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CUANDO LA IGLESIA SALE AL ENCUENTRO

Por. Julio César Romero Magliocca- Fundador y Director de Revista Raíces.

   

Cuando el padre Pablo Coimbra llegó a la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en el año 2020, el mundo estaba detenido. La pandemia había cambiado la vida de todos. Las calles estaban vacías, el miedo caminaba entre nosotros y también el Borro sentía el peso de una realidad que, para muchos de sus vecinos, ya era difícil antes de que llegara el virus. A la misa apenas llegaban unas doce personas. Entre ellas estaban las hermanitas de la Madre Teresa, del Hogar de Abuelas de la calle Isidro Más de Ayala.
Pero Pablo comenzó a caminar.
Y cuando un sacerdote camina un barrio, tarde o temprano termina encontrándose con aquello que muchas veces permanece escondido detrás de las paredes.En una de sus primeras recorridas llegó hasta una olla solidaria que funcionaba a la intemperie, junto a la cancha del Rosario, ese club tan ligado a la historia del Borro. Allí estaban Patricia y otra vecina, haciendo lo que podían con lo que tenían. No había grandes recursos ni demasiadas herramientas. Había, simplemente, una necesidad enorme y dos mujeres que habían decidido no mirar para otro lado.
Pablo vio.
Y se quedó.
Desde Guadalupe comenzó a llegar una luz de esperanza.
Primero fue ayudar a poner en pie un salón donde aquella olla pudiera funcionar bajo techo. Después llegó la iluminación de la cancha del Rosario y el cerramiento de su perímetro. Y allí donde alguna vez hubo solamente una cancha, comenzó a crecer otra posibilidad. Hoy funciona una escuelita de fútbol. Dos profesores se encargan de acompañar a los gurises. Porque también de eso se trata: de ofrecerles un lugar donde correr detrás de una pelota, pero también detrás de un sueño.

Porque un barrio no cambia solamente cuando se levanta una pared. Cambia cuando un niño descubre que alguien cree en él. Y mientras Pablo seguía caminando,
 aparecieron otras necesidades.


Las viviendas.


Familias que necesitaban un lugar digno donde vivir. Casas demasiado precarias para una vida que ya venía cargada de dificultades. Entonces hubo que buscar ayuda. Contagiar a fundaciones, golpear puertas, encontrar donantes, sumar voluntades. La Iglesia adquirió terrenos a particulares y comenzó a tomar forma una idea que parecía enorme: levantar doce viviendas para doce familias muy necesitadas del barrio. El Padre Cacho en su experiencia , lo resumió alguna vez con una frase que, quizá sin proponérselo, explica buena parte de su manera de entender el sacerdocio:
“Yo no vine al barrio a construir casas, pero si esa era la necesidad del vecino, yo tenía que hacer algo.”

Y Pablo, seguramente miro y escucho las experiencias de Cacho en el barrio. Ahí está todo. Porque salir al encuentro no significa llegar con respuestas prefabricadas. Significa escuchar. Mirar.Entender. Y, cuando hace falta, arremangarse. La obra que se desarrolla desde Guadalupe no pretende competir con el Estado. Allí también está el Plan Juntos, trabajando desde hace tiempo y procurando dar respuestas habitacionales.
Cuando distintas manos se unen frente a una misma necesidad, el resultado puede ser mucho más grande que cualquier protagonismo. Y la necesidad del barrio tampoco termina en una vivienda. También hay que abrir caminos para los jóvenes. Generar ámbitos donde puedan estudiar, acceder a becas, continuar su formación y, mañana, llegar al mundo del trabajo con herramientas que les permitan construir su propia historia.
Eso también es construir.
Quizás por eso, cuando uno camina hoy junto al padre Pablo por el Borro, aparece inevitablemente el recuerdo de otro sacerdote que entendió que el Evangelio no podía quedarse encerrado dentro de una iglesia.
El padre Cacho.
Hay personas que, aun después de irse, permanecen en los lugares que caminaron.
Pablo lleva pocos años en el barrio. Cacho dejó década y media,  de huellas. Son historias distintas, tiempos distintos, personas distintas. Pero hay algo que los acerca: entender que la fe también se demuestra cuando uno se acerca al dolor del otro y decide no pasar de largo. Y ahora
el Borro se prepara para vivir un momento que quedará guardado en su memoria.
Cuando el cardenal Daniel Sturla confirmó la visita del papa León XIV a Uruguay, una de las actividades sociales fue pensada para Casavalle. Y el 7 de noviembre, a las 17 horas, los ojos de buena parte del mundo estarán puestos allí.


En el Borro.


