CUENTOS DE HUMORAMOR
El matrimonio es una situación muy extraña
(de “Los desenfados morales” de San Filomeno) Montevideo 1967
LA CARRERA CICLISTA
—No entiendo —dijo mi mujer— como puedes estar tanto tiempo escuchando eso, prendido a la radio. Es siempre lo mismo.
—Es siempre diferente —dije yo.
—Son unos hombres que van en bicicleta, ¿no es cierto?
—Sí, pero no siempre gana el mismo.
—¿Y adónde van?—dijo ella.
—¿Cómo, adónde van?
—Claro, si pedalean y sudan tanto será para llegar a algún sitio.
—Esta es la doble Canelones —dije; y al ver que no entendía, aclaré—. Quiere decir que salen de aquí. van a Canelones y vuelven.
Y en Canelones qué hacen? —dijo Isabel con su lógica implacable.
—Dan vuelta —ironicé—. Dan vuelta y se vienen.
—Realmente no entiendo para que se agitan tanto
—siguió ella—. El que se quedara aquí, esperando, ganaría siempre y no necesitarla ni bicicleta. Pero el más tonto de todos me pareces tú, Fabián; estás admirando al que logre llegar en bicicleta a un lugar al cual tu puedes ir caminando y estar antes que él. Estamos a dos cuadras de la llegada.
EL DOMINGO
—Has corrido toda la semana, Fabián; te has golpeado contra todo tratando de hacer las cosas lo más rápido posible ¿y qué has conseguido? Se terminó el domingo y no te ha sobrado un minuto para el lunes. Estás agotado, querido. A partir de hoy, en vez de gastarte con tantos apuros, vas a ahorrar tiempo. Vamos a almorzar temprano para que puedas dormir una siestita, nos vamos a acostar temprano y nos vamos a levantar a primera hora, así la mañana se te hace larga y tranquila.
Organizamos la vida tal cual dijo Isabel, pero sin éxito. Al terminarse el siguiente domingo, supe que tampoco así quedaba un instante en mi poder para ser invertido al día siguiente.
—Isabel —le dije— no hay cosa más cansadora que estar todo el día ocupados en descansar.
—Tienes razón, querido, pero no por eso voy a permitir que te enfermes. Tu problema es síquico. Esta semana probaremos el relax.
Durante siete días distendí los músculos empezando por los pies, luego las piernas, el tronco, los brazos y por fin la cabeza. Para dormir parpadeé contando hasta ciento cincuenta. Dejé la mente en blanco y hasta ensayé el jadeo. En fin, puse en práctica todos los recursos del parto sin dolor. Pero nada cambió. Llegó fatalmente la noche del domingo y el lunes a las trece horas menos diez minutos, allí estaba yo haciéndome cargo de la caja 6, en el banco. No me había quedado nada de tanto como traté de conservar por los caminos del yoga.
EL TRAJE
Una mañana, al ir a vestirme, mientras estaba parado junto al traje a cuadros que colgaba de una de las sillas del dormitorio, bastante arrugado, le dije a mi mujer:
—Pienso que mejor me pongo el otro traje. Ella pensó un momento y dijo:
—No creo que puedas ponerte el otro traje.
—¿No... le pegaste el botón del saco que?...
—No es eso —dijo mi mujer sentándose en la cama, pero ya en pleno goce de su total lucidez—. Es por pura lógica, querido. Si usas el traje que está en el ropero bastará que te vistas así para que éste de la silla sea el otro traje; en cambio si usas tu buen traje a cuadros, será el azul el que quedará en el ropero. Nunca vas a poder usar el otro, es indefectible.
—¿Entonces? —pregunté yo.
—Me parece que lo mejor es hacer lo que ya hiciste:
pensar —como pensaste— en el traje que está en el ropero y ponerte el otro. Es el único modo de sacarte el gusto, Fabián. Así que ponte tu traje a cuadros sin dejar de tener presente tu traje azul.
La lógica es algo maravilloso —comprendí, mientras salía vestido como el día anterior— uso el traje que no quiero, pero mc hago el gusto de usar el otro.
LA CASA EN LA PLAYA
Nosotros íbamos a pasar las vacaciones a Playa Hermosa, en un hotelito modesto, pero muy limpio, donde se comía realmente bien; en especial pescado y mejillones con arroz. Pero cuando estuve en condiciones de obtener mi préstamo para vivienda en la Caja de Jubilaciones Bancarias, hicimos realidad uno de los ideales que soñamos con mi mujer desde antes de casamos:
tener algo en la playa, cuatro paredes, pero en propiedad.
