NO MAS DE SEIS AZOTES
En la escuela montevideana que funcionaba poco antes de inciarse la insurrección oriental, la asignatura que más parecía preocupar a las autoridades era la ortografía castellana, que los niños debían aprenderse de memoria. Pero también el Preceptor les enseñaría buenos modales y estilos de crianza, y les infundiría un santo temor de Dios. Según la enseñanza que el niño recibiera, así era la tarifa que su padre debía pagar: “un peso por cada muchacho que esté leyendo, dos pesos por los que escriben” , y tres por los que, además están aprendiendo alguna ciencia. Todo eso sin perjuicio de lo que cada familia quisiera aportar voluntariamente a la Escuela. Pero no sólo podían concurrir niños pudientes. El Cabildo de Montevideo disponía en este 1809 que el Maestro debía admitir a los niños pobres, sin exigir de sus padres ninguna clase de estipendio; y les enseñará del mismo modo que a los ricos, dándoles gratis tinta, papel y plumas. El único requisito era que las familias probaran ante el Cabildo su indigencia. En cambio era una escuela discriminatoria y racista: el Maestro no permitirá que se mezclen los hijos de padres españoles con los de negros o pardos, ni aún cuando los padres españoles lo consientan…
Al igual que hoy, la escuela podía ocuparse de ir a buscar a los chicos hasta sus casas y devolverlos al terminar la clase. Este servicio costaba cuatro reales por mes, y lo realizaban dos ayudantes del maestro, que estaban a cargo de la disciplina en las clases. No había entonces asuetos ni vacaciones, salvo los días festivos. El maestro tenía la obligación de llevar a los chicos a misa todos los días, así fueran de trabajo o de fiesta; y hacer que se confesaran los días de jubileo. En cuanto a “la policía y el buen orden de la escuela” , aquel Cabildo de 1809 dictó algunas normas que atemperaban en algo el rigor de los métodos de entonces, pero subsistían los castigos corporales. Todos los sábados, el maestro debía leerles a los chicos reunidos las normas disciplinarias para que después no pudiesen alegar que las ignoraban…
LOS INGLESES Y LAS PULPERIAS
El ocupante británico tuvo que vérselas en Montevideo con un enemigo que no había previsto, y que llegó a crearle comprensible preocupación: las pulperías. Parece que ya entonces proliferaban en nuestra ciudad los lugares de bebidas; y ello resultó una tentación demasiado poderosa para los soldados ocupantes, que transitaban por nuestras calles y se veían solicitados a cada cuadra por algún mostrador acogedor, donde podían probar aguardiente, “rhum de Brasil”, cachaza….Y como Montevideo se encontraba atestado, además, de activos mercaderes británicos para quienes no regía el freno de la disciplina castrense, puede suponerse hasta qué punto los soldados se verían tentados por el sentimiento de emulación, al ver a sus desprejuiciados compatriotas libando sin ningún control. La autoridad militar inglesa se vio enfrentada a repetidos casos de indisciplina, y hasta se dice que se produjeron deserciones entre los más afectos al alcohol. No habrá sido pequeña la preocupación de los jefes, porque a poco resolvieron tomar cartas en el asunto; y lo más expeditivo que se les ocurrió fue castigar a las pulperías con un fuerte impuesto; 120 pesos anuales, con los cuales pensaban reducir drásticamente su número.
La reacción de los afligidos pulperos no se hizo esperar, recurriendo contra aquella medida draconiana a la que calificaron de “carga insoportable”, en una reclamación elevada al Cabildo. Y éste, por su lado, tomó partido a favor de los pulperos abrumados, dirigiéndose por oficio al Comandante británico, donde formulaba una serie de sesudas reflexiones. Hacían notar los cabildantes que el monto del impuesto recaería sobre el precio de los artículos más necesarios para la población, como pan, grasas, aceites, “minestras”, jabón, velas, leña, carbón; con lo cual el perjudicado sería el consumidor.
