|
FEBRERO 2010
LOS LIBROS DE JULIO VERNE
Hubo, sí, libros de Julio Verne. Carecían esos hermosos relatos del joven norteamericano más inteligente. y mejor proporcionado que el lector, carecían de muertos vocacionales y de noches inolvidables; carecían de psicoanálisis, de salarios bajos y de recuerdos de infancia; y por así aliviarse del oeste, policías, inteligencia y justicia, por así prescindir de tantas cosas inexistentes, fueron llamados libros fantásticos (La literatura fantástica hace la crónica de hechos increíbles que suceden en la realidad, mientras que el realismo sólo se ocupa de retratar hechos literarios). Julio Verne abusaba de nuestra inexperiencia infantil, siempre dispuesta a sorprenderse. Mediante su astucia, nos deslumbraba —por ejemplo— con un corto viaje en submarino; el capricho tonto de volar en globo llegaba a ser algo admirable; el más inocente avión a chorro le bastaba para tejer una historia rutilante, capaz de paralizarnos de asombro. El arte de Julio Verne. consistía en hacer sentir como imposibles, los objetos más caseros. Contada por él, la invención del radar ola del agua fría, nos hubiera maravillado; era un exagerado estupendo y por eso podía encantar las realidades más desabridas. Como el hebreo ladino que postuló la inexistencia de la Tierra para después describir sin miedo el milagro de su creación, así, borrando una verdad que rompe los ojos, Julio Verne fingía llegar trabajosamente a su invención —que pérfidamente mostraba como imperfecta— para mejor encarnar en lo inventado su carácter de recién nacido. Para arribar al paraguas, este francés retrospectivo hubiera demorado trescientas páginas interesantísimas, y en el último capítulo, al parir por fin el artefacto ansiado, nos hubiera ofrecido un gran hongo de goma negra para inflar a la salida del cine, que resultaba ser, evidentemente, el padre de todos los paraguas.
LA LETRINA
Hubo, sí, en el romántico Montevideo de antes, letrinas tan malolientes y asquerosas, que parecían retretes del París actual — que en esta materia es existencialista desde hace muchos siglos. Era la letrina un recoveco vergonzoso y fétido, inmundo y necesario, tan húmedo y sombrío y saludable como el intestino grueso que todos poseemos y usamos en el más delicado secreto. Sólo al fondo, a la derecha, en algunos bares, se hallan todavía verdaderos excusados a chorro, conservados como incensarios de tradición. Esto hace que sólo los jóvenes de hoy conozcan por propia experiencia el olor a que me refiero, mientras que para las jovencitas ha de ser todo esto un puro escándalo verbal y teórico. (A ellas, pues —gentilmente, como dicen en la radio— dedico estas líneas, con el dedo en la nariz.) Los actuales cuartos de baño invitan a quedarse, tienen en sus redondeles de agua. sirenas que elogian la higiene, la gimnasia y la lectura; estos cuartos de ahora poseen el blanco brilloso, la pulcritud y la eficacia de las heladeras eléctricas (dan ganas de guardar la sopa en la pileta) en cambio, en una letrina rigurosa, la corta estada del apurado, se limitaba a la caída del desahogo, y el sujeto volvía a la vida con toda rapidez, ávido de aire. Es tan cierto que los modernos baños poseen sirenas embelesantes, que las modernas confiterías, los modernos edificios de apartamentos, y la moderna vajilla, se inspiran en sus formas y colores, toman sus materiales, imitan sus artefactos, sus paredes, hasta su aire; aunque ninguno de ellos ha conseguido ser tan acogedor y tan cómodo como un buen cuarto de baño. Las letrinas, en cambio, eran de una melancolía sorda, entre gris piedra y amarillenta, de color lloroso; tanto recordaban a un día de lluvia, que le ponían medio luto a la más feliz evacuación; chiquitas, antipáticas y agrias como suegras de ochenta años, eran esas letrinas, por sobre todo, mal educadas a más no poder: uno entraba necesitado, y eran incapaces de ofrecerle donde tomar asiento. Cuando en nuestros días se ven esos asfixiantes cuartuchos nauseabundos, parece imposible que los pálidos próceres ciudadanos que nos miran en los libros y museos, tan circunspectos desde sus cuadros, vestidos de frac o de uniforme, se hayan doblado allí, haciendo equilibrio, con los pantalones en la mano, sumergidos en sus propios malos olores. Y es cuando se imaginan estas cosas, que no puede contenerse una creciente admiración por los guerreros de la independencia que largaban sus pedos con alegría, en campo abierto. Con razón Artigas contó en todos los casos con la gente de afuera, y desconfió permanentemente de esos resentidos y emporcados montevideanos, que debían padecer una tal humillación diaria!
