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EL DISCURSO QUE EL MUNDO TODAVÍA NO QUISO ESCUCHAR
Por Julio César Romero Magliocca

Pepe Mujica ante la ONU: una advertencia para salvar la vida

   

   

 

El 24 de septiembre de 2013, un pequeño país del sur de América llegó a la Asamblea General de las Naciones Unidas. No llegó con un ejército. No llegó con una gran potencia económica.
No llegó con amenazas ni con promesas de conquista. Llegó Uruguay.
Y detrás de Uruguay llegó un hombre que había vivido la pobreza, la cárcel, la militancia, la política y el poder sin dejar que el poder le cambiara la manera de mirar la vida.

Era José “Pepe” Mujica.

Aquella tarde, en Nueva York, Mujica no habló solamente como presidente de Uruguay. Habló como un hombre preocupado por el destino de la humanidad. Y lo que dijo no fue cómodo.
Porque mientras el mundo hablaba de crecimiento, mercados, inversiones y desarrollo, Mujica se atrevió a formular una pregunta mucho más profunda:

¿Para qué queremos crecer si en el camino estamos destruyendo aquello que nos permite vivir?

Su discurso puso en cuestión una civilización que había confundido bienestar con consumo y libertad con capacidad de comprar.
Habló de un mundo dominado por el mercado y por una cultura que empuja al ser humano a producir, comprar, desechar y volver a comprar.
El problema, según Mujica, no era solamente económico.
Era humano.

¿Quién gobierna nuestras vidas?

La globalización había cambiado las reglas del mundo, pero Mujica advertía que el problema no era solamente que los mercados fueran cada vez más poderosos. El verdadero peligro era que la humanidad comenzara a vivir para el mercado, en lugar de utilizar el mercado para vivir mejor.
El hombre moderno trabaja para comprar. Compra para sentirse feliz.
Se endeuda para consumir.
Consume para pertenecer.
Y vuelve a trabajar para pagar aquello que compró.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿En qué momento dejamos de ser dueños de nuestra vida?

Mujica planteó ante el mundo que el tiempo humano no puede medirse solamente en dinero. Porque una hora que pasamos trabajando para comprar algo es también una hora de nuestra vida que jamás vuelve. Y ahí estaba una de las grandes advertencias de aquel discurso:
la vida es finita, pero el consumo no tiene límite. El planeta no puede seguir esperando
Mujica también habló de la naturaleza.
De los recursos.
De la necesidad de cuidar el planeta.
Pero no desde una mirada romántica.

 

Lo planteó como una cuestión de supervivencia.
Porque podemos
construir máquinas cada vez más sofisticadas.
Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta.
Podemos producir más alimentos, más automóviles, más tecnología.
Pero hay algo que todavía no hemos aprendido:
a vivir sin destruir aquello que necesitamos para seguir viviendo.
La ciencia avanza.
La tecnología avanza.
La riqueza aumenta.
Pero el hombre sigue preguntándose cómo encontrar la felicidad.
Y quizás allí esté una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.

El dios mercado

Mujica cuestionó aquella especie de religión moderna en la que el mercado termina ocupando el lugar que antes ocupaban otros dioses.
Todo parece tener precio.
La tierra tiene precio.
El agua tiene precio.
La vivienda tiene precio.
El tiempo tiene precio.
Incluso el descanso parece tener precio.
Pero hay cosas que no deberían venderse.

El amor no debería venderse.
La amistad no debería venderse.
La dignidad no debería venderse.
La infancia no debería venderse.
La naturaleza no debería venderse.
La vida no debería convertirse en una mercancía.

Y quizás por eso su discurso sigue teniendo una fuerza particular.

Porque no fue un discurso contra el progreso. Fue un discurso que preguntaba qué clase de progreso queremos.
La verdadera revolución
Mujica planteó algo todavía más difícil.
No alcanza con cambiar gobiernos.
No alcanza con cambiar leyes.
No alcanza con cambiar sistemas económicos.

La verdadera revolución comienza cuando el ser humano se pregunta qué necesita realmente para vivir.
Quizás necesitamos menos cosas.
Pero necesitamos más tiempo.
Más familia.
Más conversación.
Más solidaridad.
Más naturaleza.
Más comunidad.
Más humanidad.

Porque una sociedad puede ser extraordinariamente rica y, al mismo tiempo, profundamente pobre si sus integrantes ya no tienen tiempo para mirarse a los ojos.

Una advertencia que sigue vigente

Han pasado años desde aquel 24 de septiembre de 2013.
El mundo cambió.
La tecnología avanzó a una velocidad extraordinaria.
La inteligencia artificial comenzó a transformar nuestra manera de trabajar y relacionarnos.
Las redes sociales modificaron nuestra forma de comunicarnos.
La crisis ambiental se hizo todavía más evidente. Y, sin embargo, muchas de las preguntas que Mujica llevó a Naciones Unidas siguen esperando una respuesta.
Por eso aquel discurso merece ser escuchado nuevamente.
No como una pieza del pasado.
Sino como una advertencia para el presente. Porque quizá el gran problema de la humanidad no sea que tengamos demasiado poco.

Quizá sea que hemos aprendido a querer siempre más.
Más dinero.
Más objetos.
Más velocidad.
Más poder.
Más consumo.

Y mientras buscamos tener más, podemos estar perdiendo lo esencial:
el tiempo de vivir.

¿Y SI MUJICA HUBIERA TENIDO RAZÓN?

No se trata de convertir a Mujica en un hombre infalible.
Se trata de volver a escuchar sus preguntas.
Porque los grandes discursos no son aquellos que solamente emocionan cuando se pronuncian.
Son aquellos que siguen molestando nuestra conciencia muchos años después.
El discurso de Mujica fue uno de ellos.

Y quizás hoy podamos entender mejor aquello que en 2013 parecía solamente una reflexión política:

no estamos frente a una crisis del planeta. Estamos frente a una crisis de la manera en que el ser humano decidió vivir en el planeta.
Ese es el verdadero desafío.
No salvar solamente al planeta.
Salvar al hombre.
Y para salvar al hombre tendremos que recuperar algo que el mercado nunca podrá vendernos:
el valor de la vida.

Quizás algún día la humanidad comprenda que tener más no significa vivir mejor.
Quizás entonces descubramos que la verdadera riqueza no estaba en aquello que acumulamos, sino en aquello que tuvimos tiempo de vivir.
Y quizás ese día comprendamos finalmente la advertencia de un hombre que, desde un pequeño país del sur, se animó a decirle al mundo lo que muchos no querían escuchar.

José Pepe Mujica — Naciones Unidas, 24 de septiembre de 2013.

La ONU mantiene disponible el registro oficial de aquella intervención, incluido el video en español:

 

https://youtu.be/-E6d_kZ-QPY?si=titKZ4ze_fT01wZr

 

 





   
 


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