LAS DAMAS FUNDAN UN HOSPITAL DE SANGRE
A poco de iniciada la Guerra Grande, el general Paz, a cargo de la defensa militar de Montevideo, le propone a la esposa del general Rivera, doña Bernardina Fragoso, la fundación de un hospital de sangre, cuyo funcionamiento y manutención estaría a cargo de una entidad compuesta por señoras. Doña Bernardina acepta la propuesta y convoca a una reunión de damas conocidas a fin de asociarlas al proyecto. El 23 de marzo de 1843 se realiza dicho acto, con asistencia de numerosas señoras, que se adhieren con entusiasmo a la idea de constituir la sociedad. Se funda ésta con el nombre de Sociedad Filantrópica de Damas Orientales, y se designa su primera Directiva. Es nombrada presidente doña Bernardina Fragoso, y las restantes autoridades recaen sobre las esposas de los más conocidos pro hombres del Gobierno de la Defensa: las señoras de Suárez, de Vázquez, de Durán, de Muñoz, de Pereira. Como primera medida, todas las damas asistentes contribuyeron en el mismo acto con la suma de cien patacones cada una. Se estableció que la nueva institución se compondría de socias, que debían pagar una cuota mensual de una onza de oro. El gobierno aprobó de inmediato la constitución de la sociedad y procedió a asignarle un lugar al nuevo hospital de sangre: algunas habitantes y oficinas del despacho del Presidente de la República en la Casa de Gobierno, y algunas dependencias del Ministerio de Guerra, en el ángulo suroeste del edificio del Fuerte. La Sociedad de Damas Orientales comenzó de inmediato su labor, que abarcó múltiples aspectos. Merced a su diligencia, el nuevo hospital empezó a funcionar a los pocos días con un total de 60 camas. Cada señora, aparte de la contribución en metálico antes señalada, donó géneros, comestibles, medicamentos. En sus casas preparaban junto a sus familiares vendas e hilas. Realizaban labores, que luego eran vendidas a beneficio del hospital, con cuyo fin se fundaron varios bazares de beneficencia…
PRIMER TEATRO DE AFICIONADOS
En tiempos del Gobernador del Pino, un navío de la marina española atracó a nuestro puerto. Entre la oficialidad de este barco se había constituido un conjunto teatral, que divertía a sus compañeros - y se divertían sus integrantes- representando una comedia cómica. Se enteran los montevideanos, y ya no los detiene nadie: no descansarán hasta conseguir que bajen a tierra “los cómicos” (como se les decía entonces a los actores) a representar su comedia. Pero sucede que Montevideo, por entonces, no contaba todavía con ninguna sala teatral. Así que se improvisa un escenario en la misma Plaza Fuerte (donde hoy tenemos la Plaza Zabala) , y allí se presentaron los alegres oficiales españoles con ruidoso éxito. Tan ruidoso fue, que a alguien se le ocurrió que ya era hora de que Montevideo contara con un teatro. Ese alguien fue don Manuel Cipriano de Melo, hombre emprendedor y de visión, a quien se le puso entre ceja y ceja edificar una sala en un plazo corto. Y lo logró. Gracias a su empeño, Montevideo no demoró en inaugurar su primer teatro, que se llamó la Comedia, o Casa de Comedias, y que estuvo emplazado donde hoy se levanta el Palacio Taranco. De este modo merece ser recordado aquel elenco de divertidos oficiales españoles, cuya pasada por nuestro puerto dio origen a una vida teatral estable en Montevideo, y sirvió de remotísimo antecedente a lo que fue después un teatro no profesional entre nosotros, cuyos integrantes , hoy, con seguridad , ni sospechan que provienen de marinos alegres de la época colonial.