El piano de cola estaba en la sala sin hacer peso sobre sus patas finas, en vilo, sumergido entre dos aguas de aire azulino y transparente. Sombreado por las celosías, enfriado por los espejos, el piano de cola extendía como una gruesa mancha de cristal negro, las curvas horizontales de su madera sensitiva; y todo en esa habitación desierta era sentimental, exquisito, penumbroso. El piano fué hecho para apoyar firmemente su caja contra el suelo, pero cuando el romanticismo puso la realidad en puntas de pie, el piano, por su parte, con un solo y largo suspiro chopiniano, se levantó hasta quedar suspendido en cl aire, como flotando. Y todo en la sala estaba así, como desmayado, irreal y pendiente de un suspiro: los altos pedestales dorados, los temblorosos caireles de la lámpara, los retratos evanescentes sobre los muros. La letrina, en cambio, era un apretado nudo de realidad poderosa. Podían hundirla en lo más secreto de la casa, podían emparedarla en un cuadrado mínimo, podían encarcelarla tras una gruesa puerta enrejada, pero su fuerza vital soportaba victoriosamente estas flagelaciones. La letrina era irreductible como un instinto. El piano de coja se envolvía en la tela deliciosa de su música hasta desaparecer, las sillas de oro y Cl sofá francés se escondían en la monacal blancura de las fundas, el espejo protegía su pureza como una desposada, vistiendo tules blancos. La sala entera, meditabunda y crepuscular, aspiraba al sueño; era la ilusión. En cambio, la letrina llamaba a la vigilia, batía fuertemente a duros martillazos de verdad, golpeaba sobre hombres y mujeres con los agrios aldabonazos de la carne. En aquel tiempo llegó a pervertirse de tal manera la humanidad, que la cintura estrecha de las mujeres y la levita entallada de los hombres, pugnaban por dividir los campos. Aquellas gentes pretendían salvar el torso —corazón y sueños— y se debatían como náufragos en el mar, pataleando desesperadamente, tratando de escapar al abismo de abajo que amenazaba tragárselos. El misterio volaba, en esa época, tocaba las nubes y las estrellas y reposaba recién en las más lejanas regiones; lo inefable se buscaba contra el techo de los párpados, con los ojos entrecerrados. Y mientras tanto, todo el mundo se apretaba la cintura para contener el hervor de las tinieblas, para no ver los resplandores del miedo y del mal olor, que subían por todo el cuerpo desde las propias cloacas. La humanidad, entonces, se salvó en la letrina. Y llegó con el tiempo el día en que alguien se miró los pies y después apreció sus piernas, y aceptó, por fin, su vientre lleno de entrañas, como algo propio, y reconoció legalmente el tenebroso pubis donde mucho después el misionero Freud se abriera camino a machetazos. Se aceptó, por lógica consecuencia, el cuarto de baño de porcelana, y la letrina perdió su resentimiento, se hizo tratable, La casa se alivió de ese complejo y, consiguientemente, dejó de sublimar la sala para transformarla en un cuarto de estar, iluminado, real, cotidiano, y, por consiguiente, insignificante.

enero 2010
LAS CRIADITAS
Por. Carlos Maggi
Las criaditas eran unas chiquilinas asustadas, casi siempre traídas del interior, que no hablaban, que no sabían mirar, que llegaban sin ropa para ponerse, y resignadas a servir a los demás en todo; tenían, al colocarse, muy pocos años: entre siete y once, por lo regular; eran feas y flacas, con la cara chata, de relieves gruesos y la piel retostada y áspera; unos ojos chicos inexpresivos, el pelito corto y peinado con agua, arreglado en dos trencitas como colas de ratón. Eran unas muchachitas pasmadas, muertas de vergüenza, que al principio no se animaban a comer, pero que de golpe se echaban a devorar, hasta dar lástima. Las criaditas tenían una familia de muchos hermanos con una madre muy fea que usaba pañuelo en la cabeza, y un padre que era tomador, soldado o desconocido; la familia, siempre, estaba en la miseria. Estar en la miseria consistía en vivir todos metidos en una casucha de lata o un rancho chico, en cuyo interior los colores eran oscuros
—negro, pardo, castaño; opacos como tierra— y donde había un olor agrio a comida vieja. De la miseria no se podía salir, no había esperanza en eso.
Lo más extraño de las criaditas era que no sufrían. A ellas no les importaba estar lejos de su madre y no ver a sus hermanos, ni jugar con ellos. No les importaba comer en la cocina, solas, ni tampoco quedarse sentadas en un banquito en el patio del fondo, la tarde entera, mientras llovía. No les importaba dormir en un catre en el altillo de la casa. Tal vez no querían a nadie y no se angustiaban imaginando, muertos, al padre o la madre, ni necesitaban nada para divertirse, ni jamás tenían miedo al despertarse de noche en su piecita, solas y desamparadas. A lo mejor, algunas veces, Lloraban un poco en seguida de acostarse, cuando aún se está sin sueño y todo es tan triste y tan inútil. Pero eso no se notaba nunca. Algunas salían malas y trataban de robar una naranja o un trago de licor de huevo, como nosotros robábamos dulce de tomate a la hora de la siesta. Recuerdo que hubo una, la peor de todas, que mordisqueó un bife, que después, a la hora de la cena, apareció en mesa con una dentellada asquerosa y acusadora. Se llamaba Violeta, pero mi madre le decía María. A todas las criaditas, mi madre les hacía vestidos con vestidos de mi hermana, con vestidos de ella o con viejas colchas de cama. Para el cumpleaños se les regalaba una carterita o un par de zapatos. Cuando iban a visitar a su familia, se las mandaba con todo nuevo, y el pelo cortado y con cinco o siete o diez quilos más. Me imagino la alegría de la madre
al ver a esta hija tan bien colocada, con su buena cama en el altillo, y su comida rica mandada a la cocina, con gente que la trataba tan bien. Me imagino el respeto de los hermanos por la visitante, toda planchada y hasta con ropa interior, y que había ido al cine. Estoy seguro que nunca se comentaba en esas visitas, si era feo o no sentirse solo; estoy seguro que no, porque a ellas les hubiera dado vergüenza ser tan desagradecidas con nosotros que las tratábamos como a hijas. A lo mejor se quejarían un poco, sin insistir, sobre lo aburrido que es acarrear mate o hacer camas o ir a los mandados, pero eran demasiado inocentes, ellas y los hermanos y la madre lavandera, para pensar otras cosas. Para salir con mi madre, la criadita se ponía un impecable delantal almidonado, que a mí me preocupaba. Nunca pude saber, por qué aquel delantal me resultaba tan triste; era igual a los de mi hermana y muy Parecido a los míos, sólo que nosotros lo usábamos para ir a la escuela y no para pasear. Y sin embargo...