Justamente allí. En un barrio que este año cumple cien años. Un siglo desde aquel remate de tierras pertenecientes a José Borro, en 1926. Cien años en los que miles de vecinos fueron dejando sus huellas. Hombres y mujeres que reclamaron por calles mejores, por pavimento, por iluminación, por saneamiento, por servicios, por una vida más digna. Muchas veces tuvieron que insistir. Muchas veces esperar. Muchas veces volver a empezar. Pero no claudicaron. Por eso la llegada del Papa no será solamente una visita. Será también, de alguna manera, un reconocimiento a esa historia silenciosa. A las manos que levantaron paredes. A las mujeres que sostuvieron ollas. A los vecinos que reclamaron una calle. A quienes pelearon por una luz encendida. A quienes abrieron las puertas de sus casas para ayudar al que tenía menos. A los gurises que crecieron jugando en la cancha del Rosario. A quienes nunca dejaron de creer que el barrio podía ser distinto. Quizás por eso la historia de Pablo Coimbra sea también la historia de una Iglesia que entendió que no alcanza con esperar que la gente llegue. Hay que salir a buscarla. Salir de las paredes. Caminar las calles. Sentarse junto al que sufre. Compartir una olla. Encender una cancha. Ayudar a levantar una casa. Abrir una puerta para que un joven pueda estudiar. Y volver a caminar. Porque a veces la esperanza no llega desde lejos. A veces nace en el mismo barrio. Entre vecinos. Entre manos que se tienden.
Entre personas que, como Pablo, entendieron que para hablar de Dios primero había que aprender a mirar a los ojos al que estaba sufriendo. Y quizás ese sea el verdadero sentido de que la Iglesia salga al encuentro. No esperar que el barrio llegue hasta ella, sino tener el coraje de caminar hacia el barrio.

 

DESPUES QUE SE VAYA EL PAPA LEÓN , SEGURAMENTE QUEDARÁ LA BATERÍA CARGADA PARA OPERAR CAMBIOS POSITIVOS EN EL BARRIO


La visita será por tres días, luego el Papa León visitará Argentina y Perú. Sería bueno tomar esta visita para entusiasmar a quienes se encuentran en la condición de decidir los destinos de los uruguayos, para rescatar a aquellos que quedaron en el camino, que lamentablemente
desfallecen sus esperanzas y no encuentran las fuerzas necesarias para seguir con fe. Independientemente si uno es creyente o no, no podemos desconocer lo que significa esta visita. León XIV , antes de tener la gran responsabilidad de escribir su historia como Papa, tuvo oportunidad de conocer la necesidad en Perú, seguramente quedo muy marcado en esa trayectoria. Para quien escribe estas líneas y tuvo oportunidad de estudiar la vida de un gran sacerdote como lo fue el Padre Cacho, llegar a concretar dos libros “Un Cacho de Dios” y “La vida íntima del Padre Cacho” , este último en coautoría junto al hermano de Cacho, nunca había vivido la experiencia de ver como distintas semillas de este gran ejemplo se comienzan a ver desde la Iglesia. Por Santa Eugenia al Padre Andrés Verde , el querido “Gordo”, en el Borro a Pablo Coimbra , en Las Piedras , al incansable Padre Mateo y tantos más, se enciende una luz de esperanza para contagiarse en el hacer, en esa Iglesia que va al encuentro y como instrumento de Dios se deja llevar para concretar desde su impronta, cambios en la vida de quienes sufren. Son tiempos de equilibrios, de organizarse como sociedad y no esperar que todo venga de SAN ESTADO para solucionar las cosas. Los ejemplos de Pablo Coimbra y los padres Andrés Verde, como Mateo Mendez , se deben replicar, porque ese es el camino. Los uruguayos TODOS , necesitamos discutir menos y hacer más, porque cuando todo lo envuelve la burocracia y los palos en la rueda a los buenos intentos, no hacen más que retrasar las soluciones para aquellos que la pasan muy mal.


HAY QUE ERRADICAR LOS ASENTAMIENTOS, ES UNA VERGÜENZA NACIONAL


No es imposible, tiene que existir por parte de el espectro político , una política de Estado que camine en esa dirección. Claro que hay que invertir muchos dineros, pero no pueden esperar más, si queremos solucionar la pobreza infantil , atacar esa solución si que será una buena decisión. Hay que hablar menos y hacer más, gastar los dineros del bolsón en las urgencias que siempre son postergadas. A los empresarios que les va mejor, no miren para otro lado, hay y mucho por ayudar, y que mejor que canalizar la ayuda a todos estos movimientos que intentan dar respuestas desde adentro de los barrios , conociendo la realidad de sus habitantes.

 

   
   
   

 





   
 


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