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EL ALMA DE LA ESPADA

Ana Monterroso de Lavalleja y la forja silenciosa de una Nación.

Por. Ricardo Petrissans Aguilar Es solo una leyenda

   

 

   

Montevideo, fines del siglo XVIII. La ciudad era aún un puerto amurallado donde el eco del mar se mezclaba con las órdenes de los centinelas españoles. En una casona de la calle San Carlos —hoy Sarandí, a metros del Portón de San Pedro y cerca del Cabildo y la Iglesia Matriz— crecía una niña de mirada firme. Se llamaba Ana Micaela Monterroso.Nació el 3 de septiembre de 1791. Su madre, Juana Paula Bermúdez, era prima hermana de José Gervasio Artigas, el futuro Jefe de los Orientales. Su padre, Marcos José da Porta Monterroso, un inmigrante gallego, era un acaudalado comerciante y Regidor de la Defensa de Pobres en el Cabildo de Montevideo. Los Monterroso tuvieron seis hijos; Ana era la quinta y una de las tres mujeres. Su hermano mayor, José Benito Monterroso, fue un clérigo y estrecho colaborador de Artigas.
En aquella casa, donde siempre se habló de ideas independentistas, Ana absorbió el ideario de la libertad antes de que la revolución estallara. El ambiente intelectual y patriota de su hogar fue fundamental. Ella recibió una educación inusual para su época, que le permitió no solo ser una observadora de los cambios de su tiempo —la construcción de la Iglesia Matriz y del Cabildo, la demolición de las murallas y la ampliación del puerto— sino también una participante activa en los círculos de decisión.

 

 El Matrimonio por Poder: Un Pacto de Amor y Desafío

En 1817, la Banda Oriental ardía. Lavalleja, comandante de las fuerzas orientales, estaba en el norte enfrentando a los portugueses. Lavalleja y Ana, desafiando la voluntad de sus propios padres, decidieron casarse. El 21 de octubre de 1817, en la Villa de la Florida, Ana y Juan Antonio Lavalleja se casaron por poder, porque él estaba liderando tropas contra los portugueses por orden de Artigas y no podía acudir. El sacerdote que ofició la ceremonia fue su propio hermano, José Benito Monterroso, y el testigo fue nada menos que Fructuoso Rivera, quien actuó como compadre y representante de Lavalleja. Ana, formalmente unida por un acto de fe más que por un rito presencial, inició una historia de amor y lucha que duraría 36 años.

 El Alma de la Espada

Le llamaron "el alma de la espada del general". El mote le fue dado por su propio esposo y no fue un título decorativo. Mientras Lavalleja estaba en el interior, preso o desterrado, ella tomaba las riendas de la familia y de la conspiración. La historiadora Rosario Quijano, en su libro Mujeres uruguayas: el lado femenino de nuestra historia, titula el capítulo dedicado a ella precisamente "El alma y la espada".
Los contemporáneos la describían como una mujer de inteligencia y energía inusuales, que participaba en discusiones políticas como pocas mujeres de su época. Hay un relato recurrente de que Ana y su marido operaban como una sociedad secreta: él era la espada que luchaba, y ella era el alma que tejía las redes de inteligencia y resistencia. Ana se encargaba de distribuir las cartas a los aliados de Lavalleja, organizar reuniones clandestinas e informarlo de todo lo que ocurría en la ciudad durante las luchas. Su casa en la calle Zabala, adquirida por Lavalleja en agosto de 1830, fue un verdadero centro de conspiración y un punto de encuentro para los revolucionarios.