Otra cosa triste —lo recuerdo bien—
50
era ver a María —una muchachita de once años— parada junto a la puerta de casa. Como era traviesa no la dejaban salir con amigas a dar vueltas manzana, y ella se estaba las horas paradita, junto al umbral, como en penitencia. Cuando, a veces, con mi hermana y otros chiquilines, la emprendíamos a pedradas contra un gato, la criadita no se animaba a participar. En realidad —aunque era de nuestra edad— a mí me hubiera parecido muy mal que ella también interviniera; se lo hubiera contado a mamá.
Un día María nos dijo: ¿saben que me voy a conseguir un anillo? Todo de lata dorarla, lindísima, y con un vidrio verde precioso. Para fin de año me lo va a comprar mi mamá.
—Es de los que vienen en les tarros de café —cortó mi hermana.
Pero ella repitió entusiasmada: a mí me lo va a regalar mi mama.
Cuando ahora, en casa de mi madre, encuentro los jarrones llenos de grandes flores arregladas en manojos, sé que alguna criadita —hecha mujer— estuvo a visitarla. Se sientan en el hall —muy vestidas y pintadas— y hablan de su vida, y preguntan por todos nosotros, y recuerdan aquel día y aquel otro en que pasaron cosas tan graciosas, cuando eran chicas. Comentan sobre sí mismas como si fueran otras, llenas de superioridad. Ni ellas mismas se sienten las iguales de aquellas criaditas. Ha de ser por esto que las recuerdo como los seres más solos, más abandonados, más huérfanos de verdadera compañía humana.

diciembre 2009
EL EMPEDRADO
Por. Carlos Maggi
El empedrado era el sarpu1lido de la calle y, en una época, le brotó a Montevideo como sarampión. Había callecitas hechas con piedra en cuña, donde siempre se veían chiquilines corriendo, escarbando, negros de jugar con tierra. Había calles adoquinadas —donde cada piedra era igual a una brillante y pulida calva venerable
—que parecían la salida de un teatro picaresco vista de un primer piso. Había, por fin, avenidas cuyas piedras se traían de Europa y se colocaban pomposamente en semicírculos; de estas yo no me enteré hasta ser grande, cuando ya no podía aprender nada. El empedrado era la vida de la calle. Sobre él la jardinera del panadero repiqueteaba como un timbre de alegría. Pasaban los percherones, siempre pensando en otra cosa, y pisaban fuego y hacían estallar chispas doradas. Todos nosotros conocíamos cada una de las piedras de la cuadra y cada uno poseía sus minas, sus piedras flojas, bajo las cuales guardar tuercas, ratones muertos, alambres y otros objetos preciosos.
Hecha con elementos puros —piedra y tierra— la calle seguía siendo parte de la vida. Era órgano de un conjunto mayor, y respondía armónicamente a los grandes acontecimientos. Después de una lluvia resplandecía de limpieza. Cobraba un brillo entero y saludable, se cubría de ríos, canales y lagunas, y los conservaba todo el largo tiempo de las incansables navegaciones de papel. En el verano se hacía sitio entre las piedras un pastito corto y verde, que subía corno espuma apretada. En cualquier momento, estudiando las franjas de tierra en torno a las piedras, se podía atrapar algún bichito
—un sanantonio, un grillo, un gusano bolita— que servía indistintamente para ser guardado en una caja o para amenazar a una hermana.
El hormigón es un empedrado planchado al almidón; es un estirado, muy pulido en su manera de ser, pero más insensible que una madre ajena. Salvo el alquitrán con que se separan los paños (que se puede mascar con gusto) no tiene nada que valga recordase. Y del asfalto no hablemos, porque es un negro pegajoso y aburrido, sin una sola ocurrencia. Nada me recuerda tanto a un maitre de hotel, como estas calles inhumanas.
El hormigón y el asfalto están siempre de pechera dura, vestidos con los colores de la etiqueta aristocrática o de la servidumbre: blanco y negro, que son los colores previos a la imaginación. El empedrado era algo de uno, se vivía cerca de él, formaba parte de la casa. El empedrado era tierno y doméstico, era como si las madres hubieran comprado un gran choclo y lo hubieran tendido entre las casas, para que los chiquilines jugáramos sobre él sin lastimarnos. Estaba lleno de matices, de encantos y recovecos; estaba lleno de afecto y simpatía. Los hormigones, en cambio tienen corazón de piedra y cara de tamango.
EL DIENTE DE ORO
Hubo, sí. dientes de oro.