Hicimos ci plano nosotros mismos —lo teníamos pensado desde mucho tiempo atrás— y fui comprando los materiales uno a uno. Cuidamos todos los detalles y después de ocho meses de dedicarnos a eso —nada más que en revistas de decoración gasté más de quinientos pesos— la casa quedó terminada. Era una linda casita de paredes blancas y techo de tejas, exactamente igual a todas las casitas del balneario, que tanto nos gustaban.
Un día, ya en la última semana de mi licencia anual, mi mujer dijo:
—No creo que pasemos otras vacaciones aquí —echaba de menos el televisor, el lavarropas, la cocina a gas, el teléfono, el agua dulce y, sobre todo, a Irene que no pudo acompañarnos porque no había cuarto de servicio.
—¡Realmente! —dije yo, que estaba harto de la hermana de mi mujer y de su marido y los tres nenitos y hasta de mis propios amigos, que se daban cita allí, y de las mujeres de mis amigos y de los hijos de las mujeres de mis amigos—. ¡Realmente! —repetí.
Y en ese mismo momento empezamos a preparar las cosas porque era viernes de noche y debíamos irnos antes de que el fin de semana terminara con nosotros y con la casita; porque los pequeños y grandes visitantes ya habían destrozado el jardincito y rayado los muebles y ensuciado con los pies nuestros lindos tapizados. Desde que tenemos casa propia en Solymar, pasamos las vacaciones en el tranquilo hotel de Playa Hermosa; pero lo cierto es que no nos hemos equivocado. La casita se alquila por temporada y ese alquiler alcanza, exactamente, para pagar las cuotas de amortización, así que nos damos el gusto de tener casa propia sin que nos cueste nada; y además evitamos los trabajos y las molestias de estar allí; veraneamos cómodamente, en un hotel.
CUENTOS DE HUMORAMOR
El matrimonio es una situación muy extraña
(de “Los desenfados morales” de San Filomeno) Montevideo 1967
ICEBERGS N° 36
Los matrimonios —se dice— se hacen y se deshacen en la cama. Y es cierto. Y yo pienso que eso se debe a que las mujeres son friolentas y los hombres, no.
Durante varios inviernos viví aterrorizado por los pies de mi mujer a los cuales llamaba “los hielos». Pasé noches enteras escapándoles. Pero en cualquier momento, a la madrugada, en el inicio de un entresueño, al darme vuelta o en plena pesadilla, un fogonazo helado me paralizaba y después de sentir esa muerte chica comprobada, sin excepciones, que un pie de mi mujer, como un témpano, se había apoyado sin querer en alga sitio de mi cuerpo entibiado y normal. Había que ser capaz de tenderse a dormir con un par de animales venenosos metidos bajo las sábanas. Y el sufrimiento y el sobresalto no eran únicamente para mí, también ella debía aguantar lo suyo; no creo que le haya sido fácil tolerar mis alaridos, mis repeluses, mis espantadas que muchas veces me llevaban a levantarme de golpe arrastrando en mi envión toda la ropa, hasta quedar convertido en un gaucho emponchado al costado de la cama; o parado sobre el colchón, hasta los pies vestido de madrás, como un fantasma carnavalesco. Más de una vez la vi despertarse totalmente destapada y retorcerse de frío y de miedo, sumados y combinados en esa horrible toma de conciencia.
Fue en una de estas ocasiones —yo estaba de pie, en un ángulo de la cama, con la almohada entre mis brazos y ella boca arriba, con los ojos desmesurados, mirándome como a un gigante abrazado a una torre— fue en tal inolvidable ocasión cuando ella parpadeó y dijo:
—Esto no es lógico, Fabián.
Yo sólo atiné a disculparme y murmuré, al tiempo que me hincaba:
—¡Mi amor!
Y ella dijo:
—¡Querido! —y yo, en un rapto de verdadera pasión, tomé uno de “los hielos” entre mis manos y comencé a masajearlo, para hacerlo entrar en calor. Estuve horas a sus pies, pero fue inútil. Aquello era mármol y mármol seguía. Llegué a traspirar de tanto forcejear y ella no levantó un grado la frialdad de aquel zócalo. Al fin nos dormimos y a mí se me pasmó el sudor y contraje una gripe que me tuvo una semana en cama.