 El Ángel de los Clandestinos

Cuando Lavalleja cayó prisionero de los portugueses en el arroyo Valentín y fue recluido en Río de Janeiro junto a su hermano Manuel, Ana, lejos de arredrarse, se involucró activamente en la resistencia. Se encargaba de la correspondencia y administraba la información, enfrentándose a la dominación portuguesa y luego al gobierno de Fructuoso Rivera.Una historia recurrente en las crónicas la vincula a una conspiración en 1832 contra el presidente Rivera. Su casa fue, junto con la de Josefa Oribe (esposa de Manuel Oribe), uno de los centros desde donde se fraguó un levantamiento contra el gobierno. Su activismo no pasó desapercibido; Ana fue detenida, sometida a juicio y enviada prisión junto a Josefa Oribe. En los documentos judiciales de la época se la menciona como una de las cabezas visibles de la conspiración, acusada de "particular connivencia y conocimientos en el plan". Lejos de intimidarse, Ana se enfrentó a los poderosos y mantuvo su defensa con firmeza.
Existe un relato, documentado por el investigador Pedro Montero López, sobre un incidente que ilustra su temple en esos años de cárcel y hostigamiento. En una de sus detenciones, una autoridad policial le propinó una bofetada; ante semejante ofensa, ella le espetó una frase que la historia recoge: "¡Señor mío, esa mano no merece tener dedos para darla!" El anónimo funcionario, arrepentido o temeroso, fue a pedirle disculpas de rodillas.

 El Cautiverio y la Resistencia

Aunque Ana no fue hecha prisionera junto a Lavalleja por los portugueses, hay evidencias de que vivió períodos de penuria extrema, llegando a pasar hambre junto a su esposo en los momentos más duros de su vida política. Lavalleja fue apresado en varias ocasiones, y en al menos una de ellas, ella viajó hasta la frontera con Río Grande del Sur para estar cerca de su esposo encarcelado. Con un embarazo en curso, ella cruzó las líneas de la guerra para rogar por su liberación.
Durante su vida, ella fue cabeza de familia en largas temporadas y se encargó de los negocios familiares; su marido y compadre, Fructuoso Rivera, reconocía su capacidad de gestión. Su apoyo a la independencia no decayó, y en esos años de aislamiento político mantuvo la cohesión de los partidarios de Lavalleja. En un contexto donde las mujeres no tenían derechos políticos, ella actuó como una agente política de pleno derecho y una pieza central en el ajedrez de la revolución.

 El Legado de una Patriarca del Silencio

Ana Monterroso sobrevivió a Lavalleja, quien murió el 22 de octubre de 1853. Viuda, con la mitad de sus diez hijos muertos antes que ella, continuó reclamando lo que le correspondía y manteniendo la memoria de su esposo. Ana falleció en Montevideo el 28 de marzo de 1858, a los 66 años. Pero su espíritu no quedó encerrado en los archivos. Su casa en la calle Zabala 1469 es hoy una de las sedes del Museo Histórico Nacional. Entre sus antiguas paredes coloniales, un retrato al carbón la recuerda. En 1974, la dramaturga Estela Castro estrenó un unipersonal basado en su vida, "Ana Monterroso de Lavalleja", de Milton Schinca, que tuvo gran éxito y la reivindicó como un personaje teatral apasionante. En 2017, el Museo Histórico Cabildo inauguró una exhibición dedicada a las mujeres de la revolución uruguaya, incluyendo su figura. En 2024, el Poder Ejecutivo designó al Liceo N° 2 de Colonia Nicolich con su nombre, reconociendo su labor fundamental. Su figura, más que la de su esposo, encarna el nacimiento de nuestra república: una nación que parió entre gritos y cartas escritas a escondidas.

 Epílogo: La Llamada a la Memoria

¿Por qué volver a Ana Monterroso? Porque ella fue un engranaje fundamental de nuestra independencia. Su historia, desenterrada de archivos polvorientos, nos muestra que el Uruguay no lo fundaron solo generales a caballo. Hubo mujeres como ella, madres y estrategas, al frente de una lucha que parecía hecha solo por y para hombres. Mujeres que, como su coetánea Josefa Oribe, supieron forjar alianzas y sostener las redes políticas en las sombras.
Si queremos entender de dónde venimos, debemos aprender a leer sus cartas, a buscar sus declaraciones judiciales y a recorrer los rincones de su casa colonial. Ana Monterroso, la mujer que supo ser "el alma de la espada", nos enseña que la patria se construye también desde la trinchera íntima, la que no aparece en las estatuas, pero que es el verdadero cimiento de la libertad.

   
   

 





   
 


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