Establecido el capitalismo, cuando se inició la lucha de fondo por el dinero, el diente de oro, apartando la delicada cortina de dientes naturales, hizo su aparición en el escenario de la boca, como si entrara a cantar el aria principal. Por ese entonces, el diente de oro fué el más pudiente. Desesperado, con gula, intentando torpemente poseer la riqueza, el hombre se llevaba el oro a la boca, quería devorarlo (cuando era el oro, justamente, el que lo sumía en la pobreza); víctimas de este espejismo, muchos judíos murieron de hambre y con la dentadura tachonada de metal precioso. como otros delirantes murieron de sed en el desierto, después de haber bebido ávidamente puñados de arena. El capitalista condecoraba su sonrisa con un afiche de oro, pisaba el pan de cada día sobre ese mortero de oro, clavaba en su carne un asta donde enarbolar la enseña del oro, hacía que su lengua, en oleaje incesante, lamiera sin pausa el oro de su fantástico diente postizo. Era el tiempo de la fiebre amarilla; el verbo orar significaba hacer oro. Frente a un diente desbocado debía cumplirse con la consigna: a diente que huye puente de oro, y quienes no conseguían trozos de metal dorado, quienes no se pertrechaban de coronas y capullos amarillos con qué -tapar sus troneras, quienes no se armaban de oro hasta los dientes, caían en desgracia. Una boca de brocal liso, como de aljibe, era deshonrosa; en cambio, una doble bocanada de oro al sonreír, daba encanto y elegancia. En cada tumba de encía, sobre la fosa de los caídos, debía erigirse —a la manera de las antiguas civilizaciones— una estatua de oro en tamaño natural, recuerdo funerario al diente prematuramente arrancado de entre los suyos. Las bocas conmemorativas que resultaron de tales ritos pueden estudiarse en las calaveras de época, aunque esos cementerios bucales carecen de todo valor artístico, achatados por el naturalismo ramplón del momento, que impidió la creación de dientes abstractos, irreales e incomprensibles.

noviembre 2009
EL AGUATERO
Hubo, sí, aguateros. Y hubo canillas a seis cuadras de casa, de esas que gotean en una esquina hasta hacer crecer, en pleno verano, un hermoso 1amparón verde junto a la vereda. Hubo también latas y damajuanas que tenían la jerarquía de estar siempre limpias como copas. El aguatero era un vehículo compuesto de tres partes, a saber: caballo, cuerpo y tonel con ruedas. El caballo era un puñado de lástima, con sus respectivas orejas vivísimas y algunas crines, aunque algo descolado por atrás; tenía cuatro vasos, que eran pura propaganda y que el cruzar por los barrios pobres provocaban calambres de sed. El cuerpo, o aguatero propiamente dicho, era un cristiano tostado, munido de sombrero blanco, de playa. Y el tonel con ruedas, el barrilito rodante y bamboleante, que chorreaba agua dulce y fresca, era la síntesis de nuestros deseos, era la única cruza que he visto en mi vida, de juguete casero con durazno jugoso. El pardito, con su sombrero blanco deshilachado, iba allá arriba, sobre la punta del barril, conduciendo sin hacer liada al de las orejas chúcaras. Cuando se detenía, nos acercábamos como intentando participar de su prestigio; se le veía siempre más alto que todos, a contra-cielo sobre el tonel, estampado en las nubes o recortado en el azul liso. Supongo que por estas cosas. yo le había concedido, sin decírmelo, una cierta condición de ángel pobre, encargado de repartir a ras de tierra, un cacho de lluvia. En aquel barrio sin árboles, el agua poseía una alegría buena, que recordaba la callada y amorosa pureza con que se hacen los ángeles.
La te de aguatero viene de tonel. Y de esta misma manera la ce de aguacero viene de cielo. De esto se deduce que el aguatero tenía un barril en vez de paraíso, o sea que era un Diógenes al revés, que vivía en un cielo, y que rogaba a todos que no le quitasen el pedazo de tonel que podía tener desde allí. Moralmente, esta actitud es superior; hay que ser mejor que un santo para estar en el paraíso y preocuparse por ver un barrilito.
LAS GUERRAS DE AQUÍ
Hubo, sí, guerras de la independencia. Y siguió habiendo, mucho después, guerras civiles. Llegué a saberlo mirando las caras de aquellos viejos que las habían peleado. Eran caras firmes y apacibles, pero animadas con esa incontenible fortaleza interior que sólo tienen los mártires y los animales esculpidos. La piel se hacía lustrosa sobre los pómulos, aunque caía suelta bajo las mejillas, haciendo alforzones. Era una piel machacada, oscurecida por el aire crudo y por las sales del sudor, quemada por el resplandor del coraje. Era una piel finísima —pulida y sobada como un guante viejo— que parecía haberse desgastado hasta quedar transparente; en los sitios donde se estiraba dejaba traslucir, de su color tostado, el blanco inocente de la calavera. No hace mucho, todavía, un grupo de estos viejos venerables consiguió permiso para tomar mate y prosear de cosas, en un rincón del solemne Ateneo. En aquel salón académico, poblado de altos sillones, quedaban esos bárbaros como puñado de abrojos en un estuche de joyería. Escupían de tal manera, fumaban un tabaco tan activo, que el aire y la cera del salón eran incapaces de tolerar tales mortificaciones. En realidad, nada que no fuera el campo, podía absorber los ademanes naturales de esos viejos guerreros de patriada. Cada reunión dejaba un saldo de ruinas: yerba en la alfombra, puchos sin apagar, escupitajos todo alrededor, y un olor horrible, como de pólvora quemada, que nunca se supo si provenía del tabaco negro o de las conversaciones. A veces, cuando estudio la historia de este país, y me maravillo comprobando tantos hechos hermosos, de puro sacrificio, recuerdo aquellos viejos rústicos que alcancé a ver, y me pregunto dónde llevarían escondida esa zona de inteligencia, de orgullo y de ternura, que los hizo sufrir a muerte por las cosas buenas.
