Sommavilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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