Hacia los primeros días de mi convalecencia, en una noche particularmente gélida, Isabel dijo:
—Puesto que yo no puedo entrar en calor, Fabián, lo lógico es que tú te enfríes.
—Me moriría si ahora agarro un enfriamiento
—dije—. La recaída es lo peor.
Pero a partir de ese día empezamos a actuar por reacción y no por acción y el método resultó satisfactorio. Me desvisto completamente, al ir a acostarme, y sobre el cuerpo me pongo el sobretodo y un gorro con orejeras, para estar bien abrigado; y mientras yo hago eso, Isabe7l riega el corredor a apartamento con agua helada. Descalzo, camino cinco minutos sobre las baldosas mojadas, hasta que no siento mis propios pasos. Entonces, sin perder tiempo, me seco frotando fuertemente, me meto en la cama y entrelazo mis pies fríos con los fríos de Isabel. Así se van calentando los cuatro, a lo largo de toda la noche. Al otro día, al despertar, tanto ella como y o gozamos de una saludable sensación de vitalidad y de compañerismo. Nos sentimos como si fuéramos dos boyscouts levantando la bandera, al amanecer, en el claro del bosque, junto a la hoguera de nuestras propias extremidades que arden como grandes brasas.
CUENTOS DE HUMORAMOR
El matrimonio es una situación muy extraña
(de “Los desenfados morales” de San Filomeno) Montevideo 1967
LA ALERGIA
—A esta altura de nuestro matrimonio debieras saber que sufro de alergia —alcancé a decir, y me doblé sobre mí mismo en plena descompresión.
Mi mujer no contestó, fue hasta el ropero, tomó dos o tres pañuelos de una alta pila y me los alcanzó.
—Quedan diez pañuelos más —dijo—. No me explico por qué me haces semejante reproche. No eres justo.
El tremendo olor se había redoblado al abrirse e] ropero y ahora los estornudos entraban y sallan de mí sin darse tiempo unos a otros; todo mi cuerpo trabajaba sin pausa como una bomba aspirante expelente.
—¡Pusiste naftalina! —brame entre dos estallidos.
—No eres justo, Fabián; y lo que es peor, no eres lógico; la alergia te pone nervioso y agresivo; debieras controlar más tu carácter.
Hice gestos negando todo eso mientras un ¡Ah! me subía y antes de bisagrarme con el sacudón del ¡chis! siguiente; pero ella explicó:
—Puse naftalina, pero preparé pañuelos suficientes ¿no?
—Cariñosa —pude decir con amarga ironía, sintiendo que me lloraban los ojos y volví a señalar acusadoramente el ropero.
—Si pretendes insistir con la naftalina —dijo ella— te prevengo que es una incomodidad que padezco más que tú. Sigo sintiendo el olor durante toda la noche, porque yo no me resfrío y tú, sí; además tus estornudos mueven la cama y no me dejan dormir y por si fuera poco soporto tu malhumor de ahora y el que vas a tener rnañana. Todo para que la ropa de lana no se pique con lo polilla y no tengas que salir sin pullover en invierno, porque sé que el frío te hace mal para la alergia y no
quiero verte resfriado. Pensando en todo eso puse la naftalina, para evitar resfríos; y previendo que te resfriarías, yo misma lavé y planché los pañuelos; y ahora...
—dijo eso y tuvo que interrumpirse porque lloraba desconsoladamente al verse incomprendida.
CUENTOS DE HUMORAMOR
Por. Carlos Maggi
VIERNES SANTO
—Se puede creer en Dios sin creer en los curas
—dijo Isabel y al incurrir en ese lugar común, indigna de su inteligencia, me demostró que estaba nerviosa.
—Nosotros tampoco creemos en el diablo —dije y sonreí.
—Cuando te pones así, me das lástima. No hay fanatismo más cerrado que el de los ateos; tienen una fe ciega en la falta de fe.
—Yo sólo decía que tanto tú como yo somos asatánicos y no ateos. Y antes tú explicabas que se podía ser, a demás, aclerical, siendo creyente.
—Estás pesado, Fabián —rezongó ella, y se bajó de la cama.
—Y en los santos, Isabel ¿se puede creer?
—Sabes perfectamente que tanto esas figuraciones como los ángeles, arcángeles y demás personajes de estampita de primera comunión, son invenciones ridículas. Para mi, por lo menos, pero eso no quiere decir que.