A veces, sí, con la imagen de estos guerreros peludos —cara de bicho, piernas torcidas, frente de un dedo— me cuesta creer la verdadera historia de los orientales. Se me hace difícil imaginar cómo, estos santos analfabetos, podían olfatear en el aire el rastro de la libertad, cuya persecución nos cuesta actualmente tantas teorías. Nuestro país, como todos, fué hecho por los analfabetos. Un analfabeto era un ser macizo y bien cimentado, firme y compacto como esas
rocas que emergen en la playa; como ellas, estaba unido a la masa entera del planeta y, por su intermedio, al equilibrio del universo todo.
El analfabeto, que no sabía nada de nada, —el que no sabe es como el que no ve— creía ciegamente. También las piedras tienen esa fe y por eso jamás hacen titubear la ley que les da su peso. De igual manera, todas las verdades del analfabeto caían por su propia masa, se dirigían al centro mismo de la tierra y eran henchidas verdades de a puño, regidas por la gravedad. Los mayores analfabetos de este país se llamaron montoneros, y no gauchos, como se suele decir. El gaucho es uno, despegado, solo, individual; el montonero es parte de un mundo colectivo y viviente. Fué así como el montonero, porque creía en sí mismo, se unió con sus iguales mediante lazos de fe (federarse es ponerse bajo la fe de todos) y así fué como José Artigas, creyó en cada uno como en sí mismo.

octubre 2009
LA RESPETABILIDAD
Por. Carlos Maggi
La respetabilidad era una lenta destreza que permitía manejar en su registro más grave los gestos, las opiniones, el bastón, las posiciones del cuerpo y demás instrumentos sociales de la personalidad. El ejercicio de esa destreza era doblemente difícil porque —salvo contados recreos de cuarto de baño o alcoba— debía ser permanente. Cada uno de sus trucos debía realizarse cientos y cientos de veces a lo largo de cada día, sin permitirse un entre acto, sin salirse jamás de tono. La respetabilidad era incesante. No se podía estar respetable, había que serlo sin pausa o dedicarse a otra cosa. Como la palabra lo dice, la respetabilidad consistía en la repetida habilidad de infundir respeto, por eso fueron pocos los hombres respetábiles o respetables, como también se les dijo.
No bastaba la eficiencia momentánea, a ella debía sumarse el aguante indefinido. Cualquier respetable hubiera ganado el campeonato de resistencia en la escena, de haberse organizado un torneo teatral de esta índole; pero la competencia era imposible de antemano, porque la primera prueba hubiera abarcado el término completo de una larga vida; tal era la extraordinaria fortaleza moral y física de los respetables. Está comprobado, además, que todo respetable vivía, en cualquier caso, un número respetable de años. El respetable, desde muy joven, formaba una familia respetable, donde una señora absolutamente respetable, se preocupaba de acumular hijos respetuosos, engendrados con el debido respeto. En sentido estricto, la respetabilidad llegaba a su apogeo, cuando el jefe de familia salía a pasos lentos
—su mujer del brazo y los niños muy vestiditos a su alrededor— y así pasaba saludando serio, con un majestuoso arco de sombrero y una pequeña inclinación de la cabeza.
En todas las clases sociales hubo respetables y en todos los barrios y en todas las profesiones. Hubo abogados respetables, médicos, empleados, comerciantes, militares, jubilados y hasta intelectuales respetables se llegaron a ver. Todos vestidos con sobriedad e imponencia, el habla lenta y conceptuosa, la opinión solemne; todos con la cara seria, la frase ajena, la convicción completa de su importancia en el mundo. Los respetables fueron legión, —f ofa, inmortal y solemne legión— que al ser colada por la historia, no dejó nombres. Descartada la Academia de letras y los academiquitos que a ella aspiran, pocas son las cosas respetables que quedan en este país; hoy día, se mantienen el sombrero ministro, el busto de doña A. R. H. de J. C., algunos trozos de revestimiento, frisos deshechos y columnas volteadas de la obra de Rodó y la triple biografía de Dámaso A. Larrañaga, que sigue siendo respetable al mismo tiempo en la Banda Oriental, en Buenos Aires y en los salones portugueses, según se enseña en la escuela. De aquella ceremoniosa multitud de respetables sobrevive apenas con imprecisa vaguedad, un mal olor no muy fuerte, el eco sordo de un chasquido, el borroso recuerdo de su pulpa blanduzca, en fin, la sensación de grandes floripondios insulsos y aguachentos, que se han deshecho lentamente, en camadas, hasta integrarse, sin dejar rastros, a la tierra misma, al polvo que pisamos.

setiembre 2009
LA CARPETA VERDE
Por. Carlos Maggi
Hubo, sí, carpetas verdes como institución.