DOS BARRICAS DE CERVEZA Y UNOS MINUETOS
Tuvimos baile en Montevideo celebrando la instauración del gobierno artiguista, a poco de entrado Otorgués con su fuerzas en la Plaza. Se conserva un modesto testimonio de estos festejos; apenas un rústico papel firmado por un pulpero donde consta la relación de los gastos que demandó el baile, nada fastuoso por cierto. Así nos enteramos de que se consumieron dos barricas de cerveza; y que 87 pesos cobró don Domingo Artayeta “por el delicioso refresco servido a los concurrentes” . No sabemos en que local preciso tuvo lugar el baile, pero si en cambio que piezas bailaron nuestros vecinos y vecinas: “minuetos, schotis, polkas y mazurkas”. Y a los músicos hubo que pagarles 34 pesos por su actuación de la noche. El total de gastos ascendió a 199 pesos o patacones. Cantidad no demasiado considerable, pero que por cierto no iba a pagar el indigente gobierno artiguista; así que tuvieron que cotizarse los mismos concurrentes. Pero no fue nada fácil cubrirla entre todos, pues la suscripción permitió amortizar apenas 73 patacones. Para completar el resto hubo que hacer una segunda colecta de apuro entre los más dispuestos; y vemos que “se pusieron” los siguientes: el propio Gobernador Otorgues, 30 patacones; don Prudencio Murguiondo, 14; don Juan María Pérez, 12 ; don Juan Correa, 14; don Juan Ponce, (Secretario del Cabildo) , 12 ; don Felipe Reilly, 14 ; don Bartolo Hidalgo (el poeta) , 4; don Julián Álvarez, 2 ; don Domingo Artayeta, 10 ; y don José Monjaime, 2 El papel donde constan todos estos detalles de aquel baile patriótico aparece fechado el 18 de abril de 1815, y lo firma el pulpero andaluz Juan Ponce, que acaba de aparecer como cotizante en la colecta. En medio de estos apurones, ningún poderoso de Montevideo se ofreció a correr con los gastos. Los más de ellos estaban metidos en sus casas,
disgustados con la nueva situación.
TERREMOTO
Un fenómeno nunca bien explicado ocurrió por estas regiones en los meses de agosto y setiembre de 1844. La primera vez fue en la tarde del 9 de agosto, a eso de las seis. Se sintió un estruendo subterráneo, un potente tronar, acompañado de estremecimientos del suelo. Nadie dudo entonces de que aquello había sido un terremoto, y así se lo califico repetidamente en la prensa y en escritos de la época. Sin embargo, dada la estructura geológica de nuestro suelo, se considera poco menos que imposible que ocurra un movimiento de tierra en estos parajes; en cuyo caso queda sin explicación el fenómeno. Los curiosos de estos temas pueden consultar el diario montevideano “Comercio del Plata” o el diario del gobierno del Cerrito, “El Defensor de la Independencia Americana” , donde abundan referencias al extraño suceso, que al menos no produjo victimas ni daños de importancia, aunque si un buen susto, como es comprensible : “…causando entre sus habitantes la sorpresa que era natural, a vista de una novedad física tan inesperada y terrífica, cuyos efectos suelen ser fatales”. A tal punto impresiono el fenómeno que aun bastante tiempo después seguía dando que hablar, a raíz de la aparición de unas misteriosas piedras, de origen no bien explicado, en las cercanías del arroyo Solís. Relata el diario del Cerrito : “Poco tiempo después del terremoto del día 9 de agosto (como veinte y cinco y treinta días según estamos informados) empezaron a salir en la costa inmediata al Arroyo de Solís algunas piedras de un color moreno oscuro, que por lo pronto, ya por razón de ser en muy poca cantidad, y por poco frecuentado aquel paraje , no llamo mucho la atención, y aunque algunas personas se fijaron en ellas, como que visiblemente era una sustancia extraña entre las que en general se encuentran en las playas, no creyeron que fue de alguna importancia examinar su naturaleza. Pero habiéndose observado después por los Comandantes de las partidas militares que recorren aquellos parajes , que el mar iba arrojando diariamente porción de esas misma piedras, extendiéndose por la costa en una distancia como de cuatro a cinco leguas; que eran de una materia porosa, y bastante leve para flotar entre dos aguas…
¡FUERA LOS INNOVADORES!
Montevideo no pareció caracterizarse por su receptividad ante las invenciones y cambios que iba trayendo el progreso técnico. Así, cuando se habla de implantar en nuestra ciudad la iluminación a gas (1851), nuestra población se muestra temerosa de explosiones y accidentes; en especial el vecindario que vivía en las inmediaciones del pequeño gasómetro que se instalo. (Algún accidente posterior pareció justificar estas aprensiones: a poco de inaugurado el servicio, en una confitería de la Plaza Matriz se produjo una explosión en el sótano ocasionada por una perdida de gas, que provoco ingentes perdidas y unos cuantos heridos.) Años mas tarde, aparecieron temores parecidos cuando se fue a inaugurar la luz eléctrica (1887). Se cuenta que el día fijado, mucha gente aguardo el momento con temor, imaginando que iba a desencadenarse quien sabe que catástrofe no bien el equipo se pusiera a funcionar. Y eso que apenas se iluminarían algunas pocas calles y casas en áreas muy limitadas del Centro. Pero todo se desarrollo normalmente, y Montevideo ascendió sin ningún tropiezo a la categoría de primera ciudad electrificada de Sudamérica, como ya quedo expuesto…Después fue, a comienzos del siglo, la llegada del primer automóvil. No faltaron quienes pusieran el grito en el cielo: ¿Cómo aquel artefacto no iba a acarrear consecuencias nefastas, si funcionaba solo y desarrollaba velocidades fantásticas de entre diez y veinte kilómetros por hora? Y aunque muchas madres se cuidaron muy bien de permitirles a sus chicos asomar la nariz a la calle ese día, el automóvil de Rosell y Rius se paseo muy campante para asombro de los menos aprensivos. Y por ultimo, la aviación. Cuando se intentaron en Montevideo los primeros vuelos, y uno de aquellos pioneros se desbarranco en Santiago Vázquez, un diario clamo, con admirable visión de futuro : “El accidente de ayer muestra, sin la mas leve duda, la irresponsabilidad de estos alocados aventureros, que arriesgan su vida y la de los demás. Estas entupidas pruebas, inútiles y sin futuro, deben ser prohibidas inmediatamente por el Gobierno. ¡A sacar volando a estos pajarracos!”

CUANDO LA REALIDAD IMITA AL DRAMON
Corren los días finales de la dominación colonial en nuestra Provincia. Montevideo española se encuentra sitiada por los compatriotas, que someten a la ciudad a un severo cañoneo. La insurrección oriental había separado en bandos opuestos a dos enamorados :Manuelita Magariños y Nicolás de Vedia. Manuelita era hija de un prominente godo, don Mateo Magariños, cuyo poder y gravitación le habían valido el apodo de “el rey chiquito” . Nicolás de Vedia en cambio, joven oficial de artillería, a la hora del levantamiento oriental se había incorporado a las filas patriotas. De ese modo, Manuelita quedo dentro del campo sitiado ; su novio , en el sitiador. La mansión de los Magariños fue la primera en Montevideo que se construyo de altos; la que inauguro aquellos clásicos miradores coloniales que después se generalizaron en las casas de la época. Se cuenta que los montevideanos vieron mas de una vez a Manuelita llegar hasta el mirador, cuando el sitio amainaba sus rigores, y desde allí contemplar el campamento patriota, donde Nicolás aguardaría, como ella, el momento de reencontrarse. Los sentimientos de la muchacha se dividían entre la devoción hacia su padre, godo intransigente, férreo sostén del sistema español ; y su amor por el joven oficial que había encontrado su lugar entre los orientales “insurgentes” , como se les decía entonces, con desprecio, a los patriotas en armas. Pasan los días. El sitio arrecia. Nicolás de Vedia no se aparta de su batería. Al fin, Montevideo no puede sostenerse mas. España debe rendirse. Entregada la ciudad, penetran a la plaza las fuerzas patriotas victoriosas. Nicolás, no bien queda libre de sus obligaciones, corre ansioso a la casa de su novia. La encuentra clausurada. Los muros de la mansión ennegrecidos, más de un ventanal hecho trizas. Llama angustiado al portal. Lo recibe la madre, vestida de luto. Una sola frase, cortante : “¡Retírese! Usted es el asesino de mi hija!” Algunos días antes, una bala de cañón había dado de lleno en la sala de los Magariños, segando la vida de Manuelita.

VER MONTEVIDEO DESPUES DE VER PARIS
Ya se sabe que para muchos resulta una experiencia algo traumática reencontrarse con su suelo natal después de haber recorrido los miríficos parajes europeos que siempre han hipnotizado a nuestras gentes. ¿Qué ocurre en el animo del que regresa? Y sobre todo, ¿Cómo se le aparece de nuevo su ciudad? Hubo alguien que se preocupo de analizar sus reacciones cuando regreso a Montevideo, y tomo nota de sus vivencias mientras iba reencontrando nuestras cosas. Fue el poeta don Juan Zorrilla de San Martín. Su testimonio, aparte de importarnos por venir de quien viene , tiene también interés adicional de proporcionarnos una imagen de nuestro Montevideo allá por la década del 90. Zorrilla había viajado a Europa en 1887 , y a su retorno, no bien pisa nuestro puerto, se propone observar los sentimiento que le despierta el reencuentro. “Quiero mirar a mi Montevideo antes de que este yo transitorio que acaba de regresar al país, desaparezca sustituido por el yo permanente que ya siento salir del fondo de mi ser, al contacto del medio ambiente en que nació y para el que fue formado”. Comienza entonces a transitar, conmovido, por las calles de la Ciudad Vieja : “…la de 25 de Mayo, la de Sarandi, la Plaza de la Constitución, la Avenida 18 de Julio, que viene llena de luz desde lo alto de la colina y parece derramarse en la Plaza de la Independencia. No hay la menor duda : esto es hermoso, de lo mas hermoso, aun para quien viene de Paris (si hacer parangones desatinados, por supuesto)” . Y aquí agrega una observación que quizas no esperamos : “Pero hay algo mucho mas curioso : esto es original, lleno de carácter. Esta ciudad no se parece a ninguna otra. Me parece una ciudad núbil, pero muy fuerte, de una franqueza y una ingenuidad encantadora. Tanto me lo habían dicho, que yo habia llegado a creer que , viniendo de Europa, Montevideo aparece chato, de construcciones bajas. Mi impresión ha sido la contraria. Los edificios de dos o tres pisos, siempre graciosos y de correcto estilo, aparecen esbeltos, porque cada uno de ellos tiene entidad y proporciones propias, y se ofrece lleno de aire, de luz y relieve” . Mas adelante , Zorrilla nos alude a nosotros, a los que habitamos hoy esta ciudad : “Quisiera ver lo que veran los que vivan cuando Montevideo tenga un millon de habitantes. Mi ciudad natal me parece como un boceto genial de un gran pintor. Quisiera verlo ya acabado, pero tengo temor de que , acabado , se debilite su vigor y frescura…

AERONAUTAS EN MONTEVIDEO
Extraordinario destaque alcanzaban los festejos patrióticos en la segunda mitad del siglo pasado. Solían engalanarse con exhibiciones de acrobacias y equilibrismo, carreras de sortijas y de embolsados, competencias de palo enjabonado, piñatas. Pero ninguna atracción comparable a las arriesgadas ascensiones en globo, que hacían furor en el Viejo Mundo, y que acababan de ser trasplantadas aquí con la novelería imaginable. Rara fue la celebración patriótica por aquellos años que no contara con alguna demostración aeronáutica a cargo de denodados viajeros de los espacios. Casi todos se hacían llamar “Capitán” – nadie averiguaba capitán de que y de donde - ; todos vestían rigurosa chaqueta de oficial, con el pecho recargado de esplendorosas medallas vaya a saberse otorgadas por quien, ya que nadie lo preguntaba tampoco. Allá se encaramaban los héroes en una especie de trapecio y, sentados encima, se elevaban por los aires, saludando desde la altura a la muchedumbre montevideana que , embobada, los despedía con vivas asombrados y el sacudir entusiasta de pañuelitos. Allá por el año 1886 tuvimos por acá a un tal Capitán Martínez, llegado a nuestras playas con sus dos hermosos globos de nombres épicos : el “Cid Campeador” y el “Perla de Castilla” . El 25 de Julio, este osado realizo su primera proeza, elevándose desde el llamado “Prado Oriental” (por aquel entonces un aristocrático paseo, hoy nuestro Prado a secas) ; y desde allí voló hasta el Cerrito de la Victoria, durante unos diez minutos que fueron la admiración de todo Montevideo. El 1º de agosto repitió igual travesía, otra vez en el hermoso “Cid” y con idéntica felicidad. Pero se aproximaba el 25 de agosto. Las autoridades programaban los grandes festejos par fecha tan magna. Como no podía ser de otro modo, se pensó que las celebraciones populares tenían que centrarse en aquel numero que en ese momento constituía el comentario general de la ciudad. Y así quedo convenido : el Capitán Martínez se elevaría ese día, desde nuestra Plaza Cagancha, pero ahora en su otro aerostato, el “Perla de Castilla”. El día amaneció radiante, como cuadraba a la fecha y al alborozo popular. Llegada la hora, se encendieron en medio de la plaza los fuegos que debían proporcionar el aire caliente con que hincharle la voluminosa barriga al globo. Pero no bien comenzó la tela a ponerse tensa, apareció un pequeño contratiempo : en la parte superior de la esfera – que por lo demás lucia bastante remendada – surgieron algunos puntos negros, y por ellos empezaron a filtrarse columnitas de humo, cada vez mas espesas. La gente se inquieto un poco con la novedad, al ver que la “Perla” no se inflaba por mas de Castilla que fuese…

PLAZA MATRIZ, FERIA, CORRAL Y RUEDO
No debe extrañarnos; pero apenas pocos días antes de haberse jurado con toda solemnidad la Constitución en la augusta Plaza Matriz, allí mismo habían andado a los corcovos toros y potros furiosos, en medio de la restallante algarabía de jinetes y mirones, tal como si la Plaza fuera un ruedo o un corral para faenas o exhibiciones de destreza de los paisanos. Este espectáculo rustico y bravío en plena Plaza Mayor impresiono vivamente a un viajero sueco que andaba de paso entre nosotros, Carlos Eduardo Bladh, quien lo recogió en sus anotaciones. Consigna, asombrado, que nuestros paisanos se divertían jineteando toros furiosos largados en medio de la plaza (suerte que no ha perdurado en la tradición de nuestras costumbres gauchas) También presencio domas de potros en el descampado de la Matriz : “Se veía a un joven gaucho montando un caballo chucaro que hacia toda clase de saltos a los costados y hacia arriba (“corcoveos”) , pero el jinete estaba como clavado en el lomo del equino , y eso que no tenia recado alguno”. Y aquí otra escena de la que el mismo Bladh fue testigo, y que muestra una variedad poco conocida del juego de las sortijas : “Una especie de calesita instalada en la plaza mayor de la ciudad. Un grupo de jóvenes de buena familia se había disfrazado de gauchos y andaba a caballo a toda carrera con las lanzas en posición de a la carga, en una pista cerrada, a los efectos de ensartar con lanzas la sortija colgada en la hilera a través de la pista…

BAÑOS DE INMERSION…EN LA MISMA AGUA
El agua fue siempre un elemento de insegura obtención para el montevideano de la Colonia que, como es sabido, dependía en ultimo grado de los pozos de la Aguada.. Pocas eran las casas de aljibe, y no siempre el aljibe era generoso. Así, fueron frecuentes las restricciones y escaseces. No se sabe si por estas precariedades o por inconfeso desapego hacia la limpieza, la practica del baño fue erradicada sin mas de la temporada invernal ; y en la veraniega, los baños se daban de vez en cuando, para no abusar. La bañera era por entonces un adminículo desconocido en nuestras casas. Se usaba en su lugar un gran tonel, una bordalesa, a la que se le suprimía una de las tapas. Cuando llegaba el gran día de la higienización de toda la familia – fecha que se convertía en una especie de feriado nacional - , los esclavos cargaban con la bordalesa al hombro y la colocaban en la caballeriza o en el galponcito que siempre había en el fondo de las casas para guardar trastos viejos. Y después la llenaban con el agua extraída del aljibe, cuando lo había, o de la pipa comprada esa mañana al aguatero. Aquella festividad comenzaba después de la siesta. Primero eran los dueños de casa quienes se daban su buen baño de inmersión, sumergiéndose medio ligerito en el barril. Luego los seguían los hijos, por riguroso orden de llegada al mundo. Demás decir que, vistas las dificultades ya anotadas en el aprovisionamiento de agua, no era cosa de desperdiciarla, de modo que toda la familia se sumergía en la misma…Y tanto era el afán de ahorro que , después, esa misma agua era utilizada por los esclavos para regar las plantas del jardín. Y si todavía sobraba, el remanente era llevado en latones hasta la vereda y se la desparramaba sobre la tierra de la calle, para impedir las polvaredas que el trote de un caballo o un carruaje desaprensivo solían levantar, cuando no el viento. En aquellos tiempos tan obsesionados por el agua, los veleros que anclaban en nuestro puerto enviaban a algunos tripulantes en sus botes hasta un lugar próximo donde había pozos de agua dulce, cargando pipas y cuarterolas vacías para hacer provisión. Llamaron a ese lugar la Aguada, sin saber que lo bautizaban para siempre.

EXAMENES EN …LA IGLESIA MATRIZ
Hacia poco que había comenzado a funcionar en Montevideo lo que fue el antecedente inmediato de nuestra Universidad : el primer Instituto oficial, la Casa de Estudios, fundado por iniciativa de Larrañaga cuando era Senador de nuestra recién nacida Republica. Su actividad había sido inaugurada por la mayor solemnidad, en un acto al que concurrió el Presidente de la Republica acompañado de todos sus ministros. Ahora, terminados los cursos, iban a tener lugar los exámenes respectivos, que serian por tanto los primeros de nivel universitario que se rendirían en el país. Pero en aquel 1836 , esa primitiva Casa de Estudios no contaba con un local aparente para albergar un acontecimiento como ese, al que se quería rodear de magnificencia. Se convino entonces en realizarlo en el marco grandioso de nuestra Iglesia Matriz. No es de extrañar que se eligiera un recinto religioso. De alguna manera, esa primera universidad nuestra, al revés de la Universidad unitaria argentina clausurada por Rosas, mantenía vivo el espíritu tradicional que la ligaba con la enseñanza católica de la Colonia. Católico era su Director, don Benito Lamas, el ex – Fraile franciscano, quien en esa Casa desempeñaba la Cátedra de Latinidad . Dos argentinos exilados en Montevideo, y también vinculados desde mucho atrás a la enseñanza tradicional, católicos ambos, habían sido invitados a ejercer Cátedras en nuestra Casa de Estudios : la de Filosofía la ocupaba el doctor Pedro Somellera, que fuera Catedrático del Convictorio Carolino de Argentina ; y la de Jurisprudencia, el doctor Alejo Villegas, de la Universidad de Córdoba. La ciudad se preparaba, pues, a presenciar un acontecimiento en ese momento desacostumbrado, pero que después se hará corriente, pues por muchos años – hasta tiempo después de la Guerra Grande - , se seguirían celebrando en la Matriz las grandes ceremonias universitarias. Cuando llego el día esperado, nuestra Iglesia Metropolitana lucia como en sus ocasiones de mayor magnificencia…

“SEÑORES DE SI MISMOS”
Uno de los cuadros mas desgarradores que haya presenciado Montevideo en toda su historia lo constituyo la entrada en nuestra ciudad de una caravana de niños y mujeres que llegaba aquí extenuados, derrotados, un martes de mayo de 1831. La patética columna venia flanqueada por gente del Ejercito y se la encamino hasta el Cuartel de Dragones. Eran unas trescientas personas, restos de la nación charrua que acaba de ser diezmada y dispersa en la discutida acción de Cueva del Tigre, en Salsipuedes, por fuerzas al mando del Presidente de la Republica, general Fructuoso Rivera , y de sus hermano el coronel Bernabé. Aplastados los guerreros charruas en esa acción ultima, muertos o prófugos, el ejercito se hizo cargo de sus familias. Se decidió trasladarlas a pie hasta Montevideo, en una marcha de 40 o 50 leguas que insumio varios días. Así, el vecindario montevideano pudo presenciar el paso de aquel pueblo doblegado, la congoja pintada en los rostros extenuados, bajo el agobio de una derrota que sabían definitiva, como en efecto lo fue : después de aquella acción, nunca mas pudo recomponerse la nación charrua como tal. Sus miembros dispersos, vencidos, quedaran errando por nuestro territorio, hasta que al final, individualmente, unos se incorporaran a alguna forma de trabajo mas o menos regular, otros se entregaran al vagabundaje sin horizontes ni esperanzas. Aquellas mujeres y aquellos “chinitos” , como se los llamaba, fueron distribuidos entre nuestras familias que requerían servidumbre, y que se habían anotado al efecto en el Ministerio de Gobierno. Pero no se anduvo con mucho miramiento: a los niños se los separo de sus madres, aun cuando algunos eran lactantes. Las pobres indias, según testimonios de la época, vieron así sumada a la humillación de la derrota, y en muchos casos al dolor por la muerte del compañero en la acción guerrera, la congoja de este arrancon inútil que significo la separación de sus niños chicos. Vivian llorando reclamando a sus hijos, y a veces “hasta llegaban a arrancarse los cabellos de dolor” …

MANDIBULA DE PLATA
Después del asalto y toma de Montevideo por los ingleses, el Gobernador de nuestra ciudad, Ruiz Huidobro, cincuenta oficiales y unos seiscientos soldados, fueron enviados a Inglaterra en calidad de prisioneros. Entre ellos se encontraba un herido de cuidado: don Juan Bautista Jiménez de Arechaga, que habría de ser abuelo del ilustre jurisconsulto de nombre Justino. Había recibido durante la ardorosa defensa de Montevideo, un balazo en la boca. La cirugía inglesa era de las más adelantadas de aquel tiempo, pudo dotar al prisionero montevideano de un paladar de plata, parte de la mandíbula y dientes del mismo material; casi un trabajo de ingeniería bucal, muy audaz y sorprendente para la época. Cuando, al tiempo, su dueño pudo regresar a Montevideo, aquella vasta obra en plata se convirtió en motivo de asombro novelerías muy comprensibles en nuestra ciudad. Pero no fue la única razón por la que dio que hablar don Juan Bautista a su regreso. Durante su permanencia en Gran Bretaña, el hombre se había preocupado de aprender a hablar ingles con toda corrección. Y así , cuando se instalo de nuevo aquí, pudo enseñar ese idioma a mas de un montevideano curioso, despertando – eso si – la iracunda protesta de las santonas que abundaban entre nosotros y que le calificaron de hereje : “ ¡Mire que enseñar a hablar, y hablar el mismo, la lengua de un país enemigo de la corona española, y para colmo apestado de protestantismo!” Pero este recelo idiomático y religioso no alcanzo a eclipsar el asombro de aquella platería que don Juan Bautista portaba dentro de su cara, ni le impidió casarse formar un hogar respetable.

MERCADERIAS A CAMBIO DE FAMILIAS
¿Por qué fueron canarios, precisamente canarios, los que vinieron a fundar Montevideo? ¿Por qué la Corona española los eligió canarios, y no gente de la propia España peninsular? Tal vez esta historia no sea demasiado recordada, lo que parece injusto desde que supone olvidar a un hombre, un marino , que debe asociarse a las rememoraciones de nuestro nacimiento y tiempos iniciales. Se trata de un tal José Fernández Romero, excelente navegante nacido en las Islas Canarias, pero radicado desde antes de aquel 1726 en la ciudad de Buenos Aires. Precisamente fue el quien tuvo la feliz ocurrencia de trasplantar coterráneos suyos a nuestra península entonces desierta, para fundar con ellos la nueva ciudad que el monarca español proyectaba. Cuando se entero de que se requería gente para ir a poblar esa punta de tierra pelada, y no se la encontraba, se acordó de sus paisanos y de sus calidades reconocidas de laboriosidad, y se animo a proponerle al Cabildo de Buenos Aires una singular transacción : ¿Por qué no sugerirle a Felipe V que remita aquí familiares de las Canarias, a cambio de establecer un comercio regular entre esas islas y el Río de la Plata? Al cabildo le pareció aceptable aquel plan del marino , y no solo lo aprobó sin mucha discusión, sino que le encomendó al propio Fernández Romero que viajara personalmente a Madrid para elevarle la proposición al monarca en nombre de la autoridad bonaerense. Marcho a la Corte el navegante canario y la existencia de Montevideo atestigua el éxito de su gestión. Su propuesta se tradujo en esta formula comercial, aprobada por la Corona : las Islas Canarias nos venderían vino, aguardiente, almendras, frutas secas, tejidos ordinarios para abrigo, etc. Y en pago se llevarían del Plata variedad de productos nuestros. Y aquí viene la curiosa cláusula que guarda relación con nuestros fundadores : el comercio anual a efectuarse de esa forma, alcanzaría a unas 250 toneladas en total ; y por cada 100 toneladas, se transportarían a la ciudad a fundarse, cinco familias canarias. A todas ellas se sumarian 15 familias mas, con las cuales se completo – mediante este procedimiento de almacenero – el núcleo fundacional de nuestro Montevideo …

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