—Y el infierno ¿que te parece? ¿Qué te parece la parrillada universal?
—Nadie sostiene que exista semejante lugar como lugar, ni el fuego como fuego. ¡Me parece tan infantil el aire de superioridad que adoptas a propósito de estos temas! Me recuerdas los versos de Machado sobre Kant:
Tartarín en Koenisberg
Con la mano en la mejilla
Todo lo llegó a saber
—Estoy seguro de que tú piensas que la Virgen María dio a luz como cualquiera. Más de una vez te oí decir que el papel de San José era completamente risible, digno de un vodevil francés. ¿Dijiste o no dijiste el otro día, en lo de Suárez, todo aquello de “pobre señor San José”?
—La historia sagrada no es más que una fábula ejemplarizante, Fabián. También me lo has oído decir muchas veces. Hay que discriminar: una cosa es el lenguaje simbólico, adaptado a la mentalidad de una época, y otra cosa es la crónica.. Si se toma la Biblia al pie de la letra...
—Comprendo —dije y comencé a pasearme por el cuarto en ropas menores, pero completamente metafísico. —Lo que no puedo comprender es por qué te niegas a comer asado, en combinación con las dos últimas cifras del almanaque.
—¿Cómo, por qué? —dijo Isabel y estaba realmente asombrada. —Porque hoy es día de vigilia. ¿O vas a negarme que el año pasado, que en semana de turismo fuimos al Hotel de la Barra, tú mismo te negaste a probar carne porque era viernes santo?
—Pero fue por otras razones —respondí—, porque mamá hacía siempre, en viernes santo, bacalao a la vizcaína, por tradición, yo que se...
—Exacto: qué sabes tú, ni que sabe nadie de estas cosas. Pero te prevengo que pienso hacer torta pascualina y nada más que torta pascualina, —y salió del dormitorio furiosa.
Es increíble que una mujer tan inteligente y tan lógica como Isabel, pueda ponerse, en estos temas, tan irracional y tan intolerante. Pero es así y debo comprenderla. Hay una zona de mi mujer que es absolutamente medieval.. Claro, ser hija de padres puritanos no es poca cosa. Pero me indigna tener que soportar sacrificios como éste de no comer lo qué quiero, porqué en su casa. de soltera se pensara de tal o cual manera. No es digno de ella. Pero está visto: no hay criatura sobre la tierra más contradictoria que la mujer. Pensaba esto cuando Isabel volvió a entrar hecha una tromba y sin darme tiempo á nada me dijo:
—Este año, el viernes santo, comemos cualquier cosa menos bacalao a la vizcaína. No aguanto que seas tan contradictorio.
El matrimonio es una situación muy extraña
(de “Los desenfados morales”
de San Filomeno)
MONTEVIDEO, 1967
LA VALIJA
Sucedió que fuimos a comprar una valija y la única buena era demasiado cara.
—No importa —dije— compramos una del mismo tamaño aunque no sea de cuero; esa, por ejemplo.
—Pero es muy fea dijo mi mujer.
—Se le pone una funda.
—¿Y adentro? ¡Es ordinaria!
—Adentro se le hace un forro.
Pero mi mujer, que es de una lógica impecable, dijo:
—Si hacemos una funda para afuera y un forro para adentro, ¿para qué compramos la valija?
Tenía razón y decidimos no comprar nada.
Caminamos unos pasos y ella se entreparó, me tomo del brazo y produjo esta herniosa conclusión:
—Si no hay valija en el medio, el forro tampoco se necesita.
—La funda, vista por dentro, puede quedar fea
—aventuré yo, aplicando su premisa anterior; pero Isabel dijo:
—A la funda se le hace costura inglesa y queda reversible, con lo cual ya no hay ni forro ni funda, sino otra cosa, algo único y doble a la vez; aunque te digo —agregó pensando intensamente— nuestra intenci6n es llevar la ropa con la cual viajamos ¿no es así?
—Claro —dije yo.
—Y bueno, Fabián —se me quedó mirando— si la ropa sola ya es demasiado problema, ¿a qué complicarse la vida llevando otras cosas, y dobles, para peor?
Por ser fiel a esa lógica, es que traigo todo así, sobre los hombros. Yo sé. Parezco un ropavejero, un desgraciado, pero es por ser fiel a mi mujer. ¡Es tan inteligente!
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