La carpeta verde es la prima decente de la verde carpeta. A la carpeta verde no le gusta estar entre hombres, ni aguanta copas, ni soporta naipes y fichas. La verde carpeta, en cambio, se despabila a la madrugada y es tan trasnochadora y degenerada, que le dicen verde tapete o carpeta de juego. Las carpetas verdes —las buenas— fueron verdes, color borra de vine, doradas, rojas y verdes en arabescos, y hasta azules. Las carpetas verdes jamás se definieron por su color. Se hallaban, por esencia, cubriendo la mesa del comedor y en todos los casos, desde hacía mucho tiempo; si alguien vió alguna sin estar aviejada, o en otra habitación, aunque la descripción y el nombre coincidan, no era una carpeta verde legítima. Como todos saben, alrededor de una legítima, la madre teje con unos anteojos que le hacen cara de hombre; el padre lee, hace palabras cruzadas o trabaja en una contabilidad y nosotros hacemos los deberes. La carpeta es felpuda; vista a los costados del cuaderno parece una alfombra y, con más imaginación o menos distancia, gramilla. Por sobre ella corre la tinta derramada, como si fuera mercurio, haciéndose bolitas, sin ser absorbida. Con esta experiencia, se aprende en la infancia que una cosa es el borrón y otra la mancha de tinta. Para que existiera la carpeta verde fué imprescindible Don José Batlle y Ordóñez, el inventor de la clase media. Los ricos y los pobres desconocen el uso de las carpetas verdes. Por esto es que las carpetas verdes pueden considerar-se banderas simbólicas de la pequeña burguesía o sea de los empleados públicos o sea de todos los uruguayos. Sobre la mesa del comedor, es decir, en el epicentro de las luchas de clase, la carpeta verde, especie de bandera almidonada y horizontal como una sábana, llegó a ser, por sus características Únicas, la síntesis de “cama y comida”, las dos conquistas por las cuales lucha el mundo moderno, que, como se ve, tiene alma de mucama. La carpeta verde, además, era el jardín donde descansábamos Fingiendo el agua quieta y transparente de un es-tanque, parecía reflejar, sin querer, la vida dé la casa. Para nosotros, que nunca tuvimos chimenea de leña, era lo que se llama el hogar. Era, en el patio chico de las reuniones familiares, un parral o una higuera rectangular y subyacente.
A la hora de la siesta, la carpeta verde descansaba en el silencio del comedor oscuro y su tacto de terciopelo daba apoyo a uña mano, mientras la otra viajaba hasta el centro de la mesa, a robar una manzana colorada.
De mañana temprano, se doblaba la carpeta sobre sí misma, para hacer sitio al despliegue del mantel, del pan y del café con leche; que después se supo, eran el desayuno. Una vez, la carpeta verde apareció con un agujero, redondo y pequeño como un centésimo, cuya causa siempre se ignoró, pero cuya realización me fué atribuida en virtud de otros méritos comprobados. Recuerdo que en esa ocasión, yo —que era inocente— no me atreví a exponer la verdad que conocía. Pero ahora lo escribo, para hacerme justicia. El tic tac del reloj cayendo años y años sobre el mismo lugar de la carpeta, la había perforado, como la gota de agua orada la piedra. Una noche, la carpeta verde se vió sitiada por un velorio, y tuvo que tolerar multitud de hombres alrededor y un sin fin de tacitas de café que quedaron frías hasta el día siguiente yen desorden, como un damero abandonado. Desde entonces quedó marcada sobre la arista, la quemadura de un cigarrillo. Yo imaginaba que por allí se había arrastrado un gusano caliente.

agosto 2009
EL ALFILETERO
Por. Carlos Maggi
—Fue como Narciso; vivió infinitamente enamorado de sí mismo. Al borde del espejo miraba la belleza de su joven piel tirante y el esplendor de su color rojo fuego. Ensimismado en su propia hermosura dejó de sentir los aguijonazos del mundo. El universo tenía fin y principio en él mismo, en su presencia deslumbrante y perfecta. Flechado en cuerpo y alma, se consumió en su amor y ni los más incisivos dolores pudieron distraerlo del éxtasis en que lo sumía esa pasión inefable.
—No. La explicación es otra. El alfiletero fue la suprema criatura de Dickens. Todos le clavaban agudas puntas y él abandonaba, sin un gemido, su cuerpo tierno ,a esos insensibles y perversos que le hundían los dardos crueles; pero sentía. Le daban tortura día y noche y él, inocente, se agazapaba de espanto, se hacía un encarnado ovillo de dolor para padecer en silencio. Fué, sobre aquella repisa del tocador, el bueno, el lacerado corazón de Cristo que nos enseñaba a sufrir, doliéndose dulcemente, sin protestar por la crueldad de las espinas. Fue un ejemplo de sacrificio, un héroe.
—¡Qué ingenuos! La verdad está bien lejos de tanta pureza. El alfiletero fue un homosexual, víctima de las peores desviaciones. Se vistió de mujer. Se engalanó con flores y con sedas, se re-llenó para tener curvas; se sentía un adorno exquisito; su aspiración era llegar a parecer un seno.
Masoquista desenfrenado, buscaba la mano armada de un estilete, la requería, la conquistaba, para gozar el placer morboso de su herida. Cada tajo que entraba en su carne maldita lo inundaba de placer. Fue un vicioso perdido que vivió agazapado, sí, hecho un ovillo, pero como la más inmunda alimaña, con los sentidos alerta para atrapar sus espantosos deleites de insano. Resulta inquietante imaginar esas tranquilas familias que dejaban convivir un alfiletero entre sus hijos inocentes. ¡Pensar que los hubo en las habitaciones de las más puras vírgenes!
—Ninguno de ustedes tiene razón. El alfiletero fue como somos todos los seres de este mundo. Sufrió como cualquiera y gozó las migajas de alivio que siempre se pueden obtener en la vida; helas —como decía Schopenhauer siempre que hablaba francés.
Cada puñal que lo atravesaba, al mortificar su carne, venía a recordarle que estaba vivo. Es cierto que fue torturado a golpes de lanza y es cierto a la vez que ese dolor fue apurado por él como una secreta copa de placer, como una riqueza de vida. Es cierto: él nacía de sus heridas. Cierto es también que vivió agazapado, de humillación y de esperanza; pasó por el mundo como un centro de temblor y padeció el miedo y la angustia y la pequeña alegría de vivir. Fue justamente, por todo eso, que dejó de ser un simple almohadón, un apoltronado relleno de estopa vana; por eso llegó a ser una criatura existente, un pequeño ser discutible.

julio 09
LOS CABALLOS
Por. Carlos Maggi
Montevideo fue un mundo de caballos. Vivió y durmió oyendo sonar sus cascos. Hubo deseos de tener un caballo, y envidia por no tenerlo, y éxitos por montar aquel inigualable, y dolor por haber perdido el más preciado. La tierra entera de esta ciudad estuvo marcada centímetro a centímetro con huellas de caballo, y hubo hombres que aprendieron a leerlas para conocer la historia de cada tránsito. Todas estas casas y todas estas calles se han hecho tapando rastros de caballos.
Hubo caballos frente a la puerta, caballos trotando delante de los coches y caballos cruzando al galope. Hubo caballos robados, mancados, bichocos y regalados. Hubo zainos, árabes y trotadores. Hubo de sangre, petisos y enjaezados; ensillados, indomables, redomones y de guerra. Hubo caballos de caballería, de paseo y padrillos. Hubo caballos en la emboscada, en el casamiento y en el entierro. Hubo negros caballos galopando a los lejos, en la madrugada, y caballos desbocados que regresaban trayendo en el lomo vacío la noticia de la desgracia. Hubo caballos en casa, golpeando los cascos contra las piedras de la cochera, y los hubo en los paseos, donde iban lustrosos como recién estrenados. Hubo potrillos, yeguas, tropillas de un pelo y yuntas trotadoras. Hubo ferias como fiestas en grandes galpones o en los abiertos suburbios de la ciudad y hubo talabarterías de olor asombroso y fábricas de carros, negras y con fraguas, hondas como infiernos. Y hubo apaleadores, palafreneros y postillones. Hubo postas, diligencias y cuarteadores. Hubo relinchos, tusas, castraciones. Hubo nervios, espumarajos, sangre en los ijares, resuello, fustas y rebenques. Hubo sudor empapando las leguas del camino, y pastoreo, y atados de ración verdes y frescos, levantados con una gran horquilla. Hubo el caballo caído entre las varas con los ojos horriblemente abiertos, como si ya no pudiera andar, y hubo el caballo muerto, ennegrecido y agujereado, tirado en el baldío. Hubo caballos en la mansión de dos pisos, y en la gran fábrica y en la casa de barrio, y en el estudio del señor abogado. Hubo caballos en la esquina de Sarandí, en la plaza Constitución, junto a la vereda, en el patio, en la caballeriza, frente al teatro Solís, y atados bajo los árboles en las quintas tranquilas. Hubo caballos disfrazados con flores de papel, aburriéndose en el corso. Hubo caballos desnudos, bañándose en la playa. Hubo rosillos, overos, malacaras, alazanes, doradillos, parejeros. Hubo Gualicho, Naranja, Juancito, Pampero, Señor. Hubo caprichosos, coscojeros, de mala idea y espantadizos. Una noche encontré un caballo suelto. Era muy tarde y yo iba caminando por una vieja vereda de la Aguada, a pocas cuadras de la estación. La ciudad parecía abandonada en ese barrio, porque las callecitas que se abrían entre las grandes casas y barracas, estaban mal iluminadas y desiertas, y yacían bajo el silencio macizo con que reposa el sueño. De pronto, al dar vuelta una esquina, me vi frente al caballo blanco que se me acercaba lentamente, con la cabeza gacha. Me detuve un momento y el animal pasó por mi lado al paso, haciendo sonar a hueco sus cascos sobre las losas de la vereda. Así lo vi alejarse durante toda una cuadra, y luego perderse entre las sombras de los plátanos. Era un viejo matungo, acabado, curtido por las cicatrices, cansado para siempre. Todavía, después de un rato, detenido aún, seguía yo escuchando sus pasos lentos y sonoros, cada vez más alejados, casi en el fin de la calle. Aquel caballo perdido en la ciudad buscaba sin apuro y ya sin esperanza, su sitio donde ser caballo.
Vagaba desde hacía mucho y salía todas las noches desde años y años por las dormidas calles solitarias y penumbrosas con el deseo triste de hallar su propio lugar. Pero ese caballo sobraba en Montevideo, ya no había atención posible para él, ni amo, ni comida, ni cosas que pudiera hacer. En Montevideo, ya no había caballos; sólo aquél olvidado, se esforzaba por sobrevivir. Hubo, sí, caballos caballos.
Mas de ese mundo vivo sólo nos queda una etimología: el caballo de fuerza, llamado también —con mayor justicia— H.P.
Intocable, inasible, jamás visto, apenas imaginado, el H. P. sólo puede enjaularse en el laberinto articulado de un motor; es un atadito de proporciones —compatriota de teoremas, logaritmos y binomios— que anima el acero con un soplo de dios. El H. P. es un caballo puro, pensado, y pensar puramente una cosa es matarla; por eso todas las máquinas se mueven masticando cadáveres de caballo. El H. P. es un caballo sin caballo, es un hueco mortal, que empuja en vez de doler. El caballo de fuerza es la mera esencia del caballo, no está sujeto a la carne, ni a las ansias y por estar así liberado, resulta perfecto, despreciable, inmortal; es tan maravilloso, tan adelantado, tan del otro mundo, que nos deja solos de este lado de la metafísica. Para el caballo de fuerza, el hombre es un viviente, un miserable, en fin, apenas existe. El, en cambio, está a la diestra del Señor; puede ser su amigo, escuchar su voz, sentir su mano; por eso jamás podrá ser nuestro compañero. Si el hombre alcanzara la lógica absoluta, la eficacia exacta de Dios o de los caballos de fuerza, nuestro mundo se vaciaría de un golpe, se haría cristal sin peso, recuerdo olvidado, historia sin hechos, en una palabra: poesía pura, burbuja de nada. ¿ No sería triste, en ese entonces, hallar un viejo retrasado, vagando en la noche desierta, en busca de un lugar donde ser hombre? ¿ No sería amargo, en ese instante perfecto y eterno, hallar a un pobre viejo, portador del último pedazo de esperanza?

junio 09
EL CALZONCILLO LARGO
Por. Carlos Maggi
Hubo, sí, calzoncillos largos como institución.
Al calzoncillo largo lo hicieron grande; bobo se hizo solo.
Carente de imaginación, jamás fue capaz de arriesgar unas rayas, y muchos menos un cuadriculado y menos todavía un estampado o algunas pintas. Nunca se preocupó por arreglarse, por atraer. Por zonzo fue modesto y ahí se estuvo años y años, sin darse a conocer, trabajando en la sombra, siempre en segundo plano, colmada su ambición con el puesto de auxiliar segundo, estancado y tranquilo en esa vergonzosa suplencia del pantalón. Tan torpe fue, que sin que él se enterara, el mundo comenzó a apurarse arriba suyo. Y un buen día, un día malo, tuvo que dejarle paso a una tromba de ágiles calzoncillos en forma de pantalón de fútbol o de slip de natación o de taparrabos salvaje. ¿ Qué podía hacer este bobo bueno frente a tales locos? Derrotado, corrido, se refugió como pudo en unos cuantos viejos riveristas, friolentos, y en muchos niños, que le cambiaron el nombre y que sin mala intención lo degradaron del todo llamándolo pelele. El siempre había tenido una cierta mísera condición de títere, pero al acercarse a los niños y al oírse nombrar así, se sintió achicado. Cierto es también que él había sido siempre el payaso de la ropa blanca, el que daba cómicas zapatetas en el aire, cuando todos tomaban sol, tendidos en la cuerda. Pero de ahí a ser un pelele. Como era un perfecto idiota, pudo morir como un héroe, en silencio. Lo liquidó la mayor plaga del siglo: la higiene y el deporte. (Por ellos se muere hoy en perfecto estado de salud, crimen que jamás se había presenciado.) Es un caso verdaderamente triste el del calzoncillo largo. A mí me apena. Pero él no era un ser de este mundo, tenía algo de irreal, tenía cara de morir joven. Pálido, desgarbado, parecía el fantasma de un pantalón y, sin embargo, era nada menos que una camiseta caminando de manos. Los trapecistas saben esta verdad dolorosa y por eso se visten con lo que disimuladamente llaman malla y que es, en el fondo, un calzoncillo doble largo, arriba y abajo. Porque los trapecistas son como críticos cojos: no tienen pies ni cabeza; los trapecistas sólo tienen manos todo alrededor y necesitan indefectiblemente camiseta en ambos extremos. E interesa destacar esto porque el destino de ambas razas —calzoncillo y camiseta— fue tan cruelmente dispar, que llega a ser sublevante, cuando se lo comprueba.
Ella siempre se sintió más arriba, superior, al calzoncillo largo. Veleidosa y coqueta, al oír el jazz y los automóviles, se puso colores, se hizo moderna, mostró los brazos, bajó el escote y apadrinada por los asesinos del calzoncillo largo, por el deporte y por la higiene, triunfó en todos los campos. Se sacudió de encima la opresión del saco y de la camisa, pasó a ser el ídolo de las multitudes y se vió levantada a la gloria. ¿ Qué no daría cualquier oriental moderno por la camiseta celeste?
Ella, la mala y engañadora, se hizo la amante de los fuertes y de los hábiles, la preferida de los mejores, que proclamaron con orgullo su amor a la camiseta como la más alta virtud. Ella, la canalla, perdió su alma de franela, para conservar el cuerpo donde ponerse. La historia es triste, viejo y largo calzoncillo, y el tiempo castiga como un dolor. Se acabaron aquellos orientales que tenían frío en las piernas y andaban a campo abierto con el torso desnudo; se acabaron los que tenían fuego en el pecho y reuma por allá abajo. Todo está por el suelo, calzoncillo largo. En la ciudad te dejaron para pelele y en el campo, donde todavía te conocen un poco, ni se acuerdan de tu padre ilustre, el calzoncillo cribado